12 agosto 2016

El apartamento

Me encontré a mí misma desnuda y tumbada sobre la cama, las nalgas descansando al borde del colchón, las piernas abiertas y los brazos relajados. Frente a mi, arrodillado en el suelo, él se hundía en mi sexo húmedo y deslizaba su lengua por él, serpenteando por mis labios y mi clítoris.

Todo había sido muy rápido, y a pesar de que mi mente se esforzaba en recordar cómo habíamos llegado a aquel punto, lo único que ocupaba mi pensamiento era deseo. Un deseo intenso, demoledor.

Sus manos, que hasta entonces se agarraban a mis caderas, se movieron para agarrar mis pechos. Los pezones reaccionaron erizándose y un suspiro de deleite escapó de mis labios cuando su lengua encontró el punto exacto y empezó a moverse más deprisa.

Acaricié su pelo, me incorporé un poco para ver la magnífica imagen, tantas veces soñada, de su cabeza enterrada entre mis piernas. Mi mente no acababa de creerse que aquello fuera real, pero mi cuerpo permanecía ajeno a mis cábalas y se dejaba llevar por el movimiento suave pero firme de culebra que me empujaba con fuerza hacia el orgasmo.

Sentí mi sexo palpitar, la excitación empapando su barbilla y mis muslos. Contuve el deseo de tenerle dentro y me dejé llevar para disfrutar de aquel momento mágico en el que sólo existía su boca.

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