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16 diciembre 2018

La aventura

Llevamos semanas hablando por WhatsApp (benditas nuevas tecnologías) y lo que empezó como inocentes conversaciones sobre música y política ha ido subiendo de tono irremediablemente.

Él ha sabido encontrar la fibra aventurera y salvaje que yacía en mi interior y la ha despertado. Y creedme cuando os digo que está hambrienta.

Y esta noche, finalmente, nos veremos cara a cara. El viaje en autobús hacia su casa, sin ropa interior, como me ha pedido, se hace larguísimo. Puedo sentir la humedad en mis muslos y siento que cualquiera que me mire sabe lo que estoy pensado y lo excitada que estoy.

Y aún así, no puedo parar de pensar en el momento en el que nos encontremos.

Cuando llego a la parada él me está esperando y vamos directos a su casa. Mientras andamos me pregunta si he cumplido con su orden y cómo me he sentido. Muerta de vergüenza, se lo cuento mientras noto que me humedezco más todavía.

Entramos en su apartamento, suelto mis cosas en el primer sitio que encuentro y me dirijo al salón-cocina. Él se acerca por detrás y sus manos trepan por mis glúteos subiendo mi vestido. Sus dedos se dirigen a mi entrepierna y un gruñido de placer surge de sus labios y se pierde en mi oído al comprobar lo mojada que estoy.

Me masturba lentamente mientras inclina mi tronco sobre la barra americana y sube totalmente mi vestido para dejarme expuesta. Una de sus manos descansa sobre mi espalda, firmemente, para que no me mueva. Con la otra me indica que abra un poco las piernas y me acaricia las nalgas y el sexo.

Yo mantengo mis manos sobre el mueble y me dejo llevar. Estoy tan excitada que no puedo retener mis gemidos. Quiero que me folle pero no digo nada. No me corresponde a mí tomar las riendas, aunque como sumisa tengo el control para decidir hasta dónde quiero llegar.

La seguridad de que no va a pasar nada que yo no quiera, y el desahogo de dejarme llevar, la dualidad de existir para el placer de alguien cuyo objetivo es darte placer, ser objeto y sujeto de deseo, enarbola mis sentidos.

Me abandono a mi cuerpo y a sus dedos deslizándose dentro y fuera de mí, jugando con mis labios y mi clítoris. Siento como las olas del orgasmo empiezan a formarse en mis pantorrillas. Gimo, para que sepa lo cerca que estoy de correrme, para que vea que me gusta, para hacerle saber que mi placer está en sus manos.

En ese momento para y acerca sus dedos, húmedos de mí, a mi boca, para que los lama. Mientras saboreo lo que él ha desatado me susurra que va a follarme. Asiento con un gruñido, lo deseo tanto que las palabras no me salen. Sólo puedo disfrutar de las sensaciones que todo este juego me provoca.

Fotografía de Massimo Innocenti

Me ayuda a incorporarme y me quita el vestido y el sujetador, agarra mis pechos como una tabla de salvación, como si fuera lo único que puede salvarle de la locura. Me muerde el cuello, mi punto débil. Suspiro con pasión y él me inclina de nuevo sobre la barra americana.

Se coloca un condón y firme pero suavemente entra en mí. Puedo sentir cada centímetro de mi vagina adaptándose a él, abriéndose y cerniéndose con ansia, la misma que yo tengo por sentirle.

Cuando empieza a moverse pierdo la noción del tiempo. Sólo existe mi cuerpo y el suyo, su miembro penetrándome y sus dedos masturbándome. Siento cómo se acerca el orgasmo y me dejo llevar; todo mi cuerpo se sacude, se tensa y libera endorfinas, me recorren escalofríos como hormigas y el placer estalla desde el centro de mi vientre. Su orgasmo, caliente e intenso, no tarda en llegar, y sus espasmos se unen a los míos.

Sudados, agotados, su pecho ligeramente inclinado sobre mi espalda y nuestras sonrisas lo dicen todo.

Soy su sumisa. He encontrado a mi amo.
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01 agosto 2013

Detenida (Tercera y última parte)

Este relato erótico está basado en una fantasía de una lectora. Aquí podéis ver la primera y la segunda parte.

El agente Beckett la penetró rítmicamente durante un par de minutos, dejando escapar gruñidos de placer y agarrando con fuerza sus nalgas, de forma que ella podía sentir sus dedos clavándose con fuerza en la carne. Hacía ya un rato que no era dueña de si misma ni de su cuerpo, que excitado humedecía el sexo erecto del agente.

Cuando Miller abandonó la oscuridad de detrás del espejo y entró en la habitación, Beckett la agarró del pelo y le giró la cara para que pudiera verle. Se inclinó sobre ella hasta que su cuerpo estuvo pegado a su espalda, y con movimientos firmes condujo su pene a su trasero.

Miller se acercó, pero ni siquiera la tocó, sólo la miró más de cerca, disfrutando con una sonrisa de los gestos con los que ella intentaba disimular su excitación. El agente Beckett empezó a penetrarla por detrás muy despacio, hasta introducir todo su miembro, y antes de moverse, empezó a masturbarla. Le susurraba cosas incomprensibles al oído, frases en un idioma desconocido, y acariciaba su clítoris a la vez que se movía buscando su orgasmo.

Ella no podía evitarlo, la visión de Miller de pie, frente a ella, con el miembro aprisionado en sus pantalones, y las embestidas de Beckett, cada vez más rápidas, fueron más fuertes que su voluntad, y acabó corriéndose mientras se mordía el labio para no gritar. Su orgasmo provocó espasmos que condujeron a Beckett a su propio clímax, derramándose y dejándose caer sobre ella.

