22 diciembre 2005

Sorpresa

Inquieta es tu mirada en la noche, invitándome a beberte una vez más. No creas que puedes engañarme, sé que deseas que te agarre y te haga gritar de placer; pero esta vez es diferente, y mientras con tus manos me conduces al lecho noto como el pelo de mi nuca se eriza, anticipándose a mi imaginación; pues mi mente no puede prever la sorpresa que me aguarda entre tus brazos.

Y sin embargo te sigo.

Y te encuentro tumbada boca arriba, entreteniendo tu lengua en el miembro erecto de un chico... tenemos compañía. Me desvisto lentamente, observando alucinado tus vaivenes, tus mordiscos, tus chupadas,... Él se abandona al placer de tener tu cabeza entre sus rodillas, y deja que tus manos le acaricien el trasero mientras se agarra desesperado a tu pelo.

Voy acercándome a la cama, lamiéndote las piernas, acariciando tus rodillas, hundiendo mi lengua y mis dedos en lo más profundo de tu sexo. Tus gemidos ahogados resuenan en la habitación vacía, acercándote cada vez más al orgasmo, arañando su espalda, rodeando mi cabeza con tus piernas, contoneándote como una serpiente, disfrutando de tu momento.

Él no aguanta más y se derrama junto a ti, entre tus gritos de placer. Y yo, cansado de esperar mi turno, invado tu sexo con la furia de un animal, embistiéndote, convirtiendo tus gritos en alaridos, llegando más allá del cielo, más cerca del sol.

Rendidos, abrazados, refugiados en las sábanas húmedas de sexo y sudor. Tres no siempre son multitud.

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15 diciembre 2005

Caricias

Suaves dedos largos que recorren mi espalda.
Húmeda lengua que se adentra en mí.
Lentas manos que exploran lugares recónditos.
Vibrantes susurros que se posan en mi cuello.
Sedosos momentos que transcurren en el hueco de tus labios.
Átame a la vida, al deseo, al placer.
Quémame en el altar de tus manos.
Fúndeme en el infierno de tus labios.
Esclavízame entre tus piernas.
Que quiero saborearte,
recorrerte,
comerte,
lamerte,
tragarte,
morderte.

13 diciembre 2005

Perdición


Me seduces sin piedad, derramando tu cabellera sobre mi espalda mientras me besas suavemente el cuello. El vello de la nuca se me eriza, y un suspiro escapa de mis labios entreabiertos.

Te abrazo y pierdo mis sentidos entre tu pelo, ese al que me agarro fuerte cuando llego al orgasmo, el mismo que roza el interior de mis muslos cuando te dedicas a lamerme el alma, tu arma más poderosa, mi perdición.

21 noviembre 2005

Amigas

Primera parte: Laura y Alicia


Laura hoy está que se sale, habla por los codos, de carrerilla, apenas parando para respirar. Su tono oscila entre la tensión nerviosa y la voz apagada de quien está en otro lugar. Su amiga Alicia mira nerviosa el reloj una y otra vez, se mueve en la silla, cruza y descruza las piernas. La incomodidad en la que se va internando a medida que Laura habla empieza a molestarla, casi cabreándola.

- Ayer todo fue genial, completamente diferente. No me mires con esa cara, lo digo en serio. Tenía todos los sentidos alerta, notaba la humedad de mi sexo confundiéndose con mi mente, me convertí en agua derramándome, espectacular. Abrazados, de lado, podía notar su aliento en mis labios, pero sin besarme. Y su manera de moverse... ¡Dios mío! Era tan suave que me sentía languidecer en la cama...


Cansada de aguantar su propio malhumor, harta de intentar reprimir su ira, Alicia se levantó y sin mediar palabra salió del local. Laura se quedó muda de asombro, sin atreverse a alejar la vista de la puerta por la que la chica había desaparecido, sin entender el motivo por el que su amiga de toda la vida había decidido abandonarla con la copa en la mano y la palabra en la boca.


