30 enero 2008

Mi destino (Segunda parte)

Aquella noche no pude averiguar su nombre. En una fiesta como aquella, preguntar directamente habría sido como admitir que tu círculo social tenía una fisura; claro que siempre le podría haber preguntado a Jones, pero él se enganchó a las caderas de una rubia y desapareció sigiloso y rápido entre la gente.

Hablamos, siempre acompañados por caras cambiantes, de arte y literatura, de cine, de anécdotas infantiles, de política,... las agujas del reloj avanzaban imparables hacia la mañana y yo, cada vez más achispada, veía truncada mi esperanza de calmar mi sed. Se hicieron frecuentes los roces accidentales de nuestras manos, se acortó la distancia entre nuestros cuerpos, su mirada recorrió mi escote y se perdió en mi pelo, la mía taladró sus ojos; no obstante, la situación parecía que no podía ir más allá; el muchacho, caballeroso y galán, parecía reticente a darme una sola oportunidad para declarar mis intenciones, así que abandoné la fiesta antes del amanecer, con toda la desgana y acedía posibles.

Unos meses más tarde, tras acudir a todos los eventos a las que era invitada y obteniendo resultados infructuosos en lo que concernía al encuentro con el desconocido, Jones me propuso una fiesta en un palacete a las afueras, con piscina y posibilidad de pasar la noche allí. Acepté sin saber que aquella era la casa donde mi deseo yacía, dormido, junto a un joven de cabello castaño.


Llegué a la fiesta dispuesta a comerme el mundo, ardiente; como siempre, Jones y yo nos encargamos primero de hacernos con unas copas de cava, para pasar a buscar al anfitrión con la mirada. Confiaba en él, pues yo no tenía ni idea de quién podía ser. Con un gesto elegantemente estudiado, Jones llamó su atención con la mano y se hizo a un lado para observar el cambio de mis rasgos al ver a aquel chico acercándose a nosotros con una amplia y seductora sonrisa en el rostro.

Mi amigo había desaparecido (quizá tras un hombro desnudo) y sólo quedaba yo esperándole, comiéndome con la mirada todo lo que de él alcanzaba a imaginarme. Noté como mi lascivia se filtraba por mis poros y asomaba a mis labios, modificaba mi postura para hacerla más sensual.


No me hizo falta insinuarme más, al acercarse a mi mejilla, y en lugar de los dos besos, me saludó con un susurrante "sígueme" que yo obedecí. Unos instantes después estaba en una habitación en penumbra frente a él.

Se sentó en la cama y me ordenó que me desabrochara la camisa. Su voz era firme, pero delataba su apetencia, su necesidad; y yo no pude resistirme. Mis dedos treparon por mi camisa y soltaron suavemente el primer botón...

... CONTINUARÁ

11 enero 2008

Mi destino (Primera parte)

Nuestro primer contacto físico fue el día que nos presentaron; por aquella época, ya se había puesto de moda la costumbre de saludar a la gente con dos besos en las mejillas, y en el círculo social en el que yo me movía habría sido impensable que yo no lo hubiera hecho; aunque a mí no me gustaba especialmente.

La anfitriona de la fiesta me recibió al llegar con una alegría fingida, recargada como el collar que envolvía su cuello, y me condujo al único grupo de invitados situado junto al gran ventanal del salón. Lo constituían varios hombres, entre quienes reconocí a mi gran amigo Jones y a su hermano; les acompañaban dos banqueros a quienes conocía de vista y un desconocido demasiado joven para los estándares de estas reuniones. No es que la gente fuera precisamente mayor, pero los hombres solían oscilar entre los cuarenta y los cincuenta años; mientras que las mujeres no solían tener más de treinta, que era la edad que aparentaba aquel hombre que me observaba con curiosidad.

Jones debió leer en mis ojos al acercarme a saludarle que deseaba acercarme a alguno de sus acompañantes porque pese a mi habitual reticencia al saludo, fui regalando ligeros toques de mis labios a cada mejilla que se me ofreció con una sonrisa enigmática; mientras él contemplaba embelesado aquel derroche de simpatía tan impropio de mí. Cuando por fin pude rozar su piel sentí como me invadía el olor a su colonia, suave, seductor, embriagador incluso; demasiado suave para resultar ofensivo, pero imposible de pasar por alto. Sin darme cuenta mi mano se acercó a la suya y se encontraron nuestros dedos, enlazándose durante un momento. Supe que mi noche estaba sentenciada irremediablemente, que mi destino estaba ligado a su cuerpo; y un estremecimiento dulce recorrió mi columna, centrándose en mi entrepierna...

... CONTINUARÁ