26 noviembre 2012

Tu amigo

Me susurras al oído que estás deseando hacerme el amor mientras tu amigo nos mira. Me ruborizo, ¿cómo lo sabes? Pensé que había disimulado bien la atracción que me produce... Clavo mis ojos en los tuyos, esperando encontrar enfado, burla tal vez, pero lo que veo supera mis expectativas: me miras con ansia, con un ardor desconocido, y sí, también con súplica.

Ronca por la sorpresa, consigo susurrar un "¿por qué?" que suena más a disgusto que a curiosidad. Tus ojos se abren un instante, puedo sentir cómo tu respiración se acelera y tu mano aprieta ligeramente la mía. Temes que te diga que no.

- No lo sé... por favor...
Y me doy cuenta, asombrada de nuevo, de que no sabes que tu amigo me gusta. Por un instante fantaseo con la idea de confesarte que no quiero que sólo mire, que deseo que me posea con furia, sobre la mesa del comedor, pero me arrepiento y decido concederte el capricho.

En lugar de contestarte, deslizo mis manos por tus muslos hasta tu miembro, acariciándote sobre la ropa y cerrando los ojos para abandonarme a las caricias. Me concentro en mí misma y desabrocho varios botones de mi camisa, dejando al descubierto mis pechos desnudos. En estos momentos agradezco nuestra costumbre de no ponernos ropa interior si vamos a quedarnos en casa. Tu polla crece, aprisionada por los pantalones, y yo abro ligeramente los ojos, para descubrirte mirándole mientras él me mira.

Con la habilidad que me da la experiencia, te desabrocho los vaqueros, liberando tu erección, y me coloco sobre tus rodillas, dándole la espalda a tu amigo. Levanto mi falda y dejo que la camisa se deslice por mis hombros, y tú mueves las caderas para facilitar la penetración. Cierro de nuevo los ojos, y empiezo a moverme despacio, disfrutando de la sensación de unos ojos nuevos taladrándome.

Tú suspiras sin parar de mirarle, le haces un gesto y él se acerca. Ahora puede ver el vaivén de mis pechos y mis manos deslizándose hacia mi clítoris, buscando el orgasmo. Mis movimientos son cada vez más rápidos,  te agarras a mis pezones, y cuando te siento a punto de explotar, contengo el ritmo hasta llegar a tu altura. En ese momento abro los ojos y me abandono al orgasmo sin parar de moverme, mirando a tu amigo y sintiendo cómo su excitación me acaricia a la vez que tus manos.

18 noviembre 2012

La habitación de al lado (Sexta y última parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte, la tercera parte, la cuarta parte y la quinta parte de la historia.

Él se queda quieto entre mis rodillas, así que tengo que darme la vuelta levantando una pierna, de forma que quedo completamente expuesta ante él. Cuando estoy colocada, noto cómo la postura provoca que se destense un poco la tela que me ciñe las muñecas y puedo mover más las manos, pero la nueva libertad dura poco, pues me coges de las caderas y me atraes hacia ti, provocando que las ataduras vuelvan a inmovilizarme.

Te colocas sobre mí, con los brazos a cada lado de la cabeza y las piernas entre las mías, sin tocarme. Vas besándome la cara, los labios, me muerdes. Gimo y me pides silencio:
- Shhh. No te muevas.
Tu voz es sensual, provocativa, me funde por dentro mientras vas bajando y me muerdes los pezones, suave al principio, más fuerte después, llegando al umbral del dolor. Siento que casi no puedo controlarme, que me muero por sentirte dentro de mí, pero tú alargas el momento, deslizando tu lengua por mi ombligo, para llegar de nuevo a mi húmedo sexo.

- Eres deliciosa.
Me dices mientras te arrodillas de nuevo entre mis piernas, agarrándome de las rodillas y obligándome a flexionarlas. Te colocas justo en la entrada de mi sexo, te inclinas hacia mí y me besas intensamente. De repente me muerdes y a la vez me penetras de golpe; el placer me invade y gimo tan fuerte que casi es un grito. Entonces empiezas a moverte sin dejar de besarme, cada vez más rápido, y siento que tu erección aumenta, noto como se tensan tus músculos, mantengo las piernas flexionadas y tensas bajo tus brazos, y te oigo gemir en mi boca.