Lo que Laura no alcanzaba a comprender es que Alicia estaba enfadada, se sentía mal cada vez que recreaba la imagen de dos cuerpos envolviéndose en la calidez del lecho. No sabía que Alicia se sentía incómoda como nunca, y que eso la llevaba a odiar a Laura y a ella misma, a sus celos y a sus envidias.

Lo que Alicia no alcanzaba a comprender es que sus celos y envidias no tenían el punto de mira en Laura, sino en aquel que la noche anterior había acariciado su piel, la había convertido en agua y había recibido la miel de sus labios. Porque ignoraba que desde hacía un tiempo, no eran los largos cafés en el bar de siempre lo que ansiaba de Laura. No, sus ansias tenían menos que ver con la bebida y más con el cáliz del que beber.

Segunda Parte: Alicia

Alicia se dibuja sobre el lienzo vacío de su mente, crea un lugar distante, donde los sueños no son más que eso, donde puede imaginar que cualquier cosa está a su alcance.
Con trazos suaves perfila su cuerpo, sus manos, su rostro; se siente completa y libre, desnuda sobre un lecho de flores rojas.
Sus manos buscan una espalda, sus dedos rozan la piel suave de Laura, hasta la curva de su cintura, rodeándola, buscando su ombligo, sus pechos, su cuello; sólo con la punta de sus dedos.
Sabe que ahora el tiempo es suyo, que el objeto de su deseo está a su plena disposición, y disfruta del tiempo que no existe, de la calidez de unos brazos invisibles, del terciopelo de una piel simplemente adivinada.
Alicia empieza a pensar que quizá hay algo más que cariño en su sueño, aunque nunca llegue a besarla, así que esta vez se decide a imaginar un beso de esos labios rojos y ardientes, y se acerca temblorosa, confunde sus alientos, se abandona al cosquilleo de su espalda... y descubre que la ama.













Tercera parte: Laura

Laura se desdibuja, abandonándose a las caricias de su amante, se transforma en mil colores, caleidoscópica, ... en una fusión paranoica de placer y lujuria. Se deja hacer, concentrándose en los dientes juguetones que recorren sus pezones, brindándole mordiscos ligeramente dolorosos.

Se pierde en su sexo, ahogándose en los flujos que desprende, centrándose en un momento y evaporándose justo después. De repente la imagen de Alicia aparece en su mente, y se difumina el placer. No comprende porqué su amiga está tan rara últimamente. Quizá la palabra adecuada sea esquiva, quizá esté deprimida, quizá son sólo manías, quizá...

No logra concentrarse en el sexo, las manos de su amante le parecen ahora empalagosas y unas lágrimas como suaves cadenas de seda le oprimen la garganta y luchan por salir.

Alicia...

Tanto tiempo, tantas noches, tantas confesiones,... ¿Porqué precisamente ahora?

Laura abre los ojos y vuelve al lecho, vacía de pasión, fría. Se levanta para vestirse deprisa y se va sin tan sólo mirar el rostro de su deseo. Sin despedida. Sólo con Alicia en su cabeza, metida de lleno en un tema al que no le encuentra causa ni solución.





Cuarta parte: Despedida


Alicia observa a Laura mientras trabaja. Lleva más de tres horas intentado escribir una confesión en un e-mail. No puede ocultarlo más. Cada sueño, cada día, es una pesadilla.

***

Justo antes de salir Laura recibe un e-mail. Alegre, abre el mensaje y descubre que es más largo de lo que pensaba. Mira hacia el escritorio de Alicia y descubre un gesto de despedida. Su sonrisa es triste, y Laura decide quedarse y leer el mensaje. Algo en su mente le dice que es importante, y un sentimiento de urgencia se apodera de ella.

A medida que va leyendo recuerda todos aquellos juegos adolescentes en los que Alicia nunca quería participar. Ningún chico era de su agrado, nunca recibió el primer beso. Con el alma sobre el filo de un cuchillo, revive las incansables noches que durmieron juntas, las caricias inocentes, la mirada profunda. Nunca la dejó sola.

