22 abril 2012

El primer beso

Tus labios se acercan a los míos, y antes de besarme ya anticipio el cosquilleo en mi lengua. Mi cuerpo te desea, y se abre a ti; se relaja para dejarse llevar. Entreabro los labios y te recibio, y si acaso opongo alguna resistencia, es sólo juguetona, traviesa, la niña que llevo dentro y que desea hacerse de rogar.

Siento cómo arde mi piel al contacto con la tuya, mientras con tu lengua te abres paso tímidamente para acariciar mi labio superior. Mis dientes toman la iniciativa y te muerdo suavemente el labio inferior. Es justo la provocación que necesitabas para apretar más tu boca contra la mía y agarrar con firmeza mi nuca. Siento cómo quieres invadirme y un escalofrío de placer me recorre la espalda y siento una contracción en mi vientre.


La humedad de nuestras bocas se traslada a mi entrepierna, y siento que ya no puedo más, que te necesito sobre y en mí. Nuestras cabezas se inclinan para acoplarse más si cabe, para acercarnos más y unirnos en ese beso que parece contener todo el deseo del mundo.

Nuestros cuerpos se aproximan, los corazones bombean con fuerza, y las manos se precipitan a la cintura, el pecho, los muslos, evitando ir demasiado deprisa hacia las zonas realmente interesantes de la anatomía. Son caricias tímidas, esas que algún día serán firmes y confiadas pero que, hoy por hoy, no son más que los primeros ensayos de la gran función final.

16 abril 2012

Chocolate

El chocolate caliente cae por mi pecho, acariciándome y encontrándose con tu lengua anhelante. Con los ojos vendados, sólo puedo intuir tu presencia, y anticipar cuál será el siguiente lugar que devorarás.

Siento tu aliento en mi cuello, la piel se me eriza y la impaciencia me carcome. Arqueo la espalda para hacerte partícipe de mi ansiedad, pero sólo consigo que te rías, juguetón. 


Me pides que abra los labios, y un chorrito de chocolate se cuela hasta mi lengua. Me besas, y la dulzura  se derrama. Abres mis piernas y te deslizas hacia mi sexo, dejando el tuyo al alcance de mi boca. Me bañas la entrepierna en chocolate y lo lames con intensidad, provocando gemidos que ahogo para no perder la concentración y disfrutar al notar cómo se tensa tu pene, tan cerca del orgasmo que tienes que pedirme que pare.

Ahora siento tu cuerpo sobre mí, y me penetras con fuerza. Me muerdes los labios chocolateados y te mueves al ritmo de mis caderas. Ardemos los dos en el fuego del deseo y el delirio. En la hoguera de uno de los placeres más antiguos.