Fotografía de angelplace.com

24 julio 2013

Detenida (Segunda Parte)

Aquí podéis leer la primera parte del relato erótico. Está basado en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail, ya sabéis que si tenéis alguna historia o fantasía picante que queréis ver reflejada en el blog, sólo tenéis que contactar conmigo.

El agente Miller notaba su erección empujando los vaqueros mientras observaba a Beckett, su compañero, obligando a la detenida a levantarse y apoyarse contra la mesa de interrogatorios. Ella se revolvía, pero eso sólo conseguía que Beckett se excitara más.

La colocó de forma que su torso y sus pechos quedaban aplastados contra la mesa, las manos esposadas a la espalda, y su culo alzado en pompa, justo a la altura de su miembro completamente duro. Con movimientos rápidos, esposó cada uno de los pies de la chica a las patas de la mesa, y tirando de sus brazos hacia atrás, le levantó la falda, dejando al descubierto el liguero y el tanga, y empezó a masturbarla. Pese a sus gritos ahogados y a sus protestas, pronto comenzó a excitarse: su cuerpo la estaba traicionando.

Durante unos minutos, Beckett intercaló las intensas y duras caricias en su clítoris con las palmadas en el trasero, y a medida que su piel se iba enrojeciendo, ella se debatía entre seguir luchando por liberarse o entregarse sin reservas al placer que sentía. El agente no paraba de decirle cosas soeces, gritándole que se callara, y ella seguía hipnotizada por su propia imagen en el espejo de la sala, intentando imaginar quién podía estar mirando.

Deseó que esa persona tras el cristal fuera un hombre, imaginó que entraba y la obligaba a lamer su miembro, se excitó trazando mentalmente la sensación de un sexo grande y duro en su boca y a Beckett penetrándola con fuerza. Por eso, cuando al fin Beckett la penetró sin previo aviso, lo que salió de su garganta no fue un grito de inconformismo, sino un gemido de placer...

La continuación de la historia, el próximo miércoles 31 de agosto


Imagen de @CoffeTableSex

17 julio 2013

Detenida (Primera Parte)

**Esta historia está basada en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail.


Llevaba una hora sentada en la sala de interrogatorios, y empezaba a impacientarse. Las esposas que la mantenían atada a la silla se le estaban clavando en las muñecas, y no entendía por qué sus pies también estaban atados a las patas de la silla, de forma que se veía obligada a hacer fuerza para mantener las rodillas juntas y que no se le viera la ropa interior.

Cuando el policía entró, ella empezó a quejarse con insistencia, pero una bofetada del agente la hizo callar y mirarle fijamente. Afirmó que ella haría todo lo que él quisiera, sin rechistar, y acto seguido le cogió del pelo y echó hacia atrás su cabeza, besándola con furia.

Deslizó su mano por la camiseta y la subió de un tirón, dejando al descubierto su sujetador. La seguía besando con violencia mientras le manoseaba las tetas, pellizcándole con fuerza los pezones. Ella se revolvía, pero cada movimiento dejaba más al descubierto sus muslos, y le enrojecía las muñecas.

Él se retiró un poco y le susurró al oído que aquello acababa de empezar, que iba a saber lo que era bueno, y acto seguido se irguió y sin soltar su cabellera, se desabrochó los pantalones y los bajó hasta la mitad del muslo, dejando que su pene erecto rozara su mandíbula. Con un movimiento firme, guió su boca hasta la punta de su miembro, y lo introdujo lentamente, empezando un vaivén cada vez más rápido.

Ella tenía la cabeza completamente aprisionada, y sentía cómo el sexo del policía se endurecía cada vez más, mientras no podía quitar la vista del espejo de la otra sala, donde imaginaba había alguien observando la escena.

No se equivocaba, pues al otro lado, el agente Miller miraba cómo su compañero se aprovechaba de la detenida, esperando el momento preciso para intervenir.

Continuará el próximo miércoles 24 de julio

La fotografía, de Christopher Vaughan

22 marzo 2013

Exhibición (Tercera y última parte)

Te recomiendo que leas antes la primera y la segunda parte


Mi amo me da la vuelta, coge mis caderas y me obliga a echarme hacia atrás en el almohadón, de forma que mi espalda queda arqueada y la cabeza me cuelga, mientras que mi culo está bien apoyado sobre la superficie aterciopelada. Me penetra con fuerza, separándome las piernas al máximo, hasta que siento la piel y los músculos tirantes.

Me embiste con fuerza, y los cinco chicos se acercan a mi cabeza. Puedo ver sus miembros erectos muy cerca de mí; algunos incluso se están masturbando por encima de la tela vaquera. Está claro que él le excita la situación, porque puedo notar cómo su pene se endurece dentro de mí, y cómo sus embestidas son cada vez más duras. Me cuesta mantenerme cuerda, las miradas lascivas de nuestros invitados me excitan más que las caricias, y mi amo se mueve de forma que con cada vaivén su pelvis roza mi clítoris y me vuelve loca.

Entonces su voz se oye en un murmullo:
- Podéis tocarla si queréis
Y eso desencadena diez manos sobre mi cuerpo, manoseando mis pechos, el cuello, las piernas... Unos dedos se introducen en mi boca y yo los chupo con ganas, deseando que mis jadeos no se oigan, arqueando la espalda, tan cerca del orgasmo que resulta a la vez excitante y doloroso.

