24 junio 2008

En soledad


Hoy he llegado a casa, y los ecos del silencio me han dado la bienvenida. No se ha acercado tu perfume a darme la bienvenida, tímido, rozando levemente mi nariz, al abrir la puerta.

Yacía la cama vacía, cual cadáver, atravesada por una franja de luz que se filtraba por la persiana. Sábanas frías y el retumbar de mis pasos en el corredor. ¿Es esto lo que me espera?

¿Dónde quedan tus caricias, mis gemidos, nuestro goce? ¡Si ni mis manos obedecen ya mi deseo! Te has llevado, perdida entre tus libros, mi pasión. Soy un cuerpo inerte, una sombra del ayer perdida en un cajón, olvidada.

Abandonaste mis pechos en las manos heladas del adiós; y a mi sexo, húmedo y ansioso de ti, herido por un ardor insaciable, huérfano de amante, no le quedan ya fuerzas para recordar las vibraciones que antes, con tu lengua, provocabas.

18 junio 2008

Imagina...

Cierra los ojos...

inspira... espira...

Imagina un lugar donde no hay nada, ni frío, ni calor, flota en blanco...

inspira... espira...

Sumérgete en ti mismo, recrea en tu mente cada una de las partes de tu cuerpo desnudo, moldéate como si fueras un escultor, con caricias suaves detalla tus ojos, tu cuello, tu pecho, tu vientre, tus muslos,...

inspira... espira...

Una brisa fresca te rodea, abandónate a ella, eriza tu piel con delicadeza, como un aliento sutil...

inspira... espira...

Una mano te acaricia, unos labios te besan, una boca te muerde, hazte lo que más te guste, disfruta de las atenciones que te prodigas, relájate, disfruta...

inspira... espira...

Toma conciencia de tu cuerpo, condúcelo hacia el orgasmo, sólo pensando en ti, sin escenarios ni juegos, sólo tú y el blanco...

Foto de Ilya Rashap

10 junio 2008

La noche de San Juan (bis)

El sol ya se acercaba al mar, poniéndose lentamente y convirtiendo la playa en un caleidoscópico paisaje de naranjas y violetas.

Sentí la brisa fresca del atardecer y se erizó mi piel, escruté el lugar en busca de aquel desconocido cuya promesa aún latía en mi sexo; pero no había rastro de él, y cada vez quedaba menos gente. Decidí esperar hasta que el sol se escondiera completamente, me envolví los hombros con un pareo y me abandoné a mis pensamientos…

Supe que había llegado al notar su aliento en mi cuello, sus manos deslizándose por mi espalda, cogiendo la fina tela que descansaba sobre mí, vendándome con ella los ojos, mordiéndome el cuello. Ya no tenía manera de saber si quedaba alguien en la arena, ya no existía nada más que esos labios cálidos que recorrían mi nuca, unos dedos hábiles desatando mi bikini, unos brazos fuertes que me obligaban a tumbarme en la toalla, y una lengua húmeda recorriendo mi barriga, arrastrando con ella la sal y el calor de mi cuerpo.

El tiempo se detuvo mientras me mordisqueaba suavemente el clítoris a través de la braguita del bikini; continuó su avance, retirando apenas la tela para dar paso a su lengua, serpenteando por mi sexo, alternando caricias, profundizando en mí; y yo ausente, gimiendo al aire de la noche, buscando su pelo para agarrarle, para que no parara, moviendo mis caderas convulsivamente al ritmo de su boca.

Pero paró, y sus dientes atraparon mis pezones, con fuerza, mis gritos desatándose, guturales, ansiosos, felinos, como mi deseo. Rozaba mi ingle con su pene erecto, se enredaba su nariz en mi pelo, susurraba un “todavía no” incitante, que alimentaba mis ganas. Volvió a bajar hacia mis muslos para librarme de lo poco que cubría mi cuerpo, pidiéndome que me volviera, y tumbada boca abajo acarició mi espalda y mordió mi trasero, reptó sobre mí y me penetró, mientras sus dedos expertos se perdían en mi humedad.

Me besó, y en ese beso pude saborear todo el amor efímero del mundo, y el orgasmo fue espectacular, cuando al sentir que me acercaba al final se agarró con fuerza a mis caderas e incrementó su ritmo para fundirse conmigo.

04 junio 2008

La noche de San Juan

Mi piel quema bajo este sol abrasador, o quizá sea la mirada escrutadora del desconocido que me observa desde la otra parte de la playa la que me hace arder. La arena resbala entre los dedos de mis pies, la cojo con la mano y dejo que caiga sobre mis muslos. Se desliza, suave, por mi barriga, es una caricia provocadora.

El agua cristalina me llama y yo acudo a refrescarme, eriza mi piel, mis pezones se endurecen, y él se acerca con los ojos llenos del placer que espera encontrar; dejo que venga, mi lengua le invita al rozar mi labio superior, mi cuerpo le aguarda. Al llegar me coge de la cintura y me atrae; puedo sentirle, cálido y erecto, rozándose nuestros pechos, enlazo con mis piernas y nos adentramos en el mar, lejos, allá donde los bañistas no distinguen más que dos bocas que se besan.

Me muerde el cuello, salado, noto la humedad de mi sexo y le animo con un gesto. Me penetra despacio, llenando mis recovecos, se mueve con soltura, y yo gimo junto a su nuca y me agarro con fuerza a su pelo. Su excitación me enardece, alimenta mi deseo y se funden mis sentidos.

Estamos más cerca del cielo que del suelo, pero él no quiere volar; me susurra que no acaba aquí mientras se separa de mí, que me espera a la puesta de sol, en el mismo lugar, para hacerme sentir el mejor orgasmo de mi vida. Le veo alejarse nadando mientras yo dejo que los latidos de mi corazón dejen de oírse para volver a mi toalla, abrasadora, bajo el sol. Y no sé si creerle, pero le espero.