Inquieta es tu mirada en la noche, invitándome a beberte una vez más. No creas que puedes engañarme, sé que deseas que te agarre y te haga gritar de placer; pero esta vez es diferente, y mientras con tus manos me conduces al lecho noto como el pelo de mi nuca se eriza, anticipándose a mi imaginación; pues mi mente no puede prever la sorpresa que me aguarda entre tus brazos.Y sin embargo te sigo.
Y te encuentro tumbada boca arriba, entreteniendo tu lengua en el miembro erecto de un chico... tenemos compañía. Me desvisto lentamente, observando alucinado tus vaivenes, tus mordiscos, tus chupadas,... Él se abandona al placer de tener tu cabeza entre sus rodillas, y deja que tus manos le acaricien el trasero mientras se agarra desesperado a tu pelo.
Voy acercándome a la cama, lamiéndote las piernas, acariciando tus rodillas, hundiendo mi lengua y mis dedos en lo más profundo de tu sexo. Tus gemidos ahogados resuenan en la habitación vacía, acercándote cada vez más al orgasmo, arañando su espalda, rodeando mi cabeza con tus piernas, contoneándote como una serpiente, disfrutando de tu momento.
Él no aguanta más y se derrama junto a ti, entre tus gritos de placer. Y yo, cansado de esperar mi turno, invado tu sexo con la furia de un animal, embistiéndote, convirtiendo tus gritos en alaridos, llegando más allá del cielo, más cerca del sol.
Rendidos, abrazados, refugiados en las sábanas húmedas de sexo y sudor. Tres no siempre son multitud.
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