La vista se me nubla y dejo de ser consciente de quién me está tocando. Alguien muerde los dedos de mis pies, siento otros dientes en mis pezones, me retuerzo ante la ola que me recorre y me eriza la piel, intento resistir al estallido final, pero entonces una boca se cierne sobre la mía y la profundidad y fuerza de su lengua  me descontrola y tengo un orgasmo intenso que me sacude durante unos segundos.

Vuelvo en mí justo para darme cuenta de que me he corrido antes que él, que se derrama sobre mi vientre y me abandona para tomarse una copa con los chicos y despedirse, mientras yo me limpio y me retiro silenciosamente a uno de los divanes.

Cuando al fin nos quedamos a solas, no es su actitud cariñosa la que me recibe, sino una bofetada y un beso ardiente:
- Te has portado muy mal. Mereces un castigo, y te lo voy a dar.

Inconscientemente aprieto mis muslos ante esa erótica promesa.

Voy a tomarme unas merecidas vacaciones, volveré el viernes 12 de abril con el castigo prometido

La fotografía, cómo no, de Marc Lagrange.

13 marzo 2013

Exhibición (Segunda Parte)

Te recomiendo que leas antes la primera parte


Mi mirada se pierde en sus ojos, mientras la suave piel de mi trasero se va enrojeciendo. No sé si es su mirada o las nalgadas, pero no puedo evitar excitarme cada vez más. Noto cómo me arde la piel, y todo desaparece menos mi amo y la sensación de calor.

Mi amo se levanta y se desata la bata, dejando su miembro al alcance de mi boca. Me pide que me quede quieta e intuyo que les hace alguna seña a los visitantes, porque las nalgadas cesan y los cinco hombres se dirigen a los divanes y se sientan.

Ahora sí, él se acerca y se introduce en mi boca. Está muy duro y caliente, y mis labios le reciben ansiosos. Mientras él mueve las caderas adelante y atrás, mi lengua va recorriendo su glande, me deleito en sus movimientos y en su sabor, y puedo sentir cómo tiembla ligeramente justo antes de retirarse y dirigirse a mi espalda.

Colocada como estoy a cuatro patas, puedo ver cómo los cinco hombres nos observan. No puedo ver a mi amo, que ahora está detrás de mí y me acaricia la espalda, siguiendo la columna vertebral. La caricia se convierte en un arañazo que me provoca un escalofrío. Con una mano se agarra a mi cadera y con la otra juega con sus dedos en mi clítoris.

La simple visión de los chicos mirándome descaradamente me acelera el corazón. Me muerdo los labios y cierro los ojos para controlar la excitación y los gemidos, pero es inútil. Emito un gruñido y él me corresponde con un manotazo en el muslo.

- ¡Quieta!

Y yo tenso los músculos y vuelvo a morderme los labios, tentada por el pensamiento de volver a gritar para que siga castigándome...


Continuará el viernes 22 de marzo

La fotografía, cómo no, de Marc Lagrange.

05 marzo 2013

Exhibición (Primera parte)

De repente me encuentro en un salón completamente rojo. De la pared cuelgan unas cortinas que cubren las paredes y en el centro hay un almohadón grande, forrado de terciopelo. A los lados, pegados a las paredes, hay unos divanes tapizados del mismo color burdeos del suelo, y un mueble bar completamente equipado.

Mi amo me conduce hacia el centro y con un gesto rápido retira mi túnica, dejándome desnuda.

- Y ahora túmbate boca arriba en el almohadón, con las piernas colgando, y no te muevas.

Obedezco sin rechistar, y me premia con un pellizco en los pezones. Gimo, abandona mis pechos y me muerde muy fuerte el lóbulo de la oreja. Sé que eso indica que debo estar callada, y que luego me castigará por mi descaro. No ahora, pues tiene otros planes.

El tiempo transcurre lentamente y la espera me va poniendo nerviosa. Y por qué no admitirlo, también excitada. No tengo ni idea de qué tendrá preparado mi amo, que ahora me observa desde uno de los divanes. Al fin oigo pasos y murmullos. La puerta de la habitación se abre y entran cinco hombres. No puedo verlos bien, pues mi postura me lo impide, pero todos van vestidos sólo con vaqueros.

Él les recibe con soltura, sirve copas, y uno a uno se acercan para observarme. Yo siento sus miradas lascivas y noto cómo se humedece mi sexo, pero sigo sin moverme. No me tocan. Mi amo me ordena que me dé la vuelta y lo hago, ofreciéndoles inmejorables vistas de mi trasero. Una mano desconocida se desliza suavemente por mi nalga, pero se aparta, y tras un momento de expectación, siento la palmada firme y la carne ardiendo. Me muerdo los labios y cierro los ojos con fuerza para no gemir, y otra vez la mano desciende.

Entreabro los ojos y veo que él está frente a mí. Me levanta la barbilla, me besa con pasión y me dice que le mire mientras las palmadas en mis nalgas no cesan.


Continuará el miércoles 13 de marzo

La fotografía, de Marc Lagrange, uno de mis fotógrafos favoritos

27 enero 2013

A mí merced

Tras observar un rato a las dos bellezas morenas que se le ofrecían como sumisas, se dirigió a su habitación para ponerse más cómodo. Vestido sólo con un batín, volvió al salón y se sentó en un sillón para mirar con deleite las largas piernas y las curvas generosas que esperaban, sin impaciencia notable, sus órdenes.