Cuando estás a punto de correrte, hago un esfuerzo por liberar mis piernas y rodear tus caderas, acoplándome a tu ritmo y tensando los músculos de mi vientre. Te dejas hacer, y acabas derrumbándote sobre mí con un suspiro.

Me desatas las manos y nos quedamos a medio camino del abrazo, intentando normalizar el ritmo de nuestra respiración. Y justo antes de levantarme para abandonar tu habitación, me agarras la cara y, justo antes de besarme de nuevo, me dices:
- Creo que te volviste a mover cuando te pedí que te quedaras quieta...
Y yo me derrito ante la promesa que encierran tus palabras.


La fotografía, de nuevo, de Angel Place

12 noviembre 2012

La habitación de al lado (Quinta parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte, la tercera parte y la cuarta parte de la historia.

Sales rápidamente de mí, dejándome con una sensación de vacío indescriptible, pero no tengo tiempo de asimilarla antes de agarrarme de las caderas y darme la vuelta, obligándome a apoyar las rodillas en la cama y dejando mis brazos cruzados y estirados, las cuerdas más tensas todavía, y mi cara apoyada contra las sábanas.

Me acaricias las nalgas, y yo me derrito ante la expectativa. Tus manos son suaves y delicadas, pero los nervios me carcomen, la sombra de la amenaza de un castigo me mantiene tensa, incapaz de abandonarme al placer que me proporcionan tus manos.

Tu voz rompe el silencio, que hasta ahora notaba tenso:
- Tienes un culo precioso.
No me das tiempo a reaccionar antes de sentir la primera palmada, fuerte, justo en el lugar en que la nalga se convierte en muslo. La sorpresa cede ante el cosquilleo y el inevitable pinchazo de placer en la entrepierna. A medida que me azotas, procurando no golpear nunca demasiado fuerte ni en el mismo lugar, alternando el dolor con caricias que me estremecen, siento cómo me humedezco. Estoy completamente a tu merced, y la excitación crece sin que yo pueda pararla.

Sin poder evitarlo, muevo las caderas intentando calmarme. Te acercas a mí y siento tu pene erecto rozando la piel rosada y dolorida, acariciándome. Tu mano se pierde entre mis piernas, roza mi sexo y varios dedos se pierden en mi interior. Entran y salen durante un rato, vas rozándome el clítoris con el dedo gordo, y de nuevo siento el orgasmo cada vez más cerca.

- Pídemelo.
Tu voz es un susurro, una súplica y una orden. Las palabras salen de mi boca y no me esfuerzo en detenerlas:
- Haz que me corra
Siento vergüenza y me sonrojo, porque me excita tanto pedírtelo, y tu mano no para, aumenta el ritmo, y oigo cómo gimes, alentado por mi deseo, y todo me da vueltas cuando al fin llegan las convulsiones, y muerdo las sábanas para ahogar un grito, y tengo que concentrarme en no derrumbarme.

No pasan ni treinta segundos cuando oigo de nuevo tu voz:
- No creas que he terminado contigo. Date la vuelta.

(Continuará el próximo domingo 18 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place


08 noviembre 2012

La habitación de al lado (Cuarta parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte y la tercera parte de la historia.


Estoy tumbada sobre tu cama, expectante, con las piernas abiertas y las manos sobre la cabeza. Debido a mi postura, la falda me cubre sólo parcialmente, dejando a la vista las medias, el liguero, y parte de mi sexo. Siento cómo la vergüenza tiñe ligeramente mis mejillas. Tú sigues de pie, observándome mientras te liberas de la camiseta y miras a tu alrededor... ¿buscando qué?
- Cierra los ojos.
Y yo me abandono agradecida de poder evitar tu mirada sobre mi piel. La vergüenza se diluye en una nueva sensación, la de la expectativa. Siento cómo me atas las manos con ¿un pañuelo? ¿una corbata? y luego las estiras para fijarlas al cabecero de la cama. Siento que te alejas de nuevo.

