23 septiembre 2009

Inevitable

Tenía la sensación de que me estaba metiendo en un callejón sin salida y, a pesar de todo, acepté su invitación; dejé que me descalzara y me recosté en el sofá de terciopelo negro, que me acogió como un buen amigo.

El alcohol era lo único inocente de aquella habitación; sobre la repisa de la chimenea descansaba un ejemplar del Kama Sutra; en la pared, varias litografías de carácter erótico iluminadas apenas por las velas; sobre la mesa, dos copas de vino tinto; en el equipo de música, notas suaves de un piano llenando la habitación. Me levanté, sintiendo en los pies el suave tacto de la alfombra, y cogí con delicadeza el libro, ojeándolo. Las manos de él no supieron esperar y reptaron buscando mi cintura. El libro cayó y me abrazó. Podía sentir su aliento en mi nuca.


El beso que siguió me recordó los amores de verano y los nostálgicos atardeceres de otoño. No esperó mi reacción; simplemente me tumbó allí mismo, dulcemente, y deslizó el vestido por mi vientre; hundió su lengua en mí, gemí y sus ojos se perdieron en los míos. Me dejé llevar por la tormenta de su cuerpo, moviéndome al ritmo que las olas de placer que nos imponían. Los latidos desbocados desgarraron la noche y la calma placentera vino a sentarse a nuestro lado. Dormí abrazada a su cintura y desaparecí cuando la suave luz del amanecer bañó sus párpados.