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12 julio 2007

Cómplices (tercera y última parte)

Viéndola tendida, con las piernas desvelando la excitación que la embargaba, supo que era el momento de pedir ayuda. Cogió un consolador y usando la vibración más suave le acarició los muslos, manteniéndose alejado para poder ver en el rostro que le observaba la lujuria en su estado más puro; la respiración acelerada reflejándose en el temblor de su vientre, el pecho subiendo y bajando irregularmente,...

Deslizando el vibrador a lo largo de los labios, fue recorriendo los rincones mojados de deseo, deteniéndose durante unos segundos para meter suavemente la puntita en el sexo hinchado. No la besó, a pesar de que la boca de su amante buscaba la suya con ansia y que suspiros cada vez más profundos y ávidos escapaban de sus labios. Le cerró los ojos con la mano libre y volvió atrás para acariciar los pezones erectos. Incrementó la intensidad de la vibración y se centró en el clítoris hasta que ella explotó, mordiéndose instintivamente los labios para evitar un gemido.

Ella le abrazó con fuerza y, sin esperar ni siquiera unos segundos para recuperarse, se colocó sobre él e hizo desaparecer el pene entre sus piernas de un sólo movimiento certero. Se balanceó suavemente, trazó círculos con sus caderas; variando la presión que ejercía sobre él con sus músculos vaginales, alterando el ritmo para provocar el mayor placer posible para ambos. Cuando notó que se acercaban peligrosamente al orgasmo cambió la cadencia de sus movimientos y saltó frenética sobre él, cabalgándole. Al estallar ambos por tercera vez se dejó caer sobre su pecho y se quedaron así, respirando sincronizados, sonriendo. Cómplices.


De nuevo, la foto es de Giuseppe Sarcinella


08 julio 2007

Cómplices (segunda parte)

Él se acercó a la chica y se tumbó a medias sobre ella para poder acariciarle los pechos a gusto, atrapando sus pezones entre los dedos, mordiéndolos, apretándolos hasta el punto de dolor placentero que tanto le gustaba. Laxa y obediente, se dejaba hacer entre gemidos y suspiros, rozando con las uñas la espalda de su amante, acariciando todo lo que sus manos lograban alcanzar.

Dirigió sus dedos hacia el sexo cada vez más mojado y deseoso de caricias y empezó a tocarle el clítoris suavemente, casi imperceptiblemente, dando rodeos para intensificar la sensación de anhelo. Mordió su cuello, sus labios, sus brazos; endureció sus caricias, dando paso a los pellizcos y resbalando en la humedad de la pasión. Con una sonrisa pícara y maliciosa, cogió con fuerza los pezones de la chica y tirando ligeramente de ellos le dijo:

- Ponte a horcajadas sobre mí. Tengo hambre.

Empezó a deslizar su lengua desde el ombligo hasta las nalgas, mordiendo todo lo que quedaba a su alcance, transformando los gemidos en gritos que rompían el silencio. De pronto, aprisionó el clítoris entre los dientes, inmovilizándola y jugando a introducir sus dedos en la vagina; ella contrajo sus muslos, enterrando la cabeza de su amante en su sexo, hasta estallar en convulsiones, movimientos serpenteantes y ronroneos guturales.

Aprovechando el orgasmo femenino, él se liberó del abrazo de los muslos sudorosos y se colocó detrás de ella de rodillas. Su pene volvía a estar en plena excitación, así que lo colocó suavemente junto a los labios dilatados. Ella no se movió; sabía que lo hacía para que se recuperase del orgasmo y para provocar un segundo clímax alucinante, así que se concentró en evitar el movimiento instintivo y esperó mientras él le acariciaba el trasero y le metía lentamente un dedo por el culo, lubricándolo con los fluidos que ahora recorrían su miembro. Poco a poco fue metiéndole y sacándole el dedo, añadiendo otro cuando veía que la lubricación era suficiente. La ayudaba a contenerse cogiéndola del pelo para que mantuviera la espalda arqueada. Podía sentir los pálpitos del clítoris en su glande, la piel erizada y la respiración acelerada de la chica.

Cuando vio que ella estaba completamente lubricada por detrás la penetró varias veces y luego se retiró para observarla. Podía ver su sexo humedeciendo sus muslos, esperándole; y ella, juguetona, arqueando la espalda para mostrar su cuerpo en todo su esplendor. Pero él quería algo más. Volvió de nuevo a la estrechez que tan bien le había acogido antes y empezó a moverse pausadamente, incrementando el ritmo paulatinamente; sin dejar de pellizcar y acariciar el clítoris, advirtiendo como sus dedos se escurrían entre la sedosa piel empapada. Cuando supo que se acercaba el final, agarró las nalgas de la chica con fuerza y se derramó en sus entrañas, sudoroso y febril.

Retirándose muellemente, le susurró al oído que se recostara en las almohadas y abriese las piernas para poder conducirla al segundo orgasmo. Sin dudar, ella se dio la vuelta y se reclinó, brindándole una mirada licenciosa e impúdica, completamente sumida en las aguas de la fogosidad.

(Continuará...)



La foto es de Giuseppe Sarcinella





02 julio 2007

Cómplices (Primera Parte)

La atrajo lentamente hacia si y le mordió el labio inferior con fuerza hasta oír como escapaba un gemido de la boca ajena. La mano que la sujetaba por la cintura se deslizó hacia sus muslos y la apretó contra el miembro erecto, la otra mano buscó su pecho y le pellizcó con fuerza un pezón, los dientes encontraron su cuello y se perdieron en él.

La excitación crecía; se agachó frente a él para aprisionar el glande entre sus labios. Suavemente se fue metiendo el pene en la boca, sus manos jugaron a pellizcarle lo que le quedaba al alcance mientras él elevaba los ojos al techo y posaba las manos en sus hombros, deambulando por el cuello y el pelo, perdiéndose en los gemidos de su propia garganta. A medida que el orgasmo se acercaba la agarraba más fuerte del cabello, los labios femeninos moderaban su presión para aumentarla más tarde, variando el ritmo, alejándose de vez en cuando para recorrer con la lengua los alrededores y alargar el momento final.

Cuando la excitación le dominó completamente, no pudo evitar aprisionar el cabello entre los dedos, moviéndose dentro de su boca, frenético y ansioso, hasta explotar. Ella aguantó la embestida y tragó lentamente, dejando que una gota escapara y recorriera su mentón; gota que él recogió con la lengua para besarla después entre risas.

Felina y excitada al máximo, se dirigió a la cama y se tumbó con las piernas abiertas, mostrándose, húmeda y enardecida; con los ojos fijos, reflejando un deseo tan intenso que era casi doloroso.


(Continuará...)