30 septiembre 2008

Otra vez online

Hola de nuevo!

Como habréis podido observar, he añadido el logo de los Premios 20blogs en la parte superior derecha, esto es porque me he inscrito por primera vez al concurso. Desde el 15 de octubre hasta el 2 de noviembre, podréis votarme aquí. A todos aquellos a los que le guste este blog, les ruego que se tomen un momento para votarme.

Después de este apunte, y con la promesa de un nuevo relato en breve, os contaré que, como en cada uno de mis viajes, el sexo, aunque yo no lo busque específicamente, sigue estando ahí, en este caso en la cultura romana. Túnez es la cuna de grandes y bellos yacimientos del imperio más lascivo de la historia (Cartago, Dougga, Bulla Regia, El Jem, son los que visitamos). En ellos, pude encontrar diversas representaciones de la protagonista de nuestra historia anterior (Venus) mostrando al mundo sus atributos; que el museo clasificaba bajo la denominación de "venus impúdica":



Además, queda patente en mosaicos y representaciones lo mucho que les gustaban las curvas y los cuerpos desnudos:



Por último, la curiosidad por excelencia: la representación de una dama practicando sexo con un caballo, la constancia de que los romanos ya practicaban (o imaginaban) la zoofilia:



Espero haberos motivado para conocer más cosas de esta magnífica cultura, y haberos dejado un buen sabor de boca.

17 septiembre 2008

Venus

Reposaba tendida en el diván, con el pelo alborotado cayéndole en negra cascada sobre los hombros; una túnica bordada en oro y malva cubría brevemente su desnudez. Me miraba fijamente a través de las cortinas de sus oscuras pestañas, y yo no sabía qué pretendía, a qué aspiraba con el escrutinio al que me sometía. Hacía breves instantes que sus labios firmes se habían abierto para proferir los más guturales sonidos de placer que el cuerpo humano era capaz de emitir, hacía un momento había curvado su espalda bajo mi pecho y se había disuelto en convulsiones incontrolables. Y ahora, desde el esplendor de su divinidad, me observaba a mí, simple mortal, que la había amado lo suficiente para hacer que olvidase su nombre entre las sábanas de seda de su lecho.

En un gesto que abarcaba toda la seducción del Olimpo, se sentó, dejando que la tela que había descansado sobre sus pechos se deslizara a cámara lenta por su vientre, para reposar en su regazo y mostrarme de nuevo el esplendor de su piel caramelizada por el sol. Mi entrepierna mostró su alegría al contemplarla con un pequeño tirón, suficiente para que ella lo percibiera y se dibujase en su boca una sonrisa pícara y juguetona. Pero no continuó en su avance, y yo, cobarde caballero del mundo terrenal, no me atreví a iniciar ningún acercamiento.

Venus notaba, a pesar del reciente acto amatorio, una ligera humedad incómoda entre los muslos, recuerdo del placer experimentado que, por controversia, le hacía desear más; más contacto de un cuerpo joven, más arañazos sobre la espalda blanca de un guerrero valiente, más embestidas de una virilidad recién estrenada en su propio dormitorio, más pelo rubio al que aferrarse mientras su cuerpo se tensaba en un arco casi imposible, desflorar a un joven adolescente inflamaba la lujuria que ardía en su interior hasta convertirla en un amasijo de inconfesables perversiones. Le habría gustado disfrutar un poco más de él, comérselo, respirarlo, agotarlo hasta que suplicase por su vida. Y ¿quién podría impedírselo?

Sus pensamientos eran translúcidos, y yo podía intuirlos porque ella me los mostraba, quizá con la esperanza de que le demostrara que no bastaba una noche para deshacerme, quizá pretendiendo aludir a mi orgullo, o quizá simplemente para dejar claras sus intenciones.

Se levantó, en el suelo quedaron los dorados y malvas que la arropaban, andó hacia mí, felina y sugerente, sus curvas danzando al son de una música imperceptible, alargó su mano y me rozó el pecho, una suave caricia que recreaba un amor inexistente, acercando su aliento a mi cuello, rodeándome con su perfume, enloqueciéndome, cegando mis sentidos a la razón, atándome a sus piernas, obligándome a arrodillarme para perder mi lengua en los recovecos inalcanzables de su sexo, enredando mi pelo entre sus dedos, llevándome al infierno de su lascivia, descendiendo para arrodillarse frente a mí y besarme, mordiendo mis labios, escarlata recorriendo mi nuca, poseyéndome con el rítmico resonar de su respiración entrecortada, escondiéndome del mundo en su abrazo, levitando en un bosque en penumbra, perdiéndome entre pieles cálidas y erizadas, confusas, sin saber dónde terminaba yo y empezaba su dulce feminidad.

