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30 abril 2011

Frente al ordenador

Me siento frente al ordenador con el corazón palpitando acelerado, esperando que tu muñequito gris del msn se vuelva verde y empieces, como cada noche, a seducirme.

Ansío el momento en el que me pides que me acaricie donde tú me indicas, y relatas una historia imposible, en la que ambos estamos en el mismo lugar, en la que eres tú quien me tocas y me haces temblar... te gusta mirarme, afirmas, y me suplicas que ponga la webcam. Nunca puedo decirte que no, y me alejo del teclado para ponerme cómoda, para que puedas observarme a gusto. Tú nunca la conectas, no sé cómo es tu cara ni sé si lo sabré jamás, y eso contribuye a excitarme.

Tus instrucciones son precisas: mis dedos pellizcan mis pezones hasta que no puedo retener un gemido, recorro mi vientre para llegar a la entrepierna, húmeda y ardiente, acaricio mi clítoris al ritmo de tus teclas... a veces incluso me pides que utilice uno de los muchos juguetes que me has regalado, y entonces me agarro a él como si fuera una pequeña parte de ti. Te imagino penetrándome, apoyando con fuerza tus manos en mis muñecas, moviendo tus muslos al compás de mis caderas. Imagino tu cuerpo desnudo sobre y tras de mí, empujándome con violencia y mordiéndome el cuello, a veces incluso te siento estallar de placer.

Pasan los minutos y las horas, y yo sigo siendo esclava de tus palabras. Cuando el amanecer se acerca inexorable, me pides que me corra susurrando tu nick, y yo estallo entre convulsiones y me tumbo boca arriba, aspirando con fuerza el aire viciado de mi habitación, dejando que mi cuerpo se relaje y el sueño acuda a mis párpados. Nunca estás ahí cuando despierto, pero sé que estarás de nuevo cuando el sol se esconda, y sean los grillos los únicos testigos de nuestro encuentro.

Y como siempre, cuando empiezo a pensar que no vendrás esta noche, el gris se torna verde.

31 marzo 2011

Piel para dos (Segunda y última parte)

Tal vez te interese leer la primera parte de esta historia

Carla tomó la iniciativa: sentó a Pedro en el sofá y empezó a bailar para él, moviendo las caderas suavemente. Yo la miraba indecisa, dudando entre sentarme con él o desnudarla. Ella resolvió la duda agarrándome de las manos y dirigiéndolas a su cintura. Me besó, y noté sus dedos trepando por mi espalda, liberando mis pechos del enredo del sujetador y siguiendo después por mis piernas.


Sólo me dejé puesto el liguero y los tacones, y yo hice lo mismo con ella. Me agaché para lamerle el vientre, deslizando mi lengua desde el centro de sus pechos hasta su monte de venus, recorriendo luego sus muslos mientras entreabría sus piernas y empezaba a acariciarle el clítoris.


No habíamos prestado atención a Pedro, que se había desnudado, hasta que se situó detrás de Carla y comenzó a acariciarla. Primero los hombros, soplándole en la nuca, luego los pezones, mordiendo el lóbulo de su oreja...



Yo abandoné el cálido sexo de Carla para abrazar con mis labios el pene de Pedro. Él gimió, y Carla se dio la vuelta para besarle.


Me senté en el sofá y Carla acudió a mí para sumergir su lengua en mi entrepierna. Pedro se agarró a sus nalgas y la penetró desde atrás mientras la lengua y los dedos de mi compañera de piso me conducían al cielo. Gemí, grité y acerqué mi boca a la de Carla para beber de mí.


Pedro propuso intercambiar papeles y esta vez fui yo la que recibió las contracciones de Carla en mi lengua y a Pedro en mi sexo. Cuando Carla alcanzó el clímax, Pedro se tumbó sobre la alfombra, dejando que Carla y yo nos lanzáramos sobre él para lamerle, arañarle, morderle, acariciarle, besarle, pellizcarle... turnándonos para disfrutar de su miembro erecto en los labios, hasta que no pudo controlarse más, y explotó sobre nosotras con un gemido gutural que inundó la habitación de deseo.


