21 abril 2013

Dedos suicidas


Te veo aparecer en la puerta del salón acompañada por el maître, y me quedo sin aliento. Estás espectacular.

Mis ojos te siguen, hambrientos, mientras recorres el restaurante: llevas un vestido negro hasta la rodilla que se ajusta sin apretar a cada una de tus curvas, unos zapatos de tacón, y esas medias con liguero que sabes que me vuelven loco.

Al llegar a la mesa, me levanto y me saludas con un suave beso en los labios, como un suspiro que me incendia, y retiro la silla de mi derecha. Al sentarme yo, nuestras rodillas se rozan. En cuanto el encargado se da la vuelta, tú cruzas las piernas y tu vestido trepa por tus muslos. Coges mi mano y la depositas suavemente en tu rodilla.

Y aquí es cuando pierdo el control de mi deseo, y mis dedos suicidas deciden adentrarse entre tus muslos, para descubrir la ausencia de ropa interior y el fácil acceso a tu ya húmeda entrepierna. Colocas el mantel cubriéndote la falda, y te masturbo despacio, mientras vamos bebiendo vino y manteniendo una conversación aparentemente normal. Pero bajo la mesa, arden los cimientos.

Los entrantes llegan y se van, picoteamos ausentes los primeros, me miras y coges una guindilla, sé que es el momento para acelerar el ritmo y confundir al personal acerca del rubor de tus mejillas. Mis dedos se vuelven locos, y puedo sentir cómo estrangulas mi mano cuando el orgasmo te sacude y tensas los músculos para evitar un gemido que sorprendería a todo el restaurante. La guindilla se desliza entre tus dientes, desciende por tu garganta, y yo me derrito.

La fotografía, de Leszek Kowalski.

La próxima entrada, el domingo 28 de abril.



2 comentarios:

Dr.tomby dijo...

esa guindilla, seguro que picaba menos que los dedos!

Bonito relato y nada como un restaurante con buenos manteles jejeje

Sherezade dijo...

Ya tienes algo más que probrar ;)

Besos,

Magda