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26 junio 2013

Tormenta (Primera Parte)

Cuando salimos del local está empezando a llover, pero ambas llevamos dos copas de más y decidimos volver andando a mi casa. Vamos riéndonos, jugando a empujarnos, hablando sonrientes de lo bien que lo hemos pasado esta noche y de lo genial que es ese local de ambiente.

Las gotas de lluvia se quedan colgando de tu pelo y de tus labios, y todos los sentimientos reprimidos empiezan a burbujear dentro de mí. Definitivamente, me gustas más que como amiga. Quiero desnudarte y lamerte enterita.

En cuestión de minutos, la llovizna se convierte en una lluvia torrencial y corremos las dos manzanas que nos faltan, corriendo y gritando como adolescentes. Llegamos y entramos en el portal con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, mojadas de arriba a abajo. Nos miramos con la risa todavía prendida en nuestros labios y el tiempo se para.

Me acerco a ti y te acaricio la cara, acerco mi boca a la tuya sin besarte, sólo para sentir el calor de tu aliento, para provocarte el mismo deseo que arde en mi sangre. Aguantas tan sólo unos segundos, después me besas como si fueras un náufrago y yo tu isla desierta.

Subimos en el ascensor sin dejar de besarnos y mordernos, desabrochándonos la ropa empapada y dejando al descubierto trozos de piel erizada, subo tu camiseta y me lanzo a morder tus pezones erectos. Me agarras fuerte del pelo y llevas mi mano a tu entrepierna.

El ascensor llega a su destino y en un segundo hemos cerrado la puerta del piso detrás de nosotras. Respiro hondo y te beso una vez más. Quiero que esto dure toda la noche, así que te pido que me esperes mientras voy a por una toalla.

Continuará el próximo miércoles 3 de julio


19 febrero 2013

Bajo el sol

El sol de primavera les calentaba la piel, y el agua del lago las mecía suavemente. Ana propuso poner la sombrilla a un lado de la barca, y ambas se tumbaron debajo, completamente relajadas.

La mano de Elena se acercó suavemente a la de Ana, acariciándola, y se miraron. Casi sin darse cuenta, sus bocas estaban entrelazadas en un profundo beso, del que escaparon con las mejillas encendidas y el aliento entrecortado.

Con un gesto gatuno, Elena retiró el bikini de los pechos de Ana, dejando al descubierto sus pezones erectos y sus pequeños pero firmes senos. Besó la tersa piel y la recorrió con su lengua, perdiéndose en el dulce olor que el cuerpo desprendía. Se deslizó por el estómago, dejando un rastro de saliva junto a su ombligo, provocando que la piel se erizara.

Ana entreabrió las piernas y Elena deslizó los dedos entre sus muslos, se inclinó más y descubrió con su lengua el hinchado clítoris, el húmedo sexo palpitante, ansioso de caricias. Fue lenta como la tarde, explorando todos los rincones, sin vacilar nunca en el ritmo, y recibió el orgasmo de Ana con una sonrisa.

El beso que le dio después sabía como un trozo de cielo.

La próxima historia, el martes 26

La foto es de Fäulein, extraída de la selección de El Cultural

24 noviembre 2008

Ainoa

Estaba tan cerca de mí que podía notar su aliento en mis labios. Me miraba, seductora, haciendo temblar mis rodillas. Cerré los ojos y me abandoné a la sensación que me producía el deseo extendiéndose por todo mi cuerpo; el primer contacto fue casi imperceptible, apenas un roce suave que se fue intensificando; se entreabrieron nuestras bocas, saboreé la calidez de su lengua. Sus manos se deslizaron por mi cintura, treparon por mi espalda; su cuerpo se pegó al mío, abrí los ojos y pude ver su sonrisa, traviesa y lujuriosa, invitándome a descubrirla. Agarré su mano y nos alejamos de la gente.

En un rincón apartado, ella me rodeó las caderas desde atrás, y con su lengua juguetona fue recorriendo mi nuca; sus dedos serpentearon por mi vientre hasta mi pecho para pellizcar mis pezones con suavidad. Me di la vuelta, agarré su trasero con fuerza y la besé de nuevo, con furia lasciva, casi obscena; ella me correspondió lanzándome sobre la arena y sentándose a horcajadas sobre mí. Ainoa sabía, como sólo las mujeres pueden saberlo, que era la primera vez que me acostaba con una chica, lo que no fue un impedimento para que empezara a repartir besos por todo mi cuerpo.

