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10 marzo 2011

La noche de Eva

Preparé este relato hará unos meses, para locutarlo en la radio como un cuento de cinco minutos. Tenía la intención de hacer una animación para subirlo, pero si sigo así, nunca lo publicaré, así que ahí va el audio, y el texto para el que lo prefiera:


La noche clara se va cerrando sobre el Mediterráneo, dibujando constelaciones y definiendo una luna llena, inmensa, cada vez más lejos del horizonte.

En la terraza de su apartamento, Eva espía la noche y envidia la suave caricia salada que recibe la arena. En el silencio juegan los grillos, se percibe el leve rumor de la música de un bar, y la brisa ligera mece suavemente los pinos del jardín. Eva se siente acunada, su espera se acorta en la misma medida que su corazón se acelera cuando, al fin, el coche de Sebas cruza la barrera del edificio.

Eva entra en el dormitorio y sustituye su camiseta vieja por un camisón de seda, que se desliza por su piel morena y que cubre escuetamente su desnudez. Intuye, más que oye, el saludo de Sebas al portero, sus pasos decididos hacia el ascensor, su dedo dirigiéndose al 8º y subiendo. Eva se impacienta, se examina ante el espejo y sale de nuevo a la terraza del comedor. Se recuesta en una hamaca, desde donde poder verle cuando llegue; cruza las piernas, deja caer un tirante, e intenta normalizar el sonido punzante de los latidos de su corazón.



Ahora sí se oyen los pasos de Sebas por el pasillo, la llave en la cerradura, su suspiro de alivio al entrar en la estancia. Eva le observa, impaciente, esperando que la vea. Sebas deja caer su maletín en el recibidor y cuelga su americana en el perchero; el cansancio ha arraigado en su esqueleto, encogiéndolo, marcando un rictus indiferente en sus labios. Busca a Eva con la mirada y sus ojos se iluminan al encontrarla.

Sonríen, y él se acerca despacio, mientras se deshace de su corbata y desabrocha su camisa. Junto al sofá abandona los zapatos, pulsa el “play” de la minicadena, recoge dos copas y una botella del minibar. No deja de mirarla.

Eva sigue los movimientos de su amante, comprueba con satisfacción que no ha olvidado nada de lo que ella había preparado, y se inclina hacia delante para recibir un beso en los labios. Sebas sirve el tinto y le ofrece una copa a Eva; ella bebe, y una gota roja como la sangre se escapa y recorre su barbilla. Él la recoge con su lengua, la besa de nuevo, y se sienta junto a ella, apoyando la cabeza en su vientre.

Sebas siente la respiración de ella y sus propios latidos, nota cómo el vino le caldea el ánimo, se sumerge en el vaivén del jazz. Eva juega con su pelo, él desliza una mano por sus piernas, subiendo un poco el camisón. Ella deja escapar un gemido, y él se enardece. Se coloca de rodillas y estira las piernas de Eva, separándolas y obligándola a tumbarse. Empieza a besarla por el cuello, los hombros, los pechos, baja los tirantes del camisón y lo deja arrugándose en la cintura.

Su deseo crece, y la muerde levemente, se pierde en la dorada piel de sus muslos, los aprieta, su lengua se dirige al sexo de Eva, y ella arquea la espalda y agarra con fuerza el pelo de Sebas.
Él no se detiene, y juega con sus labios, entremezclando su saliva con su excitación, la penetra con la lengua, al ritmo del saxofón; la abandona, la recupera, agarra con fuerza sus caderas y percibe cómo se tensan los músculos de su pelvis.

Ya no oye la música, sólo el gemir quedo de Eva, la respiración acelerada, sus uñas en la espalda.
Cuando la petite mort la alcanza, Sebas bebe de ella entre convulsiones, sintiendo el placer en cada poro de su piel. Se tumba junto a ella y la abraza por la espalda, besando con suavidad el punto exacto de su nuca donde el vello se convierte en cabello.

Ella sonríe y recupera el aliento, se gira hacia él y se funden en un beso. Intenso, frenético, con sabor a sal y a sexo. La música acaba y Eva mira a Sebas sonriendo:

- Habrá que poner otro CD.

18 abril 2008

La voz / La veu (en directo)

Jesús Bordas me comunica que ya tiene listo el archivo con mi intervención en su programa de radio; para aquellos que os lo bajeis, estoy en el minuto 37 aproximadamente; pero os recomiendo encarecidamente que lo escucheis completo.

Espero que Jesús (y vosotros) sepais disculpar mi inexperiencia...

La foto, de Ben Heys

15 abril 2008

La voz / La veu

Hace unas semanas, Jesús B., el autor del blog Ellos no existen me propuso participar en su cabaret digital; no tardé ni seis segundos en decidir que lo haría. Me pidió que leyera un texto y acepté. La radio me parecía una ocasión genial para terminar un texto que andaba rondando por mi cabeza desde hacía semanas, pero que no acababa de cuajar. Me puse manos a la obra y me lancé. Por ahora no tengo el clip de audio del programa (que se grabó el 11 de abril y al que prometo enlazaros en cuanto lo tenga), pero podeis entreteneros escuchando los programas anteriores. El texto que resultó fue este (para aquellos que no hablais catalán, el texto está traducido más abajo):

Una veu profunda, gutural, que m'arriba, lasciva, d'un lloc tan desconegut com ell. Vaig deixant que rellisqui, voluptuosa, per la meva pell. M'ordena que m'acariciï el coll i la meva mà obeeix; un calfred em recorre, el desig m'abraça i quan em diu que em toqui els pits ja estic perduda. És tan sensual que sento com em fonc en un mar abismal d'erotisme. Pessiga't, murmura, i sucumbeixo a les seves paraules.

Dirigeix els meus moviments a través del fil telefònic, m'estira al sofà per a que pugui obrir les cames i tocar-me fàcilment, sempre seguint les seves instruccions, deixant que la humitat de l'excitació augmenti fins a límits insospitats; la seva respiració s'accelera per unir-se als gemecs que escapen de la meva gola, fins que un clímax plaent m'envaeix i el silenci omple el saló...

S'acomiada, com sempre, fins al proper divendres, amb un tò que ja denota impaciència; amb la seguretat de que estaré sis dies cercant la seva veu.



(Traducción) Una voz profunda, gutural, me llega, lasciva, desde un lugar tan desconocido como él. Dejo que se deslice, voluptuosa, por mi piel. Me ordena que me acaricia el cuello y mi mano obedece; mi piel se eriza, el deseo me abraza y cuando me dice que me toque el pecho ya estoy perdida. Es tan sensual que siento como me fundo en un mar abismal de erotismo. Pellízcate, murmura, y sucumbo a sus palabras.

Dirige mis movimientos a través del hilo telefónico, me tumba en el sofá para que pueda abrir las piernas y tocarme fácilmente, siempre siguiendo sus instrucciones, dejando que la humedad de la excitación aumente hasta límites insospechados; su respiración se acelera para unirse a mis gemidos hasta que un clímax placentero me invade y el silencio llena el salón...

La despedida, como siempre, hasta el próximo viernes, en un tono que ya denota impaciencia; con la seguridad de que estaré seis días buscando su voz.