Nos tumbamos junto a él y nos quedamos dormidos hasta que el amanecer dibujó un nuevo día cargado de besos y sudores, de horas entre las sábanas y risas juguetonas.


El lunes todo volvió a la normalidad; todo, menos que ahora duermo siempre con Carla.

21 marzo 2011

Piel para dos (Primera parte)

Esa noche queríamos comernos el mundo, así que Carla y yo salimos de casa con toda la intención de terminar con la ausencia de un cuerpo en nuestras camas. Ella llevaba una minifalda que estilizaba sus largas piernas, y una camiseta que, cuando bailaba, dejaba al descubierto una pequeña franja de piel, justo por debajo del ombligo. Yo, en cambio, había elegido un vestido largo pero escotado, con los hombros al aire, y unos taconazos de infarto.

Llegamos al primer bar y no tardamos en fijarnos en un chico que nos espiaba desde el otro lado de la barra. Pretendía fingir que no le interesábamos, y apenas nos dirigía miradas soslayadas de vez en cuando, pero sabía en todo momento en qué lugar nos encontrábamos y quién nos rodeaba.

Tras una breve conversación con Carla, decidimos acercarnos y atacarle las dos con todas nuestras armas, dejando a su elección con cuál de las dos acabaría la noche. Tras cinco minutos, sabíamos que se llamaba Pedro y que vivía con dos chicos más; a los quince minutos, ya nos había invitado a un par de chupitos.

No recuerdo en qué tequila de los muchos que lamí del cuello de Carla empecé a sentir que deseaba besarla. Él provocaba nuestro acercamiento con juegos, coqueteando con ambas por igual. Pidió un hielo y esa fue nuestra perdición, porque cuando a Carla le tocó pasármelo, sus labios no evitaron mi contacto, sino que se aferraron a los míos. Las lenguas no tardaron en salir de su escondite para fundirse y enlazarse en un intenso beso, ante la complacida mirada de nuestro objetivo.

No hizo falta decir nada más. Carla y yo nos miramos y cogimos a Pedro cada una por una mano para conducirle, entre risas, a la puerta del bar. El camino a nuestro piso fue rápido, a pesar de que nos parábamos en cada rincón con penumbra para besarnos, Pedro con Carla, Carla conmigo, yo con Pedro, los tres a la vez...

Al entrar en el ascensor, Carla desabrochó mi cremallera y dejó caer mi vestido, dejándome en ropa interior y agachándose frente a mí para besarme el ombligo. Pedro, a su vez, empezó a morderme el cuello mientras sus manos se dirigían hacia la nuca de Carla.

Llegamos al octavo piso demasiado rápido para mi gusto, y salimos del ascensor conteniéndonos a duras penas, sin pensar siquiera en que algún vecino despistado podía verme en ropa interior. Abrimos la puerta del apartamento y mientras Carla ponía música, yo serví tres copas de vino blanco.

(Continuará)

10 marzo 2011

La noche de Eva

Preparé este relato hará unos meses, para locutarlo en la radio como un cuento de cinco minutos. Tenía la intención de hacer una animación para subirlo, pero si sigo así, nunca lo publicaré, así que ahí va el audio, y el texto para el que lo prefiera:


La noche clara se va cerrando sobre el Mediterráneo, dibujando constelaciones y definiendo una luna llena, inmensa, cada vez más lejos del horizonte.

En la terraza de su apartamento, Eva espía la noche y envidia la suave caricia salada que recibe la arena. En el silencio juegan los grillos, se percibe el leve rumor de la música de un bar, y la brisa ligera mece suavemente los pinos del jardín. Eva se siente acunada, su espera se acorta en la misma medida que su corazón se acelera cuando, al fin, el coche de Sebas cruza la barrera del edificio.

