19 octubre 2005

Pecado


Me coge las muñecas, atrapándome con los brazos en alto, y muerde mis pezones. Me gusta a pesar del ligero dolor que me provoca pero no quiero que lo sepa, así que transformo en quejidos los gemidos de placer que escapan de mis labios.

Espero el siguiente paso, su mano recorriendo mi vientre y adentrándose con fuerza en mi sexo húmedo de placer. Aumento mis quejidos y, casi sin querer, me muerdo los labios.

Intento sin muchas ganas oponer resistencia, pero eso parece darle fuerza, y vuelve a morderme los pechos con violencia renovada.

Lento pero imparable se adentra en mí, mojándose con mi deseo, sorbiendo a besos furiosos mi saliva. Ya no reprimo mis gemidos, son inevitables muestras de pasión, atrapada entre sus manos y su sexo, sintiendo con locura creciente sus brutales embestidas.

Y al final, ese intenso instante en que nos diluimos en un orgasmo extraordinario, escapan de nuestras gargantas los gritos felinos de dos animales en celo.

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