Ahora te inclinas sobre mí desde los pies de la cama y con un rápido movimiento me estiras desde los tobillos, tensando mis brazos para que no pueda moverlos. Sigues con un dedo el perfil de mis medias, subes por mis muslos, tiras y sueltas el elástico del liguero, y yo adelanto un poco las caderas.
- Quieta.
Tu voz es suave como un susurro, pero a la vez es potente como si una mano invisible me retuviera contra el colchón. Contengo la respiración mientras tu dedo roza suavemente mi pubis.
- Voy a desnudarte, quiero verte las tetas.

Con un par de movimientos rápidos, coges mi top y lo deslizas hacia arriba, por mis brazos, hasta dejarlo sobre las ataduras de mis manos. Juntas mis piernas para librarte de mi falda, pero vuelves a abrirlas, estirándolas. Mi imaginación se desborda al imaginar cómo me ves ahora mismo, vestida tan sólo con las medias y el liguero, completamente abierta y con las manos atadas. Intento deleitarme con esa sensación, pero tu voz me interrumpe:
- Mírame.

Te encuentro de rodillas entre mis piernas, erecto, y de nuevo el rubor tiñe mis mejillas.
- No dejes de mirarme - dices mientras coges mis tobillos y me obligas a flexionar las piernas. Apoyas levemente tu peso sobre mis piernas y conduces tu sexo hacia el mío, que te espera, mojado y palpitante desde que me dejaste tan cerca del orgasmo. Me torturas un poco más, esperando un momento antes de penetrarme de repente, con un sólo movimiento, hasta el fondo, y pese a todos mis esfuerzos no puedo retener ese gemido que escapa de mis labios, la corriente de placer que me obliga a arquear la espalda y, por un instante, dejar de mirarte.

Cuando mi mirada vuelve a ti me estremezco. Una expresión lasciva cubre tu rostro, y tu voz, tranquila y grave, abre un mundo nuevo para mí:
- Me has desobedecido. Te dije que me miraras. Voy a tener que castigarte.


(Continuará el próximo lunes 12 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place


01 noviembre 2012

La habitación de al lado (Tercera parte)

Aquí puedes leer la primera parte y la segunda parte de la historia.

Una sonrisa lasciva se dibuja en tus labios con mis palabras. Me supiste sumisa desde el instante en el que me conociste, antes incluso de que yo lo supiera. Preparaste el terreno durante meses, con miradas y comentarios aparentemente inocentes. Y ahora al fin me tienes frente a ti, de rodillas, mirándote suplicante. Tu voz provoca un tirón en mi vientre:
- Voy a follarte la boca.

Coges mi barbilla y me das un beso suave en los labios, apenas rozándome, a la vez que desabrochas tus vaqueros. Te levantas, y ahora de veo desde abajo, imponente, mientras deslizas tus vaqueros y calzoncillos y los tiras a los pies de la cama. Vuelves a sentarte, y ahora tu pene erecto está frente a mí.

Entreabro los labios y los humedezco con la lengua. Sigues sonriendo, agarras mi cabellera y me atraes hacia ti, abriendo más las piernas para darme completo acceso a tu sexo. Cuando mi lengua recorre tu glande y mis labios se abren para abrazar tu erección, me siento una diosa dándote placer. Mueves las caderas a mi ritmo, acoplándote a mis subidas y bajadas, relajando la garganta y respirando más deprisa.

Perlas de sudor aparecen en tu frente, agarras más fuerte mi nuca y me inmovilizas. Ahora eres tú quien marca el ritmo, y yo abandono un poco mis labios, cubriendo apenas los dientes, y juego con mi lengua cada vez que te retiras, deseando que entres una vez más y me llenes, presionando el inicio de mi garganta. Siento cómo creces y te expandes, y justo cuando empiezo a creer que vas a correrte en mi boca, paras, jadeante, y me estiras cogiéndome todo el pelo y parte de la nuca para sentarme sobre tus rodillas.
Me miras un instante, y la sonrisa vuelve a tu rostro cuando me dices:
- Te quiero tumbada boca arriba en mi cama, con las piernas abiertas y los brazos estirados hacia arriba.
Dudo un instante, pero tu mirada se endurece y tu orden me obliga a levantarme rápidamente:
- Ahora.

(Continuará el próximo miércoles 7 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place