Eva entra en el dormitorio y sustituye su camiseta vieja por un camisón de seda, que se desliza por su piel morena y que cubre escuetamente su desnudez. Intuye, más que oye, el saludo de Sebas al portero, sus pasos decididos hacia el ascensor, su dedo dirigiéndose al 8º y subiendo. Eva se impacienta, se examina ante el espejo y sale de nuevo a la terraza del comedor. Se recuesta en una hamaca, desde donde poder verle cuando llegue; cruza las piernas, deja caer un tirante, e intenta normalizar el sonido punzante de los latidos de su corazón.



Ahora sí se oyen los pasos de Sebas por el pasillo, la llave en la cerradura, su suspiro de alivio al entrar en la estancia. Eva le observa, impaciente, esperando que la vea. Sebas deja caer su maletín en el recibidor y cuelga su americana en el perchero; el cansancio ha arraigado en su esqueleto, encogiéndolo, marcando un rictus indiferente en sus labios. Busca a Eva con la mirada y sus ojos se iluminan al encontrarla.

Sonríen, y él se acerca despacio, mientras se deshace de su corbata y desabrocha su camisa. Junto al sofá abandona los zapatos, pulsa el “play” de la minicadena, recoge dos copas y una botella del minibar. No deja de mirarla.

Eva sigue los movimientos de su amante, comprueba con satisfacción que no ha olvidado nada de lo que ella había preparado, y se inclina hacia delante para recibir un beso en los labios. Sebas sirve el tinto y le ofrece una copa a Eva; ella bebe, y una gota roja como la sangre se escapa y recorre su barbilla. Él la recoge con su lengua, la besa de nuevo, y se sienta junto a ella, apoyando la cabeza en su vientre.

Sebas siente la respiración de ella y sus propios latidos, nota cómo el vino le caldea el ánimo, se sumerge en el vaivén del jazz. Eva juega con su pelo, él desliza una mano por sus piernas, subiendo un poco el camisón. Ella deja escapar un gemido, y él se enardece. Se coloca de rodillas y estira las piernas de Eva, separándolas y obligándola a tumbarse. Empieza a besarla por el cuello, los hombros, los pechos, baja los tirantes del camisón y lo deja arrugándose en la cintura.

Su deseo crece, y la muerde levemente, se pierde en la dorada piel de sus muslos, los aprieta, su lengua se dirige al sexo de Eva, y ella arquea la espalda y agarra con fuerza el pelo de Sebas.
Él no se detiene, y juega con sus labios, entremezclando su saliva con su excitación, la penetra con la lengua, al ritmo del saxofón; la abandona, la recupera, agarra con fuerza sus caderas y percibe cómo se tensan los músculos de su pelvis.

Ya no oye la música, sólo el gemir quedo de Eva, la respiración acelerada, sus uñas en la espalda.
Cuando la petite mort la alcanza, Sebas bebe de ella entre convulsiones, sintiendo el placer en cada poro de su piel. Se tumba junto a ella y la abraza por la espalda, besando con suavidad el punto exacto de su nuca donde el vello se convierte en cabello.

Ella sonríe y recupera el aliento, se gira hacia él y se funden en un beso. Intenso, frenético, con sabor a sal y a sexo. La música acaba y Eva mira a Sebas sonriendo:

- Habrá que poner otro CD.

18 septiembre 2010

Sobre mí

Llueve. Las gotas de lluvia resbalan por la ventana tras la que puedo ver el muro del edificio de enfrente. Trato de concentrarme en el patrón de líneas que forman los ladrillos rojos, evitando un orgasmo inminente. Ella está sobre mí, moviéndose arriba y abajo, engullendo mi sexo en el suyo, contrayendo los músculos para aprisionarme un poco más.

Desde aquí puedo ver sus labios entreabiertos a través de los cuales escapan gemidos y suspiros, su cuerpo se abandona al placer con ojos cerrados, para que nada la despiste de la cálida sensación de tenerme a su disposición. Su pecho se bambolea al ritmo que imprimen sus rodillas; de vez en cuando me mira, coge mis manos y las conduce hacia sus pezones, preguntándome con voz gutural si me gusta que me folle. Esa palabra tan vulgar me provoca una punzada en la entrepierna, un aviso más de lo cerca que estoy del final.



