19 marzo 2009

A por mi fantasía (Parte 3 y final)


Qué electrizante me parece tu piel, la comparo con aquel jersey de lana que atraía con electricidad estática mi pelo, pero que seguía poniéndome por cómo me mirabas cuando lo llevaba al despacho. Eres tan sexy que te besaría sin parar hasta que no me quedaran fuerzas ni para suspirar, ahí sentado, tratando de mantener la compostura y la distancia, quizá planteándote con desespero carnal las mismas escenas que yo me invento: de rodillas frente a ti, bajando suavemente la cremallera que encierra tu deseo, acariciándote lentamente por encima de la ropa, sin dejar de mirarte a los ojos, paseando mi lengua por mis labios para anticiparte mi siguiente movimiento,...

Sé que no me engaño, que tras tu fachada distante se esconde la morbosidad y el anhelo, el ardiente propósito de seducirme y sumergirme en un baño de lujuria incontenida; sé que no son divagaciones, que me observas cuando crees que no te veo, que te acercas un centímetro más de lo debido, que te apetece revolverte conmigo en un mar de sudores y escalofríos,...

No puedo ir más allá, te levantas y comentas que esperas una llamada. Es la señal de alarma, la pared que interpones cuando sientes que estas demasiado cerca de la línea que deseas cruzar. Y yo, de nuevo, claudico y salgo por la puerta con una sonrisa tímida y triste en los labios. Quizá la semana que viene, cuando venga a entregarte mi próximo informe, pueda diluir esa frontera.

04 marzo 2009

A por mi fantasía (Parte 2)



No sé muy bien lo que estoy haciendo aquí; ayer por la noche, después de elevarme al cielo pensando en ti, me parecía muy buena idea acudir a tu despacho... pero nada está saliendo de acuerdo con ninguna de las situaciones que me había planteado y para las que tenía una respuesta preparada.

No sé qué decirte para que abandones tu trono más allá de la mesa y te acerques a mí, la opción de acercarme yo me parece demasiado descarada; opto por preguntarte qué opinas sobre mi último informe y, por fin, me invitas a ver algo del papel que reposa frente a ti; decido dejar mi timidez sentada en la silla y me acerco sugerente, hasta situarme a tu lado e inclinarme hasta que la camisa que cubre mis pechos se entreabra y mi brazo roce tu hombro.

Ahora puedo notar tu turbación, la piel erizada de tus antebrazos, la vacilación en elegir las palabras, y las miradas de soslayo que diriges constantemente más allá de mi cuello. Me deseas, te deseo, te imagino tomando mi mano entre las tuyas y besándome salvajemente, apartando sin delicadeza las cosas de la mesa y lanzándome sobre ella... Pero sigues ahí, incapaz de dar un paso más, como yo, atados por lazos invisibles que no podemos arrancar.

(Continuará)