Se deslizó sobre las mariposas de mi estómago, mientras con su mano experta subía mi falda y se sumergía en mi sexo. Gemí, sonrió, y tras unos breves instantes su lengua ya recorría mi clítoris. Aprovechando su posición, lamía mis muslos y me mordía suavemente. Yo enloquecía, conquistada por sus dedos hábiles. Se acercó a besarme y me ofreció su cuerpo.

Con la punta de los dedos, acaricié su cuello, su pecho, su vientre, rodee su ombligo y me situé tras ella antes de decidirme a masturbarla. Mi aliento en su nuca, mis pezones erectos rozando su espalda, mi mano perdida entre sus piernas en un interminable vaivén, sus gemidos contenidos, su movimiento de caderas, su piel erizada, su pelo rojo revuelto, mi ansia de mujer colmada entre sus labios, su orgasmo mojando mis dedos, nuestras miradas prendidas. No me cansé de su cuerpo ni de su sexo. El orgasmo que la sacudió no fue suficiente para saciar mi hambre de mujer ni mi deseo por aquella piel pecosa cuya diosa se había abierto a mí sin pudores.

Pero era el momento de ofrecerme, sus ojos así me lo indicaban, y lo hice mirándola a los ojos con toda la franqueza de la lujuria que ardía en mí, recostando mi espalda en la arena y esperando, observando con impaciencia cómo se acercaba. Tentadora, temblando en sus manos el ansia de recorrerme, sonriendo en sus labios la travesura gatuna, retiró rápidamente la falda que aún se replegaba en mis caderas y se estiró a mi lado, con la cascada roja de su pelo reposando sobre mi pecho. Sus dedos ágiles volaban erizándome el vello de los muslos, y sentía su aliento caliente acercándose lentamente a mis pezones, provocando aún más el deseo que nacía en lo más hondo de las entrañas. Aquello no era amor, pero se le parecía tanto que dudaba realmente que pudiera llegar a apartarme de ella.

Me abrazó hasta que empezó a amanecer. No paramos de besarnos, de amarnos, de llegar al cielo y descender para subir de nuevo como en una montaña rusa de placer desconocido.

Las gotas de sudor recorrían nuestras frentes, se deslizaban por las espaldas y se suicidaban por nuestros vientres en una fiesta de confesiones secretas. El sol interrumpió nuestras intimidades, quise yo desayunar con ella en mi habitación del hotel, se negó ella con el pretexto de unos padres inquisidores y acabamos despidiéndonos con un enlace de lenguas duradero y feroz, ante la atónita mirada de un recepcionista al que le dimos tema de excitación para mucho tiempo.

Subí al ascensor con tiempo para verla desaparecer calle abajo, para enfrentarme a una cama fría y vacía, para soñar en el verano que me quedaba por delante, lleno de promesas de sexo placentero.



05 noviembre 2008

Una cena muy especial (3ª y última parte)

Pilar resultó ser una reina exultante de energía erótica. Nuestro nada inocente juego durante el postre nos dejó con muchas ganas de seguir la fiesta en un lugar más privado. Pere y Joan, incapaces de asumir lo que sus ojos estaban viendo, no tardaron ni dos minutos en proponer un baño en la piscina del segundo, y nos dirigimos hacia allí.

Veinte minutos después estábamos Pere, Joan y yo estábamos dándonos el lote, desnudos, en el agua templada de la piscina, cuando Pilar salió de la cocina con una botella de cava y algunas copas. La miré fijamente mientras se desnudaba y dejaba al descubierto un conjunto de ropa interior de lencería que mostraba más que cubría.

No podía apartar mis ojos de su cuerpo joven y terso, era una diosa que conocía de sus encantos. Se sabía poderosa, y se sentó en una silla desde la que se dedicó a observarnos mientras se acariciaba las rodillas, los muslos, el pecho,... Se colocaba provocativamente y de vez en cuando retiraba parte de la ropa interior para dejar ver un pezón erecto, un pubis depilado y húmedo, un ombligo seductor.

No pude evitarlo, salí de la piscina y me acerqué a ella andando a gatas lo más sugestivamente posible, repté por sus piernas y me perdí en su sexo a la vez que ella se agarraba a mis cabellos como si fueran su única salvación. Subí por su cuerpo, mordí sus turgencias y me perdí en sus caderas, besé sus labios como las cerezas y olvidamos por completo a los dos hombres que nos observaban, alucinados, desde el agua.

Nos recorrimos hasta el alba, y al volver la vista alrededor nos dimos cuenta de la ausencia de nuestros machos que, cansados de nuestro juego, se habían esfumado.

