16 abril 2010

Al despertar

Abro los ojos lentamente, me revuelvo en la cama, inquieta, las sábanas están enmarañadas A mi lado un hueco en la almohada, iluminado por el sol de mediodía, me revela tu ausencia; respiro profundamente, y noto como la seda envuelve los arañazos de mi espalda, se filtra entre mis muslos y los acaricia. Siento tu sabor amargo, los labios inflamados, el dolor en las ingles, los músculos agarrotados. Recorro con los dedos las marcas de sexo que has dejado tatuadas en mi cuerpo; te echo de menos y pienso: que todavía quedan horas hasta que vuelvas, y conviertas el beso tierno de bienvenida en un intenso vaivén de lenguas, y me lances con furia sobre el lecho aún revuelto, y me ates las manos a la espalda, y me cojas del pelo para morderme el cuello, y me hagas tuya con la furia de un huracán desmedido. Mi cuerpo dolorido reacciona a tu recuerdo y al anticipo de otra guerra de cuerpos desnudos; no puedo, no quiero esperar. Con prisa me levanto para preparar mis armas, mientras mis manos teclean un mensaje en el móvil:
"Aún hay supervivientes en el campo de batalla"