23 julio 2008

El humo de un cigarro

Te envuelve en el misterio irresoluble de la seducción, y me envenenan esos labios que, ardientes, se aferran a la boquilla de un cigarro. Te observo, y lujurioso me invento otros lugares donde apoyar la carne seductora de tu boca.

Contemplo tus movimientos, todos me parecen lascivos, cargados de erotismo,... dejas escapar el humo suavemente, como si le hicieras un favor, y yo sin poder apartar mis ojos de tu boca entreabierta, deseando que te gires, me mires, y me invites a tu cama. Una cama en la que te imagino felina, hiriente, dominante; un lecho en el que me gustaría amanecer tras haber pertenecido a ese bendito cuerpo que algún dios en el que no creo te dió.

Una calada más y mi mente perturbada vuela directamente al séptimo cielo, me obsesiono con tu cuello, el nacimiento de un escote de vértigo que muestras sin vergüenza. Ah, ángel demoledor, te sabes poseedora del don de la belleza... Eres sangre roja que tiñe de escarlata mis más profundas perversiones. Te deseo, sobre mí, amazona errante, mordiéndome con fuerza todo cuanto quede a tu alcance, lamiéndome con toda la pasión que tu cuerpo de diosa te confiere.

No huyas de mis anhelos, no vendes tus ojos a este pobre ser que te acecha desde el otro lado del bar.

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