27 septiembre 2005

El encuentro

EL ENCUENTRO

Dobla la esquina y la descubre sentada en la terraza del bar, enfrascada en la lectura de un libro, esperándole. Faltan unos minutos y la observa detenidamente.

La falda hasta media rodilla deja al descubierto el muslo bajo las piernas cruzadas (acariciándolas en su mente, las imagina suaves, dóciles, ansiosas de caricias), apoya un libro manoseado en la mesa; quizá poesía releída hasta la saciedad, hasta retener en su memoria cada palabra, quizá una novela cuyo orígen remoto se ha borrado caminando de mano en mano (imagina todas esas manos en el cuerpo moreno de la chica, siente el deseo apoderándose de su entrepierna y sacude ligeramente la cabeza, alejando tales pensamientos). Pasa las páginas suavemente, anticipándose a la lectura sostiene la página a girar con dos dedos mientras termina (la imagen de esos dedos en su ombligo le invade, arañan su espalda, agarran su pelo y otra vez siente escalofríos recorriendo su columna. Sacude de nuevo la cabeza, un poco más fuerte que la última vez).

La otra mano reposa en el mentón, acariciando de tanto en tanto los labios, como si un pensamiento libidinoso acudiese a su mente y quisiera retenerlo (labios ardientes recorriendo su piel, un beso suave que se torna intenso, unos dientes que no pueden evitar morderle ligeramente y otra sacudida, más fuerte, retiene de nuevo la pasión). El pelo negro y ondulado recogido a la altura de la nuca deja en libertad algunos mechones que el viento acaricia, rozando su escote (escapándose, enredándose en sus dedos, reposando en su almohada, salvajes. Sacude la cabeza). Mira la suave linea de su cuello, puede ver la ininuación de los pechos firmes bajo la camisa de lino (sus dedos desabrochando la camisa, pellizcando, moridendo, recorriendo con la lengua los oscuros pezones. Sacude la cabeza, pero no es suficiente, sigue prendido de esos pechos, cegado por el deseo y por última vez, sacude la cabeza).

Una campana tañe en la lejanía y el miedo se adueña de él. Ella abandona el libro y recorre la calle con la vista, buscándole. No le ve y vuelve a sumergirse en la lectura. Él, tembloroso, mira el reloj, es la hora. Los segundos avanzan, pasan los minutos. Busca su corage, la pasión, las fuerzas para acudir al encuentro.

No las halla, le resta la vergüenza, el ridículo, la impotencia. Dobla de nuevo la esquina y se pierde en el atardecer de calles laberínticas.

***

Llega con tiempo por delante, pura manía adolescente, y escoge una mesa en la terraza. Los nervios de la cita la invaden y se decide por una copa de vino que le calme el espíritu.
Una vez sentada intenta relajarse con la lectura, pero las palabras de la novela no le llegan, se deleita en imaginar el encuentro tantas veces esperado (paseos por la ciudad estrellada, pasiones en portales oscuros, besos robados al tiempo, manos agarrando sus caderas, brazos rodeando sus muslos, dedos recorriendo sus pezones, mordiscos indagando recovecos, miradas cegadas por el deseo, labuios sensuales enredándose, arañazos,… y se muerde el labio deseoso de besos, intentando alejar el ardor que la invade).

A lo lejos, una campana la saca de su ensimismamiento, y busca entre la gente el rostro de las fotos manoseadas. No le ve, y su vista vuelve al libro mientras su mano busca el monedero. Transcurren largos segundos, eternos minutos; pero en un instante, abandona unas monedas junto a la copa a medias y huye del bar, con el miedo aferrado a los talones, sin volver la cabeza, recorriendo calles desconocidas, dejando atrás la pasión que la impulsó a llegar hasta allí.

***

Volverán a hablar frente a la pantalla, retornaran las noches en vela, prometiéndose de nuevo el encuentro, inventando una mentira consentida por ambos, agitando pasiones, imaginando besos, sin fuerza alguna para darlos.

26 septiembre 2005

Despertar

Fueron tus dedos fríos sobre mi piel desnuda los que me despertaron de tan largo letargo, dibujaste con tus labios el oscuro camino del deseo, besándome la espalda, adormilando el miedo, evaporando el dolor.

Mi piel se estremeció entre tus manos y cada partícula de mi ser dejó atrás la negrura de tu ausencia, inventaste formas de amar modelando con tu aliento la pasión naciente. En tus ojos reconocí mi reflejo, convirtiéndome en causa y efecto de mi cuerpo.

No paré tu avance inexorable por mis muslos, te permití inundar mis recovecos con saliva ardiente, arrancando de mis labios gemidos nunca concebidos.

Y al final, el último resquicio de mí se rindió a tu cuerpo, escondiéndome en tu pecho, refugiándome en tus brazos.