Las lágrimas asoman a sus ojos cuando comprende que no volverá a verla. Siente vergüenza por no haber sido capaz de darse cuenta, pero sabe que es inevitable, que Alicia lo entiende y que necesita estar sola.

Laura estalla en llanto al ver que la única vez que Alicia la necesita ella no va a estar ahí para ofrecerle su hombro.

***

Alicia se ducha y deja que el agua la calme. Descalza, se sienta frente a la nevera y observa las fotos que cuelgan de la puerta: laura en la playa, ellas en un autobús, laura en la playa, ellas disfrazadas,...

Con un gesto desdeña sus lágrimas y arranca las fotos, y escondiéndolas en una caja murmura un adiós con sabor a soledad.

Una lágrima humedece la foto en la que aparecen las dos en Venecia.


04 noviembre 2005

Curvas Peligrosas

Enloqueces, pierdes la razón al mirarme, me dices que no puedes evitar que tu corazón se dispare cuando me ves llegar, desnudo e insinuante, entre las ligeras cortinas de tu habitación.

Conquistas cada fibra de mi ser, susurrándome al oido que soy el único que roza tu piel, que peligra tu vida al seguir mis curvas con tus dedos, y yo te miro directamente a esos ojos de gata que dominan tu cara, y con una risa suave pronuncio las únicas palabras que soy capaz de enlazar en este momento:

- Para curvas peligrosas, tus caderas.

Y me pierdo en la oscuridad de tus recovecos, y exploro las sendas desconocidas, y te rozo con los labios, y hundo mis dedos en tu sexo húmedo, y giro cada vez más deprisa sobre tu cuerpo, derrapando en cada curva, aferrándome a tu cuello.

Siento deslizarse tus manos por mi pelo, tus gemidos recorren mi espalda, y me arañan con la fuerza de la necesidad. Somos dos, luego uno, soy tu piel, eres mis manos, somos enfermos de amor, contagiados de deseo.

26 octubre 2005

Mentira

Me refugio en sus brazos, con la furia de quien se sabe vencido. Rendida a ti pero durmiendo en su pecho, la culpa aflorando a mis labios, pronunciando las palabras envenenadas que le alelan y me permiten una escapada más, unos metros más cerca de ti.

Me escapo, evitando sus miradas inquisidoras, murmurando apenas una excusa a medio fraguar. Para acudir corriendo a tu lado, llenarme de caricias prohibidas, de sexo provocativo y dudosamente inocente, de gemidos incontrolados, de mentiras pronunciadas a flor de piel y deseo.

Sabes, sé, sabemos, que esto no nos llevará más allá de la cama de un hostal. Presentimos que esto no es más que la pasión desbocada de dos cuerpos anhelantes.

Pero cuando estoy en tus manos, cuando tembloroso recorres mi vientre camino de mi sexo, cuando al borde del orgasmo me agarro desesperada a tu pelo,... Nada importa, nada existe más allá de nuestros momentos tras la luz de un neón que anuncia habitaciones por horas.

20 octubre 2005

La ducha


Me meto en la ducha y dejo correr el agua ardiendo sobre mi cuerpo. Jabón, espuma, y la suave sensación de mis manos (las tuyas) en mi cuerpo, deslizándose por mi vientre, recorriendo mis muslos húmedos (es tu boca adentrándose en mi sexo impaciente, mordiendo, sorbiendo, derritiéndome, acunando mi deseo).

La música suave sustituye los teléfonos, las visitas imprevistas, las constantes interrupciones... Una mano escapa hacia mis pechos, la otra intensifica el ritmo, sigue firme, controlando y alargando el placer, mi mente vuela entre tus brazos, (mi boca lame tu sexo) te miro con los ojos cerrados y empiezo a sentir como una ola me alcanza, choca contra mí, me desmorona.

Apoyada contra la mampara, rendida y con las piernas temblorosas (llena de ti).

19 octubre 2005

Pecado


Me coge las muñecas, atrapándome con los brazos en alto, y muerde mis pezones. Me gusta a pesar del ligero dolor que me provoca pero no quiero que lo sepa, así que transformo en quejidos los gemidos de placer que escapan de mis labios.