Se recostó, y con un gesto, les indicó que debían quitarse los vestidos. Una se deshizo de su ropa pasándola por encima de la cabeza, estirando sus brazos y mostrando sus pechos desnudos, turgentes, que temblaron al liberarse de la prisión del vestido. Quedó en bragas y con las medias ciñéndole los muslos. La otra, en cambio, deslizó los tirantes por sus hombros y dejó que la tela resbalara hasta el suelo, descubriendo un body negro de encaje, que le ceñía las caderas y rodeaba sus tetas dejando los pezones al aire, desafiantes.

La mano del hombre cogió la mano de la más desnuda y la acercó a él, obligándola a agacharse frente a él. Descubrió su sexo erecto, y le ordenó que se lo metiera en la boca. Ella inició los movimientos expertos de la felación, disfrutando de que él la agarrara por el pelo y la guiara. Él llamó a la otra chica y la hizo colocarse a horcajadas sobre el sillón, de forma que su culo casi rozaba la cabeza de su amiga y él tenía a su disposición los dos oscuros pezones que sobresalían de la ropa interior. 

Le ordenó que no se moviera, y empezó a morder con ansia aquella piel que se erizaba con su contacto. La chica abrió la boca, emitiendo gemidos que parecían pequeños gritos, y él le dio un azote. Sabía que ella entendería que no debía emitir ningún gemido, y para asegurarse, mordió todavía más fuerte. Ella respiró fuerte, pero ningún gemido escapó de sus labios entreabiertos.

Mientras notaba cómo se acercaba el orgasmo, intercalaba los azotes en las nalgas de la chica que tenía delante con los tirones de pelo a la chica que seguía arrodillada, regalándole una sesión de sexo oral impresionante. El ritmo se acrecentó poco a poco, hasta que él no quiso aguantar más y estalló sin dejar de coger la cabeza de su sumisa, y mordiendo tan fuerte el pezón de la otra chica que al momento aparecieron seis marcas rosadas de dientes.

Por supuesto, eso le excitó más que todo lo que había ocurrido hasta ese momento...

La próxima historia, el 3 de febrero

Banda Sonora Recomendada: Je t'aime... moi non plus

Fotografía de Helmut Newton

Podéis encontrar más trabajos de Helmun Newton en Artsy.net


15 enero 2013

Cena con cuatro sentidos

Espero que sepáis perdonar mi retraso de dos días en publicar :)

Estoy sentada en la mesa completamente desnuda. Sobre mis ojos siento el encaje que me impide ver, y en mi pecho, el frío acero de las cadenas que me mantienen atada a la silla con las manos inmóviles. De fondo, una música suave que cubre con sensualidad los movimientos de mis dos anfitriones.

El juego promete ser divertido, así que me relajo, aunque es por poco tiempo. Siento una presencia detrás de mí, y unas manos que acarician mis hombros, bajando lentamente y deteniéndose en mis pezones. Los pellizcos son suaves, y ahora alguien más acerca a mis labios un trozo de comida. Huelo la salsa, picante, y mis labios se entreabren.

La lengua y los labios me escuecen e intento tragar rápidamente, casi al instante, unos labios se unen a los míos y me pasan un cubito de hielo, frío, que rueda por nuestras lenguas y abandona de nuevo mi boca. El  ardor del chili no se desvanece, y el primer hombre sigue estimulando mis pezones, pero ahora mucho más fuerte, y no puedo evitar gemir con fuerza a la vez que el hielo, en manos de mi segundo anfitrión, se desliza por mi vientre y recorre mi sexo.

Echo la cabeza hacia atrás, decidida a abandonarme al placer de sus dedos fríos penetrándome, pero la boca del primero me atrapa, me muerde los labios. Gimo más fuerte y abandona mis pechos, los dedos juguetones abandonan mi entrepierna y ya no sé quién hace qué, sólo noto una lengua sobre mi clítoris y chocolate ardiendo derramándose por mi boca y por mi pecho. Lamo un pene duro que me penetra hasta la garganta, noto las corrientes del orgasmo acercándose y deteniéndose cuando él para. Me remuevo en la silla a pesar de que mi cabeza está firmemente sujeta por unas manos fuertes que me agarran el pelo de la nuca.

Algo entra en mi sexo con delicadeza. No sé lo que es, pero muevo las caderas para que entre más adentro. Siento el sabor amargo de mi amante y sus contracciones en la boca, siento sus besos y luego se coloca tras de mí para seguir masturbándome. El otro ocupa su lugar y me deja juguetear con mi lengua, a lo largo de su miembro, por su escroto, hasta que mis labios se cierran en torno a él y empiezo a moverme adelante y atrás, disfrutando al sentirle tan duro como el miembro falso que me penetra sin cesar. No tarda en dominarme la furia del orgasmo, y es tan fuerte que no soy consciente, entre gemidos y escalofríos, de que mi otro anfitrión también se ha corrido, dejándome en la lengua el sabor del sexo.

La próxima historia, el 27 de enero...

La fotografía, de Marc Lagrange

18 noviembre 2012

La habitación de al lado (Sexta y última parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte, la tercera parte, la cuarta parte y la quinta parte de la historia.

Él se queda quieto entre mis rodillas, así que tengo que darme la vuelta levantando una pierna, de forma que quedo completamente expuesta ante él. Cuando estoy colocada, noto cómo la postura provoca que se destense un poco la tela que me ciñe las muñecas y puedo mover más las manos, pero la nueva libertad dura poco, pues me coges de las caderas y me atraes hacia ti, provocando que las ataduras vuelvan a inmovilizarme.