No quiero que termine, me gusta prolongar el momento en el que ella está encima de mí, enlazando sus caderas con las mías. Pero ella ha decidido descubrirme una pequeña porción del paraíso; suavemente ,se quita la goma que sujetaba su melena y su pelo suelto se desparrama por sus hombros. Apoya las manos en mis rodillas y se inclina hacia atrás, a la vez que coloca sus pies junto a mis hombros y empieza a moverse más deprisa. Le agarro las caderas y la ayudo a seguir el ritmo, la vista se me nubla y ya no veo los ladrillos del edificio de enfrente. Siento la tensión previa a ese final que quería evitar, pero esta vez me dejo llevar por sus vaivenes y muevo mis manos para acariciarla hasta que el clímax llega y se va, dejándonos a los dos exhaustos.

16 abril 2010

Al despertar

Abro los ojos lentamente, me revuelvo en la cama, inquieta, las sábanas están enmarañadas A mi lado un hueco en la almohada, iluminado por el sol de mediodía, me revela tu ausencia; respiro profundamente, y noto como la seda envuelve los arañazos de mi espalda, se filtra entre mis muslos y los acaricia. Siento tu sabor amargo, los labios inflamados, el dolor en las ingles, los músculos agarrotados. Recorro con los dedos las marcas de sexo que has dejado tatuadas en mi cuerpo; te echo de menos y pienso: que todavía quedan horas hasta que vuelvas, y conviertas el beso tierno de bienvenida en un intenso vaivén de lenguas, y me lances con furia sobre el lecho aún revuelto, y me ates las manos a la espalda, y me cojas del pelo para morderme el cuello, y me hagas tuya con la furia de un huracán desmedido. Mi cuerpo dolorido reacciona a tu recuerdo y al anticipo de otra guerra de cuerpos desnudos; no puedo, no quiero esperar. Con prisa me levanto para preparar mis armas, mientras mis manos teclean un mensaje en el móvil:
"Aún hay supervivientes en el campo de batalla"

23 septiembre 2009

Inevitable

Tenía la sensación de que me estaba metiendo en un callejón sin salida y, a pesar de todo, acepté su invitación; dejé que me descalzara y me recosté en el sofá de terciopelo negro, que me acogió como un buen amigo.

El alcohol era lo único inocente de aquella habitación; sobre la repisa de la chimenea descansaba un ejemplar del Kama Sutra; en la pared, varias litografías de carácter erótico iluminadas apenas por las velas; sobre la mesa, dos copas de vino tinto; en el equipo de música, notas suaves de un piano llenando la habitación. Me levanté, sintiendo en los pies el suave tacto de la alfombra, y cogí con delicadeza el libro, ojeándolo. Las manos de él no supieron esperar y reptaron buscando mi cintura. El libro cayó y me abrazó. Podía sentir su aliento en mi nuca.


El beso que siguió me recordó los amores de verano y los nostálgicos atardeceres de otoño. No esperó mi reacción; simplemente me tumbó allí mismo, dulcemente, y deslizó el vestido por mi vientre; hundió su lengua en mí, gemí y sus ojos se perdieron en los míos. Me dejé llevar por la tormenta de su cuerpo, moviéndome al ritmo que las olas de placer que nos imponían. Los latidos desbocados desgarraron la noche y la calma placentera vino a sentarse a nuestro lado. Dormí abrazada a su cintura y desaparecí cuando la suave luz del amanecer bañó sus párpados.

13 abril 2009

Sacrilegio


Los alrededores de la ermita están oscuros y mudos, la luna llena brilla en un cielo negro lleno de estrellas, y en el parking, en el asiento trasero de un mini, tú y yo intentamos acomodarnos y disfrutar de la noche y nuestros cuerpos. Estamos incómodos, y de repente, te quedas callado mirando hacia la puerta del santuario:

- Vamos allí dentro - me dices con mirada suplicante, refiriéndote al templo.

