Llueve. Las gotas de lluvia resbalan por la ventana tras la que puedo ver el muro del edificio de enfrente. Trato de concentrarme en el patrón de líneas que forman los ladrillos rojos, evitando un orgasmo inminente. Ella está sobre mí, moviéndose arriba y abajo, engullendo mi sexo en el suyo, contrayendo los músculos para aprisionarme un poco más.
Desde aquí puedo ver sus labios entreabiertos a través de los cuales escapan gemidos y suspiros, su cuerpo se abandona al placer con ojos cerrados, para que nada la despiste de la cálida sensación de tenerme a su disposición. Su pecho se bambolea al ritmo que imprimen sus rodillas; de vez en cuando me mira, coge mis manos y las conduce hacia sus pezones, preguntándome con voz gutural si me gusta que me folle. Esa palabra tan vulgar me provoca una punzada en la entrepierna, un aviso más de lo cerca que estoy del final.

No quiero que termine, me gusta prolongar el momento en el que ella está encima de mí, enlazando sus caderas con las mías. Pero ella ha decidido descubrirme una pequeña porción del paraíso; suavemente ,se quita la goma que sujetaba su melena y su pelo suelto se desparrama por sus hombros. Apoya las manos en mis rodillas y se inclina hacia atrás, a la vez que coloca sus pies junto a mis hombros y empieza a moverse más deprisa. Le agarro las caderas y la ayudo a seguir el ritmo, la vista se me nubla y ya no veo los ladrillos del edificio de enfrente. Siento la tensión previa a ese final que quería evitar, pero esta vez me dejo llevar por sus vaivenes y muevo mis manos para acariciarla hasta que el clímax llega y se va, dejándonos a los dos exhaustos.