Espero el siguiente paso, su mano recorriendo mi vientre y adentrándose con fuerza en mi sexo húmedo de placer. Aumento mis quejidos y, casi sin querer, me muerdo los labios.

Intento sin muchas ganas oponer resistencia, pero eso parece darle fuerza, y vuelve a morderme los pechos con violencia renovada.

Lento pero imparable se adentra en mí, mojándose con mi deseo, sorbiendo a besos furiosos mi saliva. Ya no reprimo mis gemidos, son inevitables muestras de pasión, atrapada entre sus manos y su sexo, sintiendo con locura creciente sus brutales embestidas.

Y al final, ese intenso instante en que nos diluimos en un orgasmo extraordinario, escapan de nuestras gargantas los gritos felinos de dos animales en celo.

27 septiembre 2005

El encuentro

EL ENCUENTRO

Dobla la esquina y la descubre sentada en la terraza del bar, enfrascada en la lectura de un libro, esperándole. Faltan unos minutos y la observa detenidamente.

La falda hasta media rodilla deja al descubierto el muslo bajo las piernas cruzadas (acariciándolas en su mente, las imagina suaves, dóciles, ansiosas de caricias), apoya un libro manoseado en la mesa; quizá poesía releída hasta la saciedad, hasta retener en su memoria cada palabra, quizá una novela cuyo orígen remoto se ha borrado caminando de mano en mano (imagina todas esas manos en el cuerpo moreno de la chica, siente el deseo apoderándose de su entrepierna y sacude ligeramente la cabeza, alejando tales pensamientos). Pasa las páginas suavemente, anticipándose a la lectura sostiene la página a girar con dos dedos mientras termina (la imagen de esos dedos en su ombligo le invade, arañan su espalda, agarran su pelo y otra vez siente escalofríos recorriendo su columna. Sacude de nuevo la cabeza, un poco más fuerte que la última vez).

La otra mano reposa en el mentón, acariciando de tanto en tanto los labios, como si un pensamiento libidinoso acudiese a su mente y quisiera retenerlo (labios ardientes recorriendo su piel, un beso suave que se torna intenso, unos dientes que no pueden evitar morderle ligeramente y otra sacudida, más fuerte, retiene de nuevo la pasión). El pelo negro y ondulado recogido a la altura de la nuca deja en libertad algunos mechones que el viento acaricia, rozando su escote (escapándose, enredándose en sus dedos, reposando en su almohada, salvajes. Sacude la cabeza). Mira la suave linea de su cuello, puede ver la ininuación de los pechos firmes bajo la camisa de lino (sus dedos desabrochando la camisa, pellizcando, moridendo, recorriendo con la lengua los oscuros pezones. Sacude la cabeza, pero no es suficiente, sigue prendido de esos pechos, cegado por el deseo y por última vez, sacude la cabeza).

Una campana tañe en la lejanía y el miedo se adueña de él. Ella abandona el libro y recorre la calle con la vista, buscándole. No le ve y vuelve a sumergirse en la lectura. Él, tembloroso, mira el reloj, es la hora. Los segundos avanzan, pasan los minutos. Busca su corage, la pasión, las fuerzas para acudir al encuentro.

No las halla, le resta la vergüenza, el ridículo, la impotencia. Dobla de nuevo la esquina y se pierde en el atardecer de calles laberínticas.

***

Llega con tiempo por delante, pura manía adolescente, y escoge una mesa en la terraza. Los nervios de la cita la invaden y se decide por una copa de vino que le calme el espíritu.
Una vez sentada intenta relajarse con la lectura, pero las palabras de la novela no le llegan, se deleita en imaginar el encuentro tantas veces esperado (paseos por la ciudad estrellada, pasiones en portales oscuros, besos robados al tiempo, manos agarrando sus caderas, brazos rodeando sus muslos, dedos recorriendo sus pezones, mordiscos indagando recovecos, miradas cegadas por el deseo, labuios sensuales enredándose, arañazos,… y se muerde el labio deseoso de besos, intentando alejar el ardor que la invade).