Te colocas sobre mí, con los brazos a cada lado de la cabeza y las piernas entre las mías, sin tocarme. Vas besándome la cara, los labios, me muerdes. Gimo y me pides silencio:
- Shhh. No te muevas.
Tu voz es sensual, provocativa, me funde por dentro mientras vas bajando y me muerdes los pezones, suave al principio, más fuerte después, llegando al umbral del dolor. Siento que casi no puedo controlarme, que me muero por sentirte dentro de mí, pero tú alargas el momento, deslizando tu lengua por mi ombligo, para llegar de nuevo a mi húmedo sexo.

- Eres deliciosa.
Me dices mientras te arrodillas de nuevo entre mis piernas, agarrándome de las rodillas y obligándome a flexionarlas. Te colocas justo en la entrada de mi sexo, te inclinas hacia mí y me besas intensamente. De repente me muerdes y a la vez me penetras de golpe; el placer me invade y gimo tan fuerte que casi es un grito. Entonces empiezas a moverte sin dejar de besarme, cada vez más rápido, y siento que tu erección aumenta, noto como se tensan tus músculos, mantengo las piernas flexionadas y tensas bajo tus brazos, y te oigo gemir en mi boca.

Cuando estás a punto de correrte, hago un esfuerzo por liberar mis piernas y rodear tus caderas, acoplándome a tu ritmo y tensando los músculos de mi vientre. Te dejas hacer, y acabas derrumbándote sobre mí con un suspiro.

Me desatas las manos y nos quedamos a medio camino del abrazo, intentando normalizar el ritmo de nuestra respiración. Y justo antes de levantarme para abandonar tu habitación, me agarras la cara y, justo antes de besarme de nuevo, me dices:
- Creo que te volviste a mover cuando te pedí que te quedaras quieta...
Y yo me derrito ante la promesa que encierran tus palabras.


La fotografía, de nuevo, de Angel Place

12 noviembre 2012

La habitación de al lado (Quinta parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte, la tercera parte y la cuarta parte de la historia.

Sales rápidamente de mí, dejándome con una sensación de vacío indescriptible, pero no tengo tiempo de asimilarla antes de agarrarme de las caderas y darme la vuelta, obligándome a apoyar las rodillas en la cama y dejando mis brazos cruzados y estirados, las cuerdas más tensas todavía, y mi cara apoyada contra las sábanas.

Me acaricias las nalgas, y yo me derrito ante la expectativa. Tus manos son suaves y delicadas, pero los nervios me carcomen, la sombra de la amenaza de un castigo me mantiene tensa, incapaz de abandonarme al placer que me proporcionan tus manos.

Tu voz rompe el silencio, que hasta ahora notaba tenso:
- Tienes un culo precioso.
No me das tiempo a reaccionar antes de sentir la primera palmada, fuerte, justo en el lugar en que la nalga se convierte en muslo. La sorpresa cede ante el cosquilleo y el inevitable pinchazo de placer en la entrepierna. A medida que me azotas, procurando no golpear nunca demasiado fuerte ni en el mismo lugar, alternando el dolor con caricias que me estremecen, siento cómo me humedezco. Estoy completamente a tu merced, y la excitación crece sin que yo pueda pararla.

Sin poder evitarlo, muevo las caderas intentando calmarme. Te acercas a mí y siento tu pene erecto rozando la piel rosada y dolorida, acariciándome. Tu mano se pierde entre mis piernas, roza mi sexo y varios dedos se pierden en mi interior. Entran y salen durante un rato, vas rozándome el clítoris con el dedo gordo, y de nuevo siento el orgasmo cada vez más cerca.

- Pídemelo.
Tu voz es un susurro, una súplica y una orden. Las palabras salen de mi boca y no me esfuerzo en detenerlas:
- Haz que me corra
Siento vergüenza y me sonrojo, porque me excita tanto pedírtelo, y tu mano no para, aumenta el ritmo, y oigo cómo gimes, alentado por mi deseo, y todo me da vueltas cuando al fin llegan las convulsiones, y muerdo las sábanas para ahogar un grito, y tengo que concentrarme en no derrumbarme.

No pasan ni treinta segundos cuando oigo de nuevo tu voz:
- No creas que he terminado contigo. Date la vuelta.

(Continuará el próximo domingo 18 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place


08 noviembre 2012

La habitación de al lado (Cuarta parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte y la tercera parte de la historia.


Estoy tumbada sobre tu cama, expectante, con las piernas abiertas y las manos sobre la cabeza. Debido a mi postura, la falda me cubre sólo parcialmente, dejando a la vista las medias, el liguero, y parte de mi sexo. Siento cómo la vergüenza tiñe ligeramente mis mejillas. Tú sigues de pie, observándome mientras te liberas de la camiseta y miras a tu alrededor... ¿buscando qué?
- Cierra los ojos.
Y yo me abandono agradecida de poder evitar tu mirada sobre mi piel. La vergüenza se diluye en una nueva sensación, la de la expectativa. Siento cómo me atas las manos con ¿un pañuelo? ¿una corbata? y luego las estiras para fijarlas al cabecero de la cama. Siento que te alejas de nuevo.

Ahora te inclinas sobre mí desde los pies de la cama y con un rápido movimiento me estiras desde los tobillos, tensando mis brazos para que no pueda moverlos. Sigues con un dedo el perfil de mis medias, subes por mis muslos, tiras y sueltas el elástico del liguero, y yo adelanto un poco las caderas.
- Quieta.
Tu voz es suave como un susurro, pero a la vez es potente como si una mano invisible me retuviera contra el colchón. Contengo la respiración mientras tu dedo roza suavemente mi pubis.
- Voy a desnudarte, quiero verte las tetas.

