24 julio 2013

Detenida (Segunda Parte)

Aquí podéis leer la primera parte del relato erótico. Está basado en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail, ya sabéis que si tenéis alguna historia o fantasía picante que queréis ver reflejada en el blog, sólo tenéis que contactar conmigo.

El agente Miller notaba su erección empujando los vaqueros mientras observaba a Beckett, su compañero, obligando a la detenida a levantarse y apoyarse contra la mesa de interrogatorios. Ella se revolvía, pero eso sólo conseguía que Beckett se excitara más.

La colocó de forma que su torso y sus pechos quedaban aplastados contra la mesa, las manos esposadas a la espalda, y su culo alzado en pompa, justo a la altura de su miembro completamente duro. Con movimientos rápidos, esposó cada uno de los pies de la chica a las patas de la mesa, y tirando de sus brazos hacia atrás, le levantó la falda, dejando al descubierto el liguero y el tanga, y empezó a masturbarla. Pese a sus gritos ahogados y a sus protestas, pronto comenzó a excitarse: su cuerpo la estaba traicionando.

Durante unos minutos, Beckett intercaló las intensas y duras caricias en su clítoris con las palmadas en el trasero, y a medida que su piel se iba enrojeciendo, ella se debatía entre seguir luchando por liberarse o entregarse sin reservas al placer que sentía. El agente no paraba de decirle cosas soeces, gritándole que se callara, y ella seguía hipnotizada por su propia imagen en el espejo de la sala, intentando imaginar quién podía estar mirando.

Deseó que esa persona tras el cristal fuera un hombre, imaginó que entraba y la obligaba a lamer su miembro, se excitó trazando mentalmente la sensación de un sexo grande y duro en su boca y a Beckett penetrándola con fuerza. Por eso, cuando al fin Beckett la penetró sin previo aviso, lo que salió de su garganta no fue un grito de inconformismo, sino un gemido de placer...

La continuación de la historia, el próximo miércoles 31 de agosto


Imagen de @CoffeTableSex

17 julio 2013

Detenida (Primera Parte)

**Esta historia está basada en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail.


Llevaba una hora sentada en la sala de interrogatorios, y empezaba a impacientarse. Las esposas que la mantenían atada a la silla se le estaban clavando en las muñecas, y no entendía por qué sus pies también estaban atados a las patas de la silla, de forma que se veía obligada a hacer fuerza para mantener las rodillas juntas y que no se le viera la ropa interior.

Cuando el policía entró, ella empezó a quejarse con insistencia, pero una bofetada del agente la hizo callar y mirarle fijamente. Afirmó que ella haría todo lo que él quisiera, sin rechistar, y acto seguido le cogió del pelo y echó hacia atrás su cabeza, besándola con furia.

Deslizó su mano por la camiseta y la subió de un tirón, dejando al descubierto su sujetador. La seguía besando con violencia mientras le manoseaba las tetas, pellizcándole con fuerza los pezones. Ella se revolvía, pero cada movimiento dejaba más al descubierto sus muslos, y le enrojecía las muñecas.

Él se retiró un poco y le susurró al oído que aquello acababa de empezar, que iba a saber lo que era bueno, y acto seguido se irguió y sin soltar su cabellera, se desabrochó los pantalones y los bajó hasta la mitad del muslo, dejando que su pene erecto rozara su mandíbula. Con un movimiento firme, guió su boca hasta la punta de su miembro, y lo introdujo lentamente, empezando un vaivén cada vez más rápido.

Ella tenía la cabeza completamente aprisionada, y sentía cómo el sexo del policía se endurecía cada vez más, mientras no podía quitar la vista del espejo de la otra sala, donde imaginaba había alguien observando la escena.

No se equivocaba, pues al otro lado, el agente Miller miraba cómo su compañero se aprovechaba de la detenida, esperando el momento preciso para intervenir.

Continuará el próximo miércoles 24 de julio

La fotografía, de Christopher Vaughan

03 julio 2013

Tormenta (Segunda y última parte)

Cuando llego me quedo anonadada ante la visión que me ofreces: te lo has quitado todo excepto la camiseta, que deja un hombro al descubierto, pegada a tu cuerpo, completamente empapada y dejando entrever tus pezones. Me acerco a ti y te beso suavemente los labios, las mejillas, el cuello... aprovechando la ocasión para deshacerme de mi ropa.

Deslizo la toalla por tu espalda, tus hombros, te quito la camiseta y rodeo tus pezones con la lengua, rozo mis dientes en ellos, los siento erizarse en mi boca. Tus manos recorren mi nuca, me empujas firmemente hacia abajo, poniéndome de rodillas ante ti y guiándome hacia tu clítoris hinchado. Lo lamo, me agarro a él con los labios apretados, y mis dedos se pierden en tu sexo.

Muevo adelante y atrás la mano, y de repente veo la toalla que ha quedado abandonada en el suelo. Sin dejar que mi boca abandone tu clítoris, sin dejar que tus gemidos me despisten de mi objetivo, la recojo y empiezo a secarte los muslos, apretándola contra tus nalgas, apretándote contra mi boca. Noto cómo tiemblan tus piernas, la rendición está cerca, así que acelero mis movimientos y vuelvo a introducir mis dedos entre tus piernas.

Estás tan excitada que tu humedad impregna mis dedos con tu perfume. Me levanto y te llevo en volandas hasta el sofá, donde me coloco sobre ti, y empiezo a masturbarte sin dejar de besarte, empujando mi mano con la rodilla para penetrarte más fuerte, dejando que nuestros pechos libren una batalla de pieles erizadas.

Y entonces llega el momento en el que tu espalda se arquea, tus piernas se tensan y aumenta la presión de tu sexo, el orgasmo te sacude y me muerdes los labios para no gritar. Nos besamos durante un largo rato, y cuando consigo separar mi boca de la tuya te propongo una copa de vino y volver a empezar. Por supuesto, a respuesta es sí.


El próximo relato erótico, el miércoles 17 de julio

Fotografía de MP Photograph encontrada en la galería de Harris Boma