A lo lejos, una campana la saca de su ensimismamiento, y busca entre la gente el rostro de las fotos manoseadas. No le ve, y su vista vuelve al libro mientras su mano busca el monedero. Transcurren largos segundos, eternos minutos; pero en un instante, abandona unas monedas junto a la copa a medias y huye del bar, con el miedo aferrado a los talones, sin volver la cabeza, recorriendo calles desconocidas, dejando atrás la pasión que la impulsó a llegar hasta allí.

***

Volverán a hablar frente a la pantalla, retornaran las noches en vela, prometiéndose de nuevo el encuentro, inventando una mentira consentida por ambos, agitando pasiones, imaginando besos, sin fuerza alguna para darlos.

26 septiembre 2005

Despertar

Fueron tus dedos fríos sobre mi piel desnuda los que me despertaron de tan largo letargo, dibujaste con tus labios el oscuro camino del deseo, besándome la espalda, adormilando el miedo, evaporando el dolor.

Mi piel se estremeció entre tus manos y cada partícula de mi ser dejó atrás la negrura de tu ausencia, inventaste formas de amar modelando con tu aliento la pasión naciente. En tus ojos reconocí mi reflejo, convirtiéndome en causa y efecto de mi cuerpo.

No paré tu avance inexorable por mis muslos, te permití inundar mis recovecos con saliva ardiente, arrancando de mis labios gemidos nunca concebidos.

Y al final, el último resquicio de mí se rindió a tu cuerpo, escondiéndome en tu pecho, refugiándome en tus brazos.

23 agosto 2005

¿Seducción?



















Mi mirada es fuego que abrasa, pero no temas, no peligra tu vida.

Si tardas un poco más voy a derretirme... el calor transforma mi respiración en jadeos incontrolados.

No sabes hasta que punto faltas tú en este sofá. También faltan tus manos en mi ombligo, recorriéndome la piel.

¿No ves mis ojos? Suplican tu presencia, lanzan gritos de protesta ante tu inmovilidad.

¿Quieres jugar? Juguemos, no serás tú quien resista mis insinuaciones.

¿Que deseas? Te seduciré con mis labios entreabiertos, dibujando palabras que jamás me atrevería pronunciar en voz alta. Abriré mis brazos y disfrutaré del premio que te espera si te acercas.

¿Demasiado directa? La espera no siempre es placentera, y a mí me está resultando exasperante.

¿Tienes miedo? Del placer al dolor hay un paso, y no pienso darlo. Te lo prometo.

¿No vienes? Está bien, lo haré yo sola.

Y las caricias se multiplicaron

19 agosto 2005

Juego


Sonrío mientras cruzo las piernas, decidida. Vas a tener que pagar un peaje.

Te acercas despacio y me besas los dedos de los pies, provocándome cosquillas que suben por el abdomen para estallar en una carcajada loca. Sonríes, cómplice. Estás seguro de ti mismo, conoces tus armas, mis debilidades. Te sabes campeón.

Pero me gusta hacerte creer que no lo conseguirás, y me escondo entre las sábanas, fingiendo con poca credibilidad que no quiero besarte.

Lento y decidido, vienes a buscarme con los labios entreabiertos... siento tu aliento en mi espalda, se eriza el vello de mi cuello, y al juntarse nuestros labios estalla el deseo reprimido sin firmeza.

Nos besamos, arañándote, mordiéndome, luchando con la furia de los amantes. El climax se anuncia con dos gemidos al unísono; llega a tropel, invadiéndonos, y abandonándonos en un segundo.

Nos fundimos en un abrazo húmedo de sudores y placeres escondidos, para recuperarnos, para empezar de nuevo.

11 agosto 2005

Éxtasis

Se sentía embriagada de placer, borracha de necesidad, embargada por un impulso irresistible que la invitaba a acariciar su piel.

Sus pechos firmes estaban endurecidos, y sus pezones respondían a sus caricias con un ligero cosquilleo.