No lo dudo ni un momento, en el coche hace calor y no logramos sentirnos a gusto. Entre risas acalladas por besos, abrazos y sobeteos, nos acercamos a la puerta y empujamos. Nos recibe un interior adusto y un silencio sobrecogedor, pero coges mi mano y me diriges hacia el altar sin dilación en tus gestos ni miedo en tus ojos. Al llegar, me abrazas por la cintura y sumerges tu lengua en mi boca, aplacando mis temores y disparando mi lujuria. Tus dedos recorren mi espalda y se deslizan bajo mi camiseta para retirarla y besarme el pequeño lunar de mi pecho. Mis manos se agarran a tu trasero y desatan el cinturón. Gemimos, y el eco nos responde.

Sigues imparable tu camino, subes mi falda y te deshaces de mi ropa interior; me coges a pulso y me apoyas contra la mesa sagrada, penetrándome y elevándome al cielo de los mortales, el orgasmo que llena el espacio de gritos ahogados, mientras la luz de la luna se filtra por los ventanales, proyectando la sombra tenue de una cruz sobre mi espalda.

19 marzo 2009

A por mi fantasía (Parte 3 y final)


Qué electrizante me parece tu piel, la comparo con aquel jersey de lana que atraía con electricidad estática mi pelo, pero que seguía poniéndome por cómo me mirabas cuando lo llevaba al despacho. Eres tan sexy que te besaría sin parar hasta que no me quedaran fuerzas ni para suspirar, ahí sentado, tratando de mantener la compostura y la distancia, quizá planteándote con desespero carnal las mismas escenas que yo me invento: de rodillas frente a ti, bajando suavemente la cremallera que encierra tu deseo, acariciándote lentamente por encima de la ropa, sin dejar de mirarte a los ojos, paseando mi lengua por mis labios para anticiparte mi siguiente movimiento,...

Sé que no me engaño, que tras tu fachada distante se esconde la morbosidad y el anhelo, el ardiente propósito de seducirme y sumergirme en un baño de lujuria incontenida; sé que no son divagaciones, que me observas cuando crees que no te veo, que te acercas un centímetro más de lo debido, que te apetece revolverte conmigo en un mar de sudores y escalofríos,...

No puedo ir más allá, te levantas y comentas que esperas una llamada. Es la señal de alarma, la pared que interpones cuando sientes que estas demasiado cerca de la línea que deseas cruzar. Y yo, de nuevo, claudico y salgo por la puerta con una sonrisa tímida y triste en los labios. Quizá la semana que viene, cuando venga a entregarte mi próximo informe, pueda diluir esa frontera.

04 marzo 2009

A por mi fantasía (Parte 2)



No sé muy bien lo que estoy haciendo aquí; ayer por la noche, después de elevarme al cielo pensando en ti, me parecía muy buena idea acudir a tu despacho... pero nada está saliendo de acuerdo con ninguna de las situaciones que me había planteado y para las que tenía una respuesta preparada.

No sé qué decirte para que abandones tu trono más allá de la mesa y te acerques a mí, la opción de acercarme yo me parece demasiado descarada; opto por preguntarte qué opinas sobre mi último informe y, por fin, me invitas a ver algo del papel que reposa frente a ti; decido dejar mi timidez sentada en la silla y me acerco sugerente, hasta situarme a tu lado e inclinarme hasta que la camisa que cubre mis pechos se entreabra y mi brazo roce tu hombro.

Ahora puedo notar tu turbación, la piel erizada de tus antebrazos, la vacilación en elegir las palabras, y las miradas de soslayo que diriges constantemente más allá de mi cuello. Me deseas, te deseo, te imagino tomando mi mano entre las tuyas y besándome salvajemente, apartando sin delicadeza las cosas de la mesa y lanzándome sobre ella... Pero sigues ahí, incapaz de dar un paso más, como yo, atados por lazos invisibles que no podemos arrancar.

(Continuará)

16 febrero 2009

A por mi fantasía (Parte 1)


Toco a la puerta y espero impaciente a oir tu voz al otro lado permitiéndome la entrada a tu santuario.