Con un par de movimientos rápidos, coges mi top y lo deslizas hacia arriba, por mis brazos, hasta dejarlo sobre las ataduras de mis manos. Juntas mis piernas para librarte de mi falda, pero vuelves a abrirlas, estirándolas. Mi imaginación se desborda al imaginar cómo me ves ahora mismo, vestida tan sólo con las medias y el liguero, completamente abierta y con las manos atadas. Intento deleitarme con esa sensación, pero tu voz me interrumpe:
- Mírame.

Te encuentro de rodillas entre mis piernas, erecto, y de nuevo el rubor tiñe mis mejillas.
- No dejes de mirarme - dices mientras coges mis tobillos y me obligas a flexionar las piernas. Apoyas levemente tu peso sobre mis piernas y conduces tu sexo hacia el mío, que te espera, mojado y palpitante desde que me dejaste tan cerca del orgasmo. Me torturas un poco más, esperando un momento antes de penetrarme de repente, con un sólo movimiento, hasta el fondo, y pese a todos mis esfuerzos no puedo retener ese gemido que escapa de mis labios, la corriente de placer que me obliga a arquear la espalda y, por un instante, dejar de mirarte.

Cuando mi mirada vuelve a ti me estremezco. Una expresión lasciva cubre tu rostro, y tu voz, tranquila y grave, abre un mundo nuevo para mí:
- Me has desobedecido. Te dije que me miraras. Voy a tener que castigarte.


(Continuará el próximo lunes 12 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place


01 noviembre 2012

La habitación de al lado (Tercera parte)

Aquí puedes leer la primera parte y la segunda parte de la historia.

Una sonrisa lasciva se dibuja en tus labios con mis palabras. Me supiste sumisa desde el instante en el que me conociste, antes incluso de que yo lo supiera. Preparaste el terreno durante meses, con miradas y comentarios aparentemente inocentes. Y ahora al fin me tienes frente a ti, de rodillas, mirándote suplicante. Tu voz provoca un tirón en mi vientre:
- Voy a follarte la boca.

Coges mi barbilla y me das un beso suave en los labios, apenas rozándome, a la vez que desabrochas tus vaqueros. Te levantas, y ahora de veo desde abajo, imponente, mientras deslizas tus vaqueros y calzoncillos y los tiras a los pies de la cama. Vuelves a sentarte, y ahora tu pene erecto está frente a mí.

Entreabro los labios y los humedezco con la lengua. Sigues sonriendo, agarras mi cabellera y me atraes hacia ti, abriendo más las piernas para darme completo acceso a tu sexo. Cuando mi lengua recorre tu glande y mis labios se abren para abrazar tu erección, me siento una diosa dándote placer. Mueves las caderas a mi ritmo, acoplándote a mis subidas y bajadas, relajando la garganta y respirando más deprisa.

Perlas de sudor aparecen en tu frente, agarras más fuerte mi nuca y me inmovilizas. Ahora eres tú quien marca el ritmo, y yo abandono un poco mis labios, cubriendo apenas los dientes, y juego con mi lengua cada vez que te retiras, deseando que entres una vez más y me llenes, presionando el inicio de mi garganta. Siento cómo creces y te expandes, y justo cuando empiezo a creer que vas a correrte en mi boca, paras, jadeante, y me estiras cogiéndome todo el pelo y parte de la nuca para sentarme sobre tus rodillas.
Me miras un instante, y la sonrisa vuelve a tu rostro cuando me dices:
- Te quiero tumbada boca arriba en mi cama, con las piernas abiertas y los brazos estirados hacia arriba.
Dudo un instante, pero tu mirada se endurece y tu orden me obliga a levantarme rápidamente:
- Ahora.

(Continuará el próximo miércoles 7 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place

27 octubre 2012

La habitación de al lado (Segunda parte)

Te recomiendo leer primero la primera parte de la historia.

A medida que aumentas la intensidad de tus caricias yo siento como todos los músculos de mi ser se tensan en el camino hacia el delirio; lo único que me mantiene en pie a pesar del ligero temblor de mis piernas es el miedo a que pares. Pero eso importa poco, porque tú no estás dispuesto a que todo termine tan pronto, y te separas de mí antes de que mi orgasmo sea inevitable.

Gimo y te miro a los ojos con una mezcla de furia y súplica, pero tu mirada congela las palabras en mis labios. Sin decirme nada, me coges por las caderas y me das la vuelta a la vez que con una mano me obligas a inclinar un poco el cuerpo hacia adelante, de forma que quedo totalmente expuesta a ti. Tu lengua se desliza por mis nalgas hasta mi sexo, mientras tus manos se dirigen a mis pechos y se agarran a mis pezones, estirándolos y girando, apretando mis senos y provocando que toda la piel de mi espalda se erice.

Abandonas mis pechos para deslizar una mano hasta mi pelo y sujetarlo con firmeza, echando mi cabeza hacia atrás, forzando la curva de mi espalda y haciendo mi respiración más superficial. Guías la otra mano a mi sexo y jugueteas con tus dedos entrando y saliendo, mordiendo mis nalgas en el punto justo en el que mis muslos acaban, junto a las sujeciones del liguero, llevándome a la línea fronteriza entre el dolor y el placer.