Suave, descubría los recodos que pasaban inadvertidos a su amante, convirtiendo su mente y sus dedos en una única intención. Deslizando sus manos entre los muslos, recorriendo las curvas aprendidas de memoria.

Embelesada, cautivados los sentidos, perdida la razón entre las sábanas.

Y en ese momento final, pletórico de sensaciones, se siente invadida por el éxtasis, anchos sus pulmones y prolongado el suspiro que la lleva a la cumbre, que la empuja al vacío, que la deja rendida, agotada, relajada. Y se duerme, entre las sábanas, dulcemente mecida por el recuerdo.

29 julio 2005

Promesa

Me prometo a mi misma que esta vez no sucumbiré a tus designios, que no me rendiré a tus labios. Me acerco a ti tranquila y serena, seré dama de hielo inalcanzable, impávida. Someteré tu voluntad para no volver a ser débil ante ti.

Me miras el escote deliciosa y salvajemente; intento no imaginar lo que harás si te permito entrar en mi círculo polar y sigo mi avance entre la gente, acercándome lentamente hacia ti.


Me intentas fundir con tus gestos libidinosos, que ahora fingen encontrar mi cuello en el borde de una botella, pero yo me sigo fingiendo inmune a tus encantos, luchando interiormente para no lanzarme corriendo a tus brazos. Témpano de hielo frente al fuego abrasador de tu cuerpo. Ese fuego que tantas noches ha quemado mi espíritu, que tantas marcas de dientes ha dejado en mi piel, ese fuego que tanto tiempo he acogido en mi seno.


Tu deseo escapa por los poros de tu piel, inundando el ambiente, llegando a mí a pesar del humo de cigarros, del olor nauseabundo a alcohol y marihuana, del ruido infernal de la música cada vez más estridente. Y a ti llega la seguridad de que ha cambiado algo, no sabes muy bien de que se trata, pero tu mente empieza a buscar salidas para evitar el enfrentamiento que temes será arduo e ingrato.


Me miras a los ojos, insinúas con la punta de la lengua un movimiento rozando tus dientes. Y yo, ignorando tu predisposición, sigo avanzando lenta e inexorablemente, reduciendo tu posibilidad de escape, tanteando el terreno, observando tu nerviosismo, descubriendo tu punto flaco.


Te considerabas impertérrito, has resultado ser un corderito con piel de lobo feroz.


Miras a tu alrededor incansable, sin parar tus ojos ni un momento en un lugar concreto, sin fijar tu vista en mi, que te alcanzo y te planto un beso en la boca, impulsivo, desesperado, apasionado, inevitable. Mi lengua invade tu boca con la furia de mil mares, con la impaciencia del que ve llegar su victoria.


Sigues mi juego, no sabes lo que te espera, cojo tu mano y el contacto me recuerda tus caricias. Con firmeza te llevo a la salida. El aire frío nos envuelve y me siento más fuerte, mi corazón late acelerado y la parte baja de mi abdomen empieza a reclamar su turno.

Acerco mi boca a tu oreja y con un susurro apenas garabateado te dejo entrever mis intenciones:

- Prometo portarme bien contigo



23 julio 2005

Mala memoria

Acarició su mejilla y posó sus labios en otros labios, otra vez. Mañana no recordará su nombre, no buscará sus ojos en la penumbra de un bar. Nada distinguirá su mente de ese beso de otros. No hallará diferentes sus caricias de otras muchas, ni serán inolvidables los momentos vividos en esos brazos.

Quedará en su mente un borrón de una cuenta que aumenta noche tras noche, cuerpo tras cuerpo, mientras sus ojos verdes retienen tan sólo un perfil tremendamente similar a aquel que un día logró prender su corazón y grabarse en su memoria.


22 julio 2005

El paso del tiempo

Eran sus ojos derramándose sobre mí, perdiéndose en mi escote. Sus manos disimulando una leve caricia en mi brazo y su boca dibujando un deseo en el aire.

Entonces fue mi imaginación la que paseó por los recónditos lugares de su cuerpo, pellizcando suavemente sus pezones, recorriendo su pecho con mis dedos, inclinándome para sentir sus latidos.

