23 agosto 2005

¿Seducción?



















Mi mirada es fuego que abrasa, pero no temas, no peligra tu vida.

Si tardas un poco más voy a derretirme... el calor transforma mi respiración en jadeos incontrolados.

No sabes hasta que punto faltas tú en este sofá. También faltan tus manos en mi ombligo, recorriéndome la piel.

¿No ves mis ojos? Suplican tu presencia, lanzan gritos de protesta ante tu inmovilidad.

¿Quieres jugar? Juguemos, no serás tú quien resista mis insinuaciones.

¿Que deseas? Te seduciré con mis labios entreabiertos, dibujando palabras que jamás me atrevería pronunciar en voz alta. Abriré mis brazos y disfrutaré del premio que te espera si te acercas.

¿Demasiado directa? La espera no siempre es placentera, y a mí me está resultando exasperante.

¿Tienes miedo? Del placer al dolor hay un paso, y no pienso darlo. Te lo prometo.

¿No vienes? Está bien, lo haré yo sola.

Y las caricias se multiplicaron

19 agosto 2005

Juego


Sonrío mientras cruzo las piernas, decidida. Vas a tener que pagar un peaje.

Te acercas despacio y me besas los dedos de los pies, provocándome cosquillas que suben por el abdomen para estallar en una carcajada loca. Sonríes, cómplice. Estás seguro de ti mismo, conoces tus armas, mis debilidades. Te sabes campeón.

Pero me gusta hacerte creer que no lo conseguirás, y me escondo entre las sábanas, fingiendo con poca credibilidad que no quiero besarte.

Lento y decidido, vienes a buscarme con los labios entreabiertos... siento tu aliento en mi espalda, se eriza el vello de mi cuello, y al juntarse nuestros labios estalla el deseo reprimido sin firmeza.

Nos besamos, arañándote, mordiéndome, luchando con la furia de los amantes. El climax se anuncia con dos gemidos al unísono; llega a tropel, invadiéndonos, y abandonándonos en un segundo.

Nos fundimos en un abrazo húmedo de sudores y placeres escondidos, para recuperarnos, para empezar de nuevo.

11 agosto 2005

Éxtasis

Se sentía embriagada de placer, borracha de necesidad, embargada por un impulso irresistible que la invitaba a acariciar su piel.

Sus pechos firmes estaban endurecidos, y sus pezones respondían a sus caricias con un ligero cosquilleo.

Suave, descubría los recodos que pasaban inadvertidos a su amante, convirtiendo su mente y sus dedos en una única intención. Deslizando sus manos entre los muslos, recorriendo las curvas aprendidas de memoria.

Embelesada, cautivados los sentidos, perdida la razón entre las sábanas.

Y en ese momento final, pletórico de sensaciones, se siente invadida por el éxtasis, anchos sus pulmones y prolongado el suspiro que la lleva a la cumbre, que la empuja al vacío, que la deja rendida, agotada, relajada. Y se duerme, entre las sábanas, dulcemente mecida por el recuerdo.