13 abril 2009

Sacrilegio


Los alrededores de la ermita están oscuros y mudos, la luna llena brilla en un cielo negro lleno de estrellas, y en el parking, en el asiento trasero de un mini, tú y yo intentamos acomodarnos y disfrutar de la noche y nuestros cuerpos. Estamos incómodos, y de repente, te quedas callado mirando hacia la puerta del santuario:

- Vamos allí dentro - me dices con mirada suplicante, refiriéndote al templo.

No lo dudo ni un momento, en el coche hace calor y no logramos sentirnos a gusto. Entre risas acalladas por besos, abrazos y sobeteos, nos acercamos a la puerta y empujamos. Nos recibe un interior adusto y un silencio sobrecogedor, pero coges mi mano y me diriges hacia el altar sin dilación en tus gestos ni miedo en tus ojos. Al llegar, me abrazas por la cintura y sumerges tu lengua en mi boca, aplacando mis temores y disparando mi lujuria. Tus dedos recorren mi espalda y se deslizan bajo mi camiseta para retirarla y besarme el pequeño lunar de mi pecho. Mis manos se agarran a tu trasero y desatan el cinturón. Gemimos, y el eco nos responde.

Sigues imparable tu camino, subes mi falda y te deshaces de mi ropa interior; me coges a pulso y me apoyas contra la mesa sagrada, penetrándome y elevándome al cielo de los mortales, el orgasmo que llena el espacio de gritos ahogados, mientras la luz de la luna se filtra por los ventanales, proyectando la sombra tenue de una cruz sobre mi espalda.