Para los aficionados a la fotografía, el autor de esta es Carlo Pieroni

21 abril 2008

Ella





Hoy la he soñado, su pelo largo como la eternidad cubriéndole los pechos desnudos, liso y azabache como la noche más oscura; ya se encarga la luna de hacer brillar su melena cuando la ilumina, la quiere para sí, la adora y ansía, como yo, que soy incapaz de decirle todas las cosas que haría por una sonrisa suya. Sus ojos me hechizan, marrones y profundos, me arrastran a profundidades abisales en las que me pierdo sin remedio. 

Mi ángel, tibia y suave como la manta que me abraza las tardes frías de invierno; generosa en sus gestos como su cuerpo en curvas; menuda, delgada y fina cual muñeca que se hizo adulta de golpe y se olvidó de crecer. Y dulce. Nadie sabe ser tan dulce como ella, su sabor se fija en mi lengua recordándome los algodones de azúcar, las tardes de verano y la brisa fresca junto al mar. 

Mi niña bonita, se le eriza la piel con mis caricias que, a pesar de mi empeño, no consiguen ser tan tiernas e intensas como su mirada. Me derrito entre sus brazos, cadenas de terciopelo que me envuelven, sus labios expertos me arrancan los más placenteros gemidos, música para sus oídos; con su lengua traviesa mis penas se hacen agua de rosas, se funden como la nieve bajo el sol. Es mi estrella.


Me he despertado húmeda de sudor, lágrimas y excitación, y una sensación aplastante como la losa de una tumba se ha abatido sobre mí sin compasión. Volvería a dormirme si supiera que volverá, cantarina y alegre, como la primera vez; pero sé que no puedo conjurarla y me regodeo en lo único que me queda: la soledad.

La foto, de Enigma

05 junio 2007

Narcisismo


Indiferente, su reflejo la mira atentamente. Ella se siente independiente, quiere amar ese cuerpo que se le presenta, complaciente, frente a sus ojos. Agarrar sus pechos, lamer su sexo. Imagina que la tumba sobre la cama, silenciosa y laxa. Se inventa los gemidos ahogados, su respiración agitada, su placer contenido.

La ama, con pasión y desespero, con ardor imparable, con ansia e inquietud. Pero no se mueve. Un leve gesto bastará para romper la imagen implorante que la observa.

Se desliza el deseo entre sus muslos, húmedo y febril. Quieta, percibe latidos frenéticos que la enardecen. Y espera, resiste, hasta que la pasión le nubla los ojos y se rinde a la tortura. Sus dedos se centran en la espiral de su cuerpo, cada vez más cerca, más veloces, instrumentos de su obsesión arañándole la suave piel de su estómago.

Las contracciones de su vientre se diluyen, y aletargada observa como su amada la mira con deleite, brillantes los ojos, sudada la frente, relajados los sabios en una sonrisa satisfecha.

21 noviembre 2005

Amigas

Primera parte: Laura y Alicia


Laura hoy está que se sale, habla por los codos, de carrerilla, apenas parando para respirar. Su tono oscila entre la tensión nerviosa y la voz apagada de quien está en otro lugar. Su amiga Alicia mira nerviosa el reloj una y otra vez, se mueve en la silla, cruza y descruza las piernas. La incomodidad en la que se va internando a medida que Laura habla empieza a molestarla, casi cabreándola.

- Ayer todo fue genial, completamente diferente. No me mires con esa cara, lo digo en serio. Tenía todos los sentidos alerta, notaba la humedad de mi sexo confundiéndose con mi mente, me convertí en agua derramándome, espectacular. Abrazados, de lado, podía notar su aliento en mis labios, pero sin besarme. Y su manera de moverse... ¡Dios mío! Era tan suave que me sentía languidecer en la cama...


Cansada de aguantar su propio malhumor, harta de intentar reprimir su ira, Alicia se levantó y sin mediar palabra salió del local. Laura se quedó muda de asombro, sin atreverse a alejar la vista de la puerta por la que la chica había desaparecido, sin entender el motivo por el que su amiga de toda la vida había decidido abandonarla con la copa en la mano y la palabra en la boca.


Lo que Laura no alcanzaba a comprender es que Alicia estaba enfadada, se sentía mal cada vez que recreaba la imagen de dos cuerpos envolviéndose en la calidez del lecho. No sabía que Alicia se sentía incómoda como nunca, y que eso la llevaba a odiar a Laura y a ella misma, a sus celos y a sus envidias.