Luego fueron nuestros cuerpos los que se encontraron, sintiendo alientos y descubriendo sensaciones. Sus labios en mi sexo, mis dientes en sus muslos. Placenteros momentos de saliva y besos

Más tarde fuimos un cuerpo, una respiración, ninguna distancia, mil gemidos, muchos arañazos, un universo.

Ahora somos un abrazo complacido y una mirada satisfecha.

Mañana... falta mucho para mañana.

11 julio 2005

Domíname

Sedúceme,

aprovecha la oscuridad de la noche.

Acaríciame,

llena mis pechos de caricias.

Bésame,

cubre mi cuello con tus besos.

Mi deseo puede más que mi razón,

tus manos pueden más que mi conciencia,

tus besos mueven montañas en mi corazón.

Ámame,

no le temas al destino,

Tómame,

no pienses en el mañana

Siénteme,

no pares si los demás nos miran.

Que no te frene el mundo que nos rodea,

que no te importe más que mi cuerpo bajo el tuyo,

que no mires más allá de mis ojos.


30 junio 2005

Esta noche


Esta noche no te salvas, no habrá piedad ni compasión,
daré rienda suelta a mis instintos primitivos,
beberé de ti, atraparé tus gemidos con mi boca.
Esta noche no podrás escapar de mi pasión,
del deseo que me come las entrañas y me impide respirar,
serás sólo piel entre mis manos, pasión entre mis dedos.
Esta noche conocerás mi lado oscuro, sin disimulos.
¿Serás capaz de soportarlo?

29 junio 2005

Para ser uno

Tu boca recorre mi vientre y empapa mis sentidos de suaves y húmedas caricias.

Tu lengua es pincel que dibuja sobre mi lienzo las esquinas eróticas que encuentra a su paso.

Tus labios sobre mis labios y bebiendo de mi, que ya no soy.

Espiral que embriaga nuestros sentidos, emborracha nuestras manos de caricias prohibidas.

Dos que pueden unirse, dividirse y juntarse de nuevo en la cúspide del placer.

Emociones que escapan de la cama, que juegan a buscarse, como nuestras manos.

Ahora somos uno, seremos dos de nuevo.

Oleadas de olores inundan el aire de fantasía,
de olor a cuerpos desnudos y a deseo.

Soy tu dueña, tu esclava, tu amante y tu amada,
bajo tus sábanas me haces mujer y te hago hombre.

Nos unimos en un todo y dejamos de ser hombre y mujer
para ser piel, sudor, deseo.

Para ser uno.

03 junio 2005

2 bocas, 4 manos


Una mano se apoya en mi hombro, suave se desliza por mi cuello, para jugar con mi pelo.

Una boca se acerca a mis labios, recorre mi barbilla y se instala en mi pecho.

Otra mano sube por la rodilla, acaricia mi muslo y encuentra mi sexo.

Mis manos se agarran a tu pelo, lo masajean, lo estiran, mientras me llevas al paraiso de los amantes.

Mi boca se abre para dejar salir los suspiros que me invaden, que necesitan escapar de las convulsiones que azontan mi cuerpo.

Tus ojos me miran lascivos, observan lenta y largamente mi rendición, mi placer, mi ansiedad, mi necesidad de ti.

Mis ojos están cerrados, abandonados a la delicia de saber que pronto me harás tuya.

La lujuria sube y la predicción se cumple.


31 mayo 2005

Para ti

Me desnudé para ti. Sólo tú podías verme desde el comedor, y frente a mi espejo, te ofrecía una visión perfecta de mi cuerpo. Empecé bajándome un tirante del vestido, lenta y delicadamente, acariciándome el hombro suavemente. Luego vino el otro tirante, con el que seguí la misma fórmula, deslicé el vestido hasta mi cintura y lo dejé reposando mientras me quitaba el sujetador. Sabía que podías verme, que me estabas mirando, notaba tu mirada en mi espalda, en la curva de mis caderas. Con las puntas de los dedos, me acaricié los pechos, entreteniéndome en los pezones, duros y morados por la excitación, pellizcándome, provocando tu deseo.