Desperté recostado entre laureles, rodeado de nubes de algodón blanco, mi cuerpo repleto de cicatrices no batalladas, su voz cantando a lo lejos, engatusando con sus artes a otro amante al que atormentar con juegos tan complacientes como peligrosos. Una daga sobresalía de mi pecho tiñendo el tiempo de lenta muerte, indolora, casi placentera, cálido río devastador que cerraba mis párpados para devolverme al lugar del que me había rescatado. Se derrumbaron a mi alrededor los paisajes divinos y empezó a dibujarse el escenario de una cruenta guerra, una llanura en la que había recibido una puñalada hacía apenas unas horas, o quizá siglos,... qué más daba.

Estaré en Túnez hasta final de mes. Nos vemos en Octubre.

10 septiembre 2008

De madrugada

Estaba durmiendo y algo me ha despertado, ha sido un despertar suave, y tampoco me importa saber qué interrumpido mi sueño, porque a pesar del frío que hace fuera de la cama, entre las sábanas el calor de nuestros cuerpos ha subido la temperatura.

Silenciosa, disfruto de esta sensación tan peculiar, tu piel desnuda, tan cercana, sintiéndote rodeándome la cintura con los brazos, mientras tu respiración cálida se desliza por mi nuca. Me pego más a ti, y ahora puedo notar lo que me ha despertado, tu pene erecto roza mi trasero, y el deseo empieza a invadirme, humedeciendo levemente mi entrepierna. Me doy la vuelta y te beso suavemente al principio, mi lengua recorre tu cuello, me abrazas más fuerte, te estás despertando y te gusta la sorpresa.

Nuestras manos se buscan, se pierden en mi pecho, en tus muslos, arden. A medio camino entre la vigilia y el sueño, nos encontramos para fundirnos. Me penetras y te mueves despacio, pero la pasión nos corroe, y cada vez dejamos más atrás el letargo de la madrugada. Cambias tus besos por mordiscos y yo te araño la espalda, intensificas tus embestidas y acabamos llenando de gritos y gemidos el aire gélido de las 5 de la mañana.

Rendidos y sonriendo nos miramos tras el orgasmo, dispuestos a dormir un rato más... si nuestros cuerpos nos dejan.

02 septiembre 2008

Encuentro

Me dirigí hacia el lugar elegido para la ocasión, la terraza de un bar céntrico, y elegí una mesa en la que fuera fácil encontrarme. Llegaba pronto, pero no llegué a sentarme, alguien a mi izquierda dijo mi pseudónimo; convirtiéndolo, por primera vez, en algo real y tangible. Me giré y observé a la pareja que me había estado esperando, sentí como también ellos me analizaban mientras les invitaba a sentarse frente a mí.

Recuerdo los nervios, las cosquillas en los pies, la incomodidad de no saber muy bien qué decir; no obstante, tras unos instantes las palabras fluyeron por si solas, teníamos muchas cosas que explicar de nosotros mismos, las identidades tras nuestros respectivos blogs.

Él, maduro pero interesante, me gustaba sentir su mirada clavada en mí. Yo, bebiendo vino blanco, quizá un poco más deprisa de lo habitual. Ella, simpática y dicharachera, llevaba el rumbo de la conversación.

Pero no era como me había imaginado. Al mirarla no podía evitar mi decepción ante aquella mujer que no tenía nada que ver con la imagen que yo había supuesto que se ocultaba tras el velo de la pantalla del ordenador. Y a pesar de no saber qué las distinguía, mediaba entre ellas un abismo insalvable.

Era atractiva, de rostro y rasgos dulces, e intenté recrear su cuerpo desnudo junto al mio, acariciándome, mirándome con sus ojos profundos, jugando a aprisionar mis pezones entre sus labios, recorriendo yo con mi lengua la curva sensual de su cuello,... pero la punzada de placer que esperaba sentir en mi entrepierna no se producía.

Pasaron los minutos en las manecillas de mi viejo reloj, y tras dos horas de risas y confesiones, me despedí, sin poder evitar ni por un instante no sentirme en parte responsable del final embarazoso de la tarde.