Lo que Alicia no alcanzaba a comprender es que sus celos y envidias no tenían el punto de mira en Laura, sino en aquel que la noche anterior había acariciado su piel, la había convertido en agua y había recibido la miel de sus labios. Porque ignoraba que desde hacía un tiempo, no eran los largos cafés en el bar de siempre lo que ansiaba de Laura. No, sus ansias tenían menos que ver con la bebida y más con el cáliz del que beber.

Segunda Parte: Alicia

Alicia se dibuja sobre el lienzo vacío de su mente, crea un lugar distante, donde los sueños no son más que eso, donde puede imaginar que cualquier cosa está a su alcance.
Con trazos suaves perfila su cuerpo, sus manos, su rostro; se siente completa y libre, desnuda sobre un lecho de flores rojas.
Sus manos buscan una espalda, sus dedos rozan la piel suave de Laura, hasta la curva de su cintura, rodeándola, buscando su ombligo, sus pechos, su cuello; sólo con la punta de sus dedos.
Sabe que ahora el tiempo es suyo, que el objeto de su deseo está a su plena disposición, y disfruta del tiempo que no existe, de la calidez de unos brazos invisibles, del terciopelo de una piel simplemente adivinada.
Alicia empieza a pensar que quizá hay algo más que cariño en su sueño, aunque nunca llegue a besarla, así que esta vez se decide a imaginar un beso de esos labios rojos y ardientes, y se acerca temblorosa, confunde sus alientos, se abandona al cosquilleo de su espalda... y descubre que la ama.













Tercera parte: Laura

Laura se desdibuja, abandonándose a las caricias de su amante, se transforma en mil colores, caleidoscópica, ... en una fusión paranoica de placer y lujuria. Se deja hacer, concentrándose en los dientes juguetones que recorren sus pezones, brindándole mordiscos ligeramente dolorosos.

Se pierde en su sexo, ahogándose en los flujos que desprende, centrándose en un momento y evaporándose justo después. De repente la imagen de Alicia aparece en su mente, y se difumina el placer. No comprende porqué su amiga está tan rara últimamente. Quizá la palabra adecuada sea esquiva, quizá esté deprimida, quizá son sólo manías, quizá...

No logra concentrarse en el sexo, las manos de su amante le parecen ahora empalagosas y unas lágrimas como suaves cadenas de seda le oprimen la garganta y luchan por salir.

Alicia...

Tanto tiempo, tantas noches, tantas confesiones,... ¿Porqué precisamente ahora?

Laura abre los ojos y vuelve al lecho, vacía de pasión, fría. Se levanta para vestirse deprisa y se va sin tan sólo mirar el rostro de su deseo. Sin despedida. Sólo con Alicia en su cabeza, metida de lleno en un tema al que no le encuentra causa ni solución.





Cuarta parte: Despedida


Alicia observa a Laura mientras trabaja. Lleva más de tres horas intentado escribir una confesión en un e-mail. No puede ocultarlo más. Cada sueño, cada día, es una pesadilla.

***

Justo antes de salir Laura recibe un e-mail. Alegre, abre el mensaje y descubre que es más largo de lo que pensaba. Mira hacia el escritorio de Alicia y descubre un gesto de despedida. Su sonrisa es triste, y Laura decide quedarse y leer el mensaje. Algo en su mente le dice que es importante, y un sentimiento de urgencia se apodera de ella.

A medida que va leyendo recuerda todos aquellos juegos adolescentes en los que Alicia nunca quería participar. Ningún chico era de su agrado, nunca recibió el primer beso. Con el alma sobre el filo de un cuchillo, revive las incansables noches que durmieron juntas, las caricias inocentes, la mirada profunda. Nunca la dejó sola.

Las lágrimas asoman a sus ojos cuando comprende que no volverá a verla. Siente vergüenza por no haber sido capaz de darse cuenta, pero sabe que es inevitable, que Alicia lo entiende y que necesita estar sola.

Laura estalla en llanto al ver que la única vez que Alicia la necesita ella no va a estar ahí para ofrecerle su hombro.

***

Alicia se ducha y deja que el agua la calme. Descalza, se sienta frente a la nevera y observa las fotos que cuelgan de la puerta: laura en la playa, ellas en un autobús, laura en la playa, ellas disfrazadas,...

Con un gesto desdeña sus lágrimas y arranca las fotos, y escondiéndolas en una caja murmura un adiós con sabor a soledad.

Una lágrima humedece la foto en la que aparecen las dos en Venecia.