Noto cómo me acerco cada vez más al orgasmo, mi corazón late más deprisa y me siento mareada de ansiedad... De repente me abandonas y quedo suspendida justo antes de la liberación, con todos los músculos tensos y la impresión de desamparo extendiéndose por todo el cuerpo. Cuando estoy a punto de darme la vuelta para pedirte explicaciones, tu voz vuelve a hacerme temblar:
- Date la vuelta y arrodíllate frente a mí.
Olvido mi rencor cuando me doy la vuelta y me encuentro con tus ojos oscuros, tu rostro conteniendo la excitación, y se me escapan las palabras cuando me arrodillo frente a tu miembro, todavía preso de tus vaqueros:
- Sí, amo.

(Continuará el próximo jueves 1 por la noche)

Fotografía de Angel Place


23 octubre 2012

La habitación de al lado (Primera parte)

No sabría explicar lo que me ha traído frente a tu puerta. Tal vez el silencio sepulcral de la casa vacía, el saber que sólo estamos tú y yo, o puede que la mirada que he notado sobre mí cuando has llegado a casa haya sido suficiente para encender mi deseo.

Apoyo suavemente la mano en la puerta entornada y empujo despacio. Lo primero que veo es tu cama, y a ti sentado en ella, mirándome sin parpadear. De repente, me siento tímida, y bajo la mirada, iniciando un gesto de retirada, arrepentida. Pero tú no tienes intención de dejarme marchar, y con voz queda y gutural pronuncias una sola palabra:
- Acércate.

Siento un pinchazo suave en la entrepierna y me apresuro a acercarme con paso felino, notando cómo la excitación crece en mi interior cada vez que mis zapatos de tacón resuenan sobre el parqué. Cuando estoy a medio metro de ti, sin levantarte, me coges por la cintura y me sitúas frente a ti, de modo que tu nariz queda a la altura de mi ombligo.

Tus dedos reptan por mis muslos y levantan mi falda hasta arrugarla en torno a mi cintura. Mi respiración se acelera cuando me atraes un poco más hacia ti y empiezas a besarme el vientre, desde el ombligo, siguiendo la línea de mis caderas hasta las medias, sujetas por un liguero, mientras tus manos se pierden en mi trasero.

Quiero agarrarte del pelo, pero levantas la cabeza y me miras, y de nuevo tu voz, intensa y cargada de deseo, hace vibrar todas las fibras de mi ser:
- No te muevas.
Con un gesto rápido, me bajas las braguitas y pierdes tu nariz en mi sexo húmedo, gimiendo y lanzando tu lengua hacia adelante a la vez que acercas mi trasero a tu cabeza, para acariciar mi clítoris muy despacio, en círculos, mientras yo me dejo llevar por una espiral lenta y de dolorosa expectativa.

(Continuará el próximo domingo 27 por la tarde)

Fotografía de Angel Place

02 enero 2012

Nochevieja

Se acercaba la medianoche, y todo el mundo buscaba su copa de champán y se preparaba para tomar las uvas. Todos menos Salomé, que se había quedado prendida de los ojos de un desconocido que la miraba fijamente desde el umbral, insinuando una invitación muda.


Salomé era chica de parcas palabras y poco amiga de las multitudes, así que decidió seguir su instinto y se acercó a aquel hombre de grandes manos y amplias espaldas. Ella pronto olvidó por qué se dejó llevar al guardarropa, y por qué, entre abrigos y bolsos, se dejó bajar la cremallera de su vestido y se quedó desnuda ante aquel Adonis que se agachó frente a ella y le besó los pies, enjaulados en unas preciosas sandalias de tiras negras.

Salomé agarró su cabello y le condujo hasta su sexo, agarrándole fuerte la nuca mientras el chico se perdía en los recovecos húmedos de su feminidad. La llevó cerca del orgasmo, tan cerca que ella sentía temblar sus piernas, pero paró para besarla, pegar su cuerpo contra el de Salomé y sentirla, ardiente y fiera, deseosa. Fuera, la gente brindaba emocionada mientras ella se sentía flotar entre este mundo y el otro.

Él la tomó por las caderas y la penetró mientras ella se agarraba de un perchero, medio suspendida en el aire, con las piernas rodeando la cintura masculina. Se sentía desfallecer en manos de aquella mujer, cuyo vaivén le había hipnotizado desde el primer momento que la vio. Ya no era él el que se movía, era ella la que dominaba la situación, conduciéndose a sí misma al orgasmo.

Cuando estuvo cerca del final, sus manos abandonaron la barra del perchero y se abrazaron a él mientras le mordía el cuello para no gritar. El clímax llegó entre gemidos apagados, rodando ambos por el sueño, extasiados.

12 noviembre 2011

Pasión incontrolable - tercera y última parte

Le dejó respirar un instante, lo justo para colocar sus rodillas junto a su cabeza, una a cada lado, y ofrecerle la visión más impresionante que él había visto jamás. Erguida y recta, sus pechos recortándose contra el techo, su sexo a la altura de sus labios. No dudó, sólo se sumergió en aquellas aguas ardientes, saboreando con su lengua los labios hinchados de poder.


Ella guiaba su boca, moviéndose adelante y atrás, ahogándole entre sus muslos, dejándole espacios cortos de tiempo para coger aire. Y él asistía sin poder moverse, atadas las manos a la espalda, a la explosión de sensualidad de su mujer. Nada podía hacer más que obedecer las órdenes que ella le daba.