- Pasen

Tu voz suena ardiente y madura, como siempre, cálida y provocativa; y yo, sintiendo los latidos de mi corazón acelerarse y con mil mariposas en mi estómago, agarro el pomo y empujo suavemente, deslizándome tímida y mirándote de reojo en el despacho.

- Ah, eres tú, ¿qué te trae por aquí?

Has cambiado el tono, y percibo la nueva entonación, ligeramente más suave. Sonríes y me miras sin pudor.

- Acércate, vamos, no me dirás que te asusto

A mi mente acuden todas las fantasías que he tenido sobre este encuentro, se agolpan y me sonrojan, pero ahora estoy aquí, así que te miro mientras ruego que disciernas lo que estoy pensando y te lances a mis labios.

- ¿Cómo va todo? ¿algún problema?

- No, simplemente pasaba por aquí y pensé en venir a verte...

- Me alegra verte - te levantas y te acercas a mí extendiendo tus manos hacia mis hombros, contengo la respiración, tenso los músculos e inclino la cara hacia un lado. Recuerdo aquellos sueños en que me tomabas bajo una lluvia cálida de verano, tu lengua recorriendo mi vientre y la lluvia goteando por tu espalda...

- ¿Te cuelgo la chaqueta?

- Sí, por supuesto - esbozo una mueca que pretende ser una sonrisa y dejo que me quites la chaqueta; y mientras tomamos asiento uno a cada lado de el viejo escritorio voy pensando que esto va a ser más difícil de lo que pensaba...

(Continuará)

05 enero 2009

Clandestino

















No puedo más. Te has pasado toda la noche provocándome, deslizando tu pie bajo la mesa para acariciar mi pierna, mi muslo, mi sexo. Lo encontraste erecto, te excitó más de lo que esperabas y entonces decidiste atraparme en tu red: un tirante que se desliza hombro abajo para descubrirme que no llevas sujetador, una mirada de reojo cargada de pasión y desenfreno, un suspiro, una risa. Te has dedicado a conseguir que cada centímetro de mi cuerpo te deseara. Lo has conseguido, pero no vas a pasar de aquí.

Camino a casa, las luces de la ciudad parecen tenues en esta noche tan oscura, y te arrastro hacia un portal que nos ampare y evite miradas desconocidas. Apoyada contra la pared, tu lengua me incita, y sonríes de nuevo, traviesa. Te agarro por la cintura y te pongo entre mi espada y tu pared. Mis manos suben tu falda para descubrir que no llevas nada más que la pasión derramándose por tus muslos; muslos que agarro para subirte a mi altura y besarte con fuerza. Te muerdo, los labios, el cuello, la oreja. Gimes a la calle desierta, y me pides que te folle. Nada podía enardecer más la lascivia que has cultivado durante la cena, y me desabrocho con nerviosismo los pantalones para penetrarte; para quedarme así un momento y embestir con el ímpetu del amante ambicioso. Insaciable, me muevo sin parar, arrancándote sonidos guturales que casi son gritos, que fluyen por mi espalda junto a tus uñas.

Te miro a los ojos cuando llega un orgasmo arrasador que hace temblar mis rodillas, me miras a los ojos cuando sientes cómo el éxtasis me recorre, y sonries altiva de nuevo, al ver el resultado de tu desafío.

05 noviembre 2008

Una cena muy especial (3ª y última parte)

Pilar resultó ser una reina exultante de energía erótica. Nuestro nada inocente juego durante el postre nos dejó con muchas ganas de seguir la fiesta en un lugar más privado. Pere y Joan, incapaces de asumir lo que sus ojos estaban viendo, no tardaron ni dos minutos en proponer un baño en la piscina del segundo, y nos dirigimos hacia allí.

Veinte minutos después estábamos Pere, Joan y yo estábamos dándonos el lote, desnudos, en el agua templada de la piscina, cuando Pilar salió de la cocina con una botella de cava y algunas copas. La miré fijamente mientras se desnudaba y dejaba al descubierto un conjunto de ropa interior de lencería que mostraba más que cubