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09 junio 2009

Primavera

El erotismo se esconde en los sitios más insospechados: esperando en un semáforo, una persona al otro lado de la calle nos mira con una intensidad que nos estremece; la chica que toma el café en la mesa contigua se acaricia suavemente el cuello mientras lee con fruición el periódico; un chico se cruza con nosotros y su brazo nos roza; una bella mujer cruza las piernas dejando al descubierto parte de un muslo suave y bronceado; el autobús te obliga a situarte cerquísima de alguien que te parece tremendamente atractivo;...

Inevitable, parece surgir con más ímpetu en verano, cuando las chicas dejamos al descubierto nuestros hombros y escotes, mostramos las piernas y los ombligos salen a la luz. Los colores oscuros desaparecen y un mundo de colorido atrae nuestras miradas hacia los puntos más calientes de la anatomía.

Bendita primavera, cuando el calor permite deshacerse de cuellos altos y chaquetas que esconden la figura, pero todavía no es tan apremiante como para provocar molestos sudores e incomodidades. El sol acaricia suavemente y los ánimos suben por las nubes; las emociones, a flor de piel, a veces nos traicionan y nos descubrimos mirando con deseo y fijación.

Espero que lo estéis disfrutando al máximo, nos quedan cuatro meses por delante para aprovechar el buen tiempo; luego, de nuevo el frío invierno...

Siento mis largas ausencias, pero los exámenes y las clases me absorben por completo. Esperemos que en breve pueda disfrutar de unas merecidas vacaciones (aunque sólo sean ficticias).

13 abril 2009

Sacrilegio


Los alrededores de la ermita están oscuros y mudos, la luna llena brilla en un cielo negro lleno de estrellas, y en el parking, en el asiento trasero de un mini, tú y yo intentamos acomodarnos y disfrutar de la noche y nuestros cuerpos. Estamos incómodos, y de repente, te quedas callado mirando hacia la puerta del santuario:

- Vamos allí dentro - me dices con mirada suplicante, refiriéndote al templo.

No lo dudo ni un momento, en el coche hace calor y no logramos sentirnos a gusto. Entre risas acalladas por besos, abrazos y sobeteos, nos acercamos a la puerta y empujamos. Nos recibe un interior adusto y un silencio sobrecogedor, pero coges mi mano y me diriges hacia el altar sin dilación en tus gestos ni miedo en tus ojos. Al llegar, me abrazas por la cintura y sumerges tu lengua en mi boca, aplacando mis temores y disparando mi lujuria. Tus dedos recorren mi espalda y se deslizan bajo mi camiseta para retirarla y besarme el pequeño lunar de mi pecho. Mis manos se agarran a tu trasero y desatan el cinturón. Gemimos, y el eco nos responde.

Sigues imparable tu camino, subes mi falda y te deshaces de mi ropa interior; me coges a pulso y me apoyas contra la mesa sagrada, penetrándome y elevándome al cielo de los mortales, el orgasmo que llena el espacio de gritos ahogados, mientras la luz de la luna se filtra por los ventanales, proyectando la sombra tenue de una cruz sobre mi espalda.