"Saca la lengua", le dijo, y le cabalgó mientras le cogía el pelo y gemía cada vez más fuerte, estrechando sus piernas contra su cara, llevándole al límite de la excitación. El orgasmo de la chica le dejó la cara húmeda y el corazón desbocado, y sintió llegar el máximo placer cuando ella descendió de las alturas para lamer sus labios y susurrarle que quería que se masturbara para ella. Le desató y le ofreció sus pechos para que se corriera en ellos, mientras ella le miraba, gratamente sorprendida de la excitación a la que le había conducido.

Cuando él llegó al clímax, y sudoroso se acurrucó en el regazo femenino, ella le acarició el pelo y le susurró "ahora tendrás que limpiarme", y con una sonrisa seductora le condujo hacia el baño.

Pero eso, queridos lectores, es otra historia...

06 noviembre 2011

Pasión incontrolable - segunda parte

Si quieres saber por qué está esperando el protagonista, puedes leer la primera parte del relato.

Ella tardó apenas dos minutos; los 120 segundos más largos de su vida. No paraba de repetirse que merecería la pena, y luchaba por mantener sus manos quietas, y evitar la tentación de masturbarse para calmar sus ansias.


Cuando ya empezaba a pensar que no lo conseguiría, ella apareció con un foulard en las manos. Sin mediar palabra, le cogió las muñecas y le ató las manos a la espalda, dejándole boca abajo, completamente desnudo. Se tumbó sobre él, con los pezones erectos aprisionados contra su espalda, y le ordenó masturbarla con las manos atadas, mientras ella se movía para facilitarle la tarea. Él no veía nada, tenía la cabeza contra las sábanas y sólo podía guiarse por los gemidos de placer de su amada.

Ella le mordía el cuello con fuerza, y él sentía cómo su pene erecto se endurecía más y se clavaba en su bajo vientre. La mano femenina se deslizó entre la cama y sus muslos para acariciarle el miembro, hasta que él casi no pudo retener el orgasmo que se agolpaba en su entrepierna.

"Todavía no", dijo muy seria, y le dio la vuelta para besarle, primero suavemente y cada vez con más violencia, hasta morderle el labio inferior. "Antes tienes que complacerme", le dijo mirándole a los ojos.

Continuará....


05 octubre 2011

Pasión incontrolable - Primera parte

Siempre había dejado que su pareja llevara la voz cantante en la cama, pero aquella noche, frente a la visión del cuerpo desnudo de su marido, un impulso se adueñó de ella, haciéndola sentir presa de una pasión que toda su vida recordaría como incontrolable.


Le miró a los ojos con rabia y deseo a partes iguales, con la emoción galopando en su corazón y, sin mediar palabra, le empujó y se colocó a horcajadas sobre su estómago. Él intentó replicar."¡Cállate!", respondió la amazona recién descubierta, a la vez que le ponía las manos sobre la cabeza y le obligaba a lamerle los pezones.

El placer del poder recorrió su espalda. De vez en cuando, presionaba su pecho contra la nariz y la boca de él, cortándole casi la respiración, para acto seguido arrancarle la miel de los labios con un movimiento rápido. Él, erecto y excitado como nunca, se revolvía sin mucha convicción, temiendo que ella volviera a ser la muñeca lánguida de siempre.

Su asombro creció de repente cuando ella se irguió, concediéndole una visión impresionante de su cuerpo, y mirándole a los ojos, muy seria y con un brillo especial en los ojos, le dijo: 
"Voy a buscar un pañuelo para atarte. 
No se te ocurra moverte, o no volverás a verme desnuda".

Continuará...

24 octubre 2008

Una cena muy especial

Esta historia está íntimamente ligada con la anterior: Sms; aunque puede leerse de manera individual.

Pero en el coche, se limitó a decirme obedeciera en ese momento la orden incumplida. Haciendo equilibrios para levantar mi falda sin que se viera desde el arcén abarrotado de la terminal de llegadas del aeropuerto y evitando quitarme el cinturón, deslicé las braguitas por mis muslos, sintiendo cada roce de la lencería sobre mi piel, y guardé la prenda en la guantera, como él me dijo.

- Vamos a cenar con Joan y Pilar. Quítate también el sujetador. Cuando lleguemos al restaurante, harás todo lo posible por sentarte junto a Joan, y quiero que se dé cuenta de que no llevas nada bajo la falda. Quiero que se excite pensando en lo buena que estás y lo descarada que eres.

Me quedé anonadada; no era ese el castigo que yo esperaba, y además todo aquello no me gustaba nada. Se lo dije pero sólo obtuve de él una mirada fría y una frase seca.

- Tú te lo has buscado.

Entonces me di cuenta de que todas aquellas fantasías de fetichismo que habían bailado en mi cabeza no se llevarían a cabo. En su lugar, iba a pasar una noche muy difícil. No obstante, me puse el disfraz de felicidad y desparpajo que usaba para los acontecimientos sociales y me conduje como pude hasta la mesa.

Pere, mi pareja, se las apañó sin problemas para conseguir sentarse frente a mí, y que fuera Joan el que ocupara el sitio junto a mí en el sofá de terciopelo rojo de aquel café ambientado en los 70. La ausencia de mi sujetador era evidente, y el clima fresco del local mantenía mis pezones en una continua erección. Joan, prendidos sus ojos en mi pecho, me lo puso muy fácil, y su entrega me gustó tanto que decidí llevarle al límite, dejando caer mi mano sobre su muslo.

Pere me miraba mientras, juguetón, deslizaba uno de sus pies por mi pantorrilla...

(Continuará)

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