10 febrero 2005

Aquella noche

Sentí tu presencia al entrar en la habitación. No puedo explicarlo porque nunca antes me había pasado algo así. Aún no te conocía, no había visto tu rostro, y sin embargo supe que tenías que ser mio. Tú sentiste lo mismo, ¿verdad? Lo noté en tus ojos inquietos, buscándome.

Viniste hacia mi con porte decidido. Un gesto de cabeza detuvo a Gaspar, que pretendía secuestrarte en la barra.

- Hola, soy Arturo

- Hola, me llamo Leonor

Dos besos cálidos siguieron a las palabras, tus manos se posaron en mi cintura, y no nos volvimos a separar en toda la noche. Daba igual lo que ocurría alrededor, nos apañábamos para no perder el contacto de nuestros cuerpos. A través de tus miradas te conocí. Supe que algo había nacido aquella noche al abrigo del humo del local.

Salimos los dos borrachos de amor ¿Se puede llamar así? Claro, no hay otro modo de describir el sentimiento que nos envolvía. Nos cogimos las manos y, como en un plan elaborado, corrimos a refugiarnos bajo los árboles del parque. Caimos sobre las hojas, respirando entrecortadamente. Me miraste, te miré y nos besamos. ¡Qué beso! Sentí como todos mis sentidos se desbordaban, presos de una pasión descontrolada. Mis dedos buscaron los botones de tu camisa, tu lengua buscó mi cuello. La euforia recorria mis venas y nuestro deseo incontrolable llenó la noche.

No podría describir con vulgares palabras cómo sentí aquella pasión. Fue rápido y delirante, nos arrancamos la ropa, besándonos todo lo que íbamos dejando al descubierto. Aquella necesidad de alguien me embriagaba, la prisa por el sexo me llevaga y la excitación era máxima.

Cuando por fin estuvimos desnudos, sucedió lo inevitable. Sentirte dentro de mi fue como volver a nacer, cada embestida de tu cuerpo me arrancaba un gemido de placer, hasta que empecé a sentir que una ola cálida recorría mi sexo. Tú también sentiste la llegada inminente del orgasmo, y como en un sueño, noté como nuestros músculos se tensaban y un escalofrío nos recorría. Después, yacimos exhaustos sobre el manto verde de la tierra, bajo el cielo estrellado, hasta que el amanecer nos sorprendió mirándonos