Terminé de quitarme el vestido dejándolo caer al suelo, y luego me deshice del tanga. Despacio, por las piernas, ofreciéndote mi cuerpo, mi sexo húmedo de placer. Podía notar la excitación que flotaba en el ambiente, casi como si fuera un objeto más en la habitación.

Me acariciaba para ti, que hablabas con mi marido intentando evitar que tu mirada se posase en mi cuerpo desnudo. Me tocaba para ti. Él no podía verme desde el sofá, sólo tú eras testigo de mi cuerpo ansioso de caricias. Léntamente, mis manos rodaron por mi vientre, rodeando el ombligo, para seguir su camino hacia lo más recóndito de mi ser, llegando a la ingle. Me senté en la cama y abrí las piernas para que me vieses morir de placer. Mis dedos hábiles se paseaban por mi sexo, y ligeros gemidos de placer llenaban la habitación. Sólo tú podías verme, y era como si a través de tu mirada pudieses tocarme, cumplir todo aquello que deseabas.

Ya no eran mis dedos los que me acariciaban. No eran mis manos las que pellizcaban mis pezones. Eras tú quien llenaba el vacío de mi pasión, amándome como si el abismo insalvable del pasillo no existiera. Intensifiqué el ritmo de mis caricias, provocándome una oleada de placer que te atrapó y te empapó de mí. Lamí con delicadeza mis dedos mojados y tras descansar unos instantes y normalizar mi respiración, me puse el vestido que me habías regalado, notando rozar la tela por mi cuerpo desnudo.

Me acerqué a ti y te murmuré al oído: me he desnudado para ti.

10 febrero 2005

Aquella noche

Sentí tu presencia al entrar en la habitación. No puedo explicarlo porque nunca antes me había pasado algo así. Aún no te conocía, no había visto tu rostro, y sin embargo supe que tenías que ser mio. Tú sentiste lo mismo, ¿verdad? Lo noté en tus ojos inquietos, buscándome.

Viniste hacia mi con porte decidido. Un gesto de cabeza detuvo a Gaspar, que pretendía secuestrarte en la barra.

- Hola, soy Arturo

- Hola, me llamo Leonor

Dos besos cálidos siguieron a las palabras, tus manos se posaron en mi cintura, y no nos volvimos a separar en toda la noche. Daba igual lo que ocurría alrededor, nos apañábamos para no perder el contacto de nuestros cuerpos. A través de tus miradas te conocí. Supe que algo había nacido aquella noche al abrigo del humo del local.

Salimos los dos borrachos de amor ¿Se puede llamar así? Claro, no hay otro modo de describir el sentimiento que nos envolvía. Nos cogimos las manos y, como en un plan elaborado, corrimos a refugiarnos bajo los árboles del parque. Caimos sobre las hojas, respirando entrecortadamente. Me miraste, te miré y nos besamos. ¡Qué beso! Sentí como todos mis sentidos se desbordaban, presos de una pasión descontrolada. Mis dedos buscaron los botones de tu camisa, tu lengua buscó mi cuello. La euforia recorria mis venas y nuestro deseo incontrolable llenó la noche.

No podría describir con vulgares palabras cómo sentí aquella pasión. Fue rápido y delirante, nos arrancamos la ropa, besándonos todo lo que íbamos dejando al descubierto. Aquella necesidad de alguien me embriagaba, la prisa por el sexo me llevaga y la excitación era máxima.

Cuando por fin estuvimos desnudos, sucedió lo inevitable. Sentirte dentro de mi fue como volver a nacer, cada embestida de tu cuerpo me arrancaba un gemido de placer, hasta que empecé a sentir que una ola cálida recorría mi sexo. Tú también sentiste la llegada inminente del orgasmo, y como en un sueño, noté como nuestros músculos se tensaban y un escalofrío nos recorría. Después, yacimos exhaustos sobre el manto verde de la tierra, bajo el cielo estrellado, hasta que el amanecer nos sorprendió mirándonos