29 abril 2013

Sintiendo sin ver

La seda se desliza por tu rostro cuando te ato el pañuelo, y suspiras. Anticipas que será un juego divertido, a pesar de que no te suele gustar ponerte a mi merced. Sujeto fuerte la tela, no quiero que me puedas ver ni por la más mínima rendija.

Despacio, te voy desnudando, a la vez que me deshago yo también de mi ropa. Intento que mis movimientos sean lo más suaves posibles, para no descubrirte con los sonidos dónde estoy ni cual va a ser mi próximo movimiento.


Me acerco a ti y acerco mi boca a la tuya todo lo que puedo, pero sin tocarte. Respiro para que notes mi presencia, y tú estiras la cara para darme un beso. Pero la ventaja está de mi parte, y me retiro antes de que puedas alcanzarme. Después deslizo mi lengua por todos los lugares que se me ocurren: los hombros, las orejas, los pezones, el cuello, el ombligo, la barbilla... y al fin te beso, recibiendo toda el ansia que has acumulado.

Te abandono de nuevo para lamerte el sexo, despacio, disfrutando cada centímetro de piel ardiente y dura, recorriendo con mis dedos tus muslos, arañándote. Me siento a horcajadas sobre ti y te envuelvo en mi humedad, gimes desesperado, quieres tomar el control, así que me coloco erguida y dejo que te sientes y lleves el ritmo de la penetración, aunque la venda siga firmemente asentada sobre tus ojos.

Frenético, te mueves cada vez más deprisa hasta que el orgasmo te sacude y sin que me dé tiempo a replicar te deshaces de la venda y me miras jugetón:
- Tu turno.

La próxima historia, el martes 7 de mayo (voy a dejar de intentar publicar el domingo, pues está claro que nunca llego a tiempo)

21 abril 2013

Dedos suicidas


Te veo aparecer en la puerta del salón acompañada por el maître, y me quedo sin aliento. Estás espectacular.

Mis ojos te siguen, hambrientos, mientras recorres el restaurante: llevas un vestido negro hasta la rodilla que se ajusta sin apretar a cada una de tus curvas, unos zapatos de tacón, y esas medias con liguero que sabes que me vuelven loco.

Al llegar a la mesa, me levanto y me saludas con un suave beso en los labios, como un suspiro que me incendia, y retiro la silla de mi derecha. Al sentarme yo, nuestras rodillas se rozan. En cuanto el encargado se da la vuelta, tú cruzas las piernas y tu vestido trepa por tus muslos. Coges mi mano y la depositas suavemente en tu rodilla.

Y aquí es cuando pierdo el control de mi deseo, y mis dedos suicidas deciden adentrarse entre tus muslos, para descubrir la ausencia de ropa interior y el fácil acceso a tu ya húmeda entrepierna. Colocas el mantel cubriéndote la falda, y te masturbo despacio, mientras vamos bebiendo vino y manteniendo una conversación aparentemente normal. Pero bajo la mesa, arden los cimientos.

Los entrantes llegan y se van, picoteamos ausentes los primeros, me miras y coges una guindilla, sé que es el momento para acelerar el ritmo y confundir al personal acerca del rubor de tus mejillas. Mis dedos se vuelven locos, y puedo sentir cómo estrangulas mi mano cuando el orgasmo te sacude y tensas los músculos para evitar un gemido que sorprendería a todo el restaurante. La guindilla se desliza entre tus dientes, desciende por tu garganta, y yo me derrito.

La fotografía, de Leszek Kowalski.

La próxima entrada, el domingo 28 de abril.



14 abril 2013

El albañil curioso

Lamento el retraso, pero las vacaciones a veces tienen la facultad de desconectarnos tanto del mundo real, que necesitamos varios días para recuperar el ritmo. Pero vamos a lo que vamos, y comencemos nuestra historia...

La luz de la mañana del sábado entra por la ventana, sacándome de mi letargo. Entreabro los ojos, y a través de las persianas entreabiertas descubro que un albañil, encaramado a un andamio, me observa intrigado. Sus ojos verdes brillan y se dibuja en sus labios una sonrisa.

Tardo unos minutos en asimilar que los chicos que arreglan la fachada deben trabajar también en sábado, y le respondo con otra sonrisa. Me estiro, y de repente soy consciente de que duermo desnuda, y de que si salgo de la cama para cerrar la persiana o para vestirme, le voy a dar una vista completa de mi anatomía.

Me muerdo el labio, y le miro disimuladamente, esperando que se dé la vuelta. Lejos de eso, él me mira intensamente y se pasa una mano por el pelo. Sin saber muy bien por qué, me excita su interés, y me muevo un poco para dejar mi espalda al descubierto. Ahora no puedo verle, pero sé que me mira, y mis manos se dirigen a mi entrepierna sin que pueda pararlas.

Mi mente se llena de imágenes en las que él irrumpe en la habitación saltando por la ventana y colocándose tras de mí. Voy intensificando mis movimientos, y acabo dándome la vuelta para ofrecerle mis pechos, con los ojos entreabiertos para comprobar que sigue mirándome, luchando contra esa vergüenza que inflama mi deseo en lugar de hacerme parar. Abro las piernas, y me ofrezco a él mientras sigo masturbándome. Me gustaría que él también se tocara, pero la cercanía del orgasmo me nubla la vista y ya no distingo más que su silueta.

Respiro agitadamente, aumento el ritmo, deslizo mis uñas por mi pecho y me arqueo, abandonándome a la sensación de mi clítoris hinchado y los músculos tensos. Le imagino sobre mí, tomándome con furia, y un gemido escapa de mis labios cuando al fin alcanzo el clímax.

No puedo, no quiero, averiguar si sigue ahí. Con los ojos cerrados, sintiendo el sol en mi piel, intento relajarme y vuelvo a mi sueño poblado de ojos verdes.

La fotografía, de Jane Ros.

La próxima entrada, el domingo 21 de abril.