18 junio 2007

Reflexión

El deseo es algo inevitable, que nos atrapa. Irresistible hasta doler. Cuando deseamos algo con mucha fuerza, iniciamos el recorrido por una espiral; de fuera hacia dentro. Imaginaos una línea que cruza la espiral, partiéndola en dos. Imaginaos que recorréis la espiral con un dedo, y que cada vez que tocáis la línea, sentís como la pasión se desata. Cuánto más cerca del centro estáis, más frecuentes son los momentos en que rozáis la línea. El centro, el final de la carrera, es el éxtasis completo.

El instante en que dos personas llenas de apetito sexual se unen no puede ser romántico (entendido por palabras de amor, y gestos teatrales; los besos no son exclusivos del romanticismo). El instinto animal te asalta. Por mucho que ames (o creas amar) a esa persona, en ese momento sólo es el objeto de tu deseo. Te enajena; convierte en locura lo que tú creías tener racionalizado.

Morder, lamer, gritar,... todo vale, todo surge de forma natural; impulsado por el anhelo y la avidez. Somos puro delirio.

Y las miradas; esos ojos que absorben todo lo que se les presenta, nuevo, tentador. Solemnes, juguetonas, oscilando entre la trascendencia y el mero juego. Las manos inquietas, las inseguridades, las decisiones impulsivas...

Pocas veces se nos permite volver atrás y recrearnos en lo más básico de nuestra existencia. No lo desperdiciemos.

3 comentarios:

.María. dijo...

Pocas y ciertamente peligrosas. Jejeje.
Dejarse arrastrar por alguna pasión me ha traido varios quebraderos de cabeza aunque acabe, casi siempre, rindiéndome a ello sin rechistar.

Te tenía perdida y encima yo con no muchas ganas de ordenador... Gracias por captarme de nuevo.

¿Vienes? Estaré encantada de verte, tomarnos algo... lo que tú veas.
¡Qué bien, qué iluuuuuuu!

Miguel Ángel dijo...

Me ha gustado tu web, seguiré visitandola maja

Sherezade dijo...

Muchas gracias :)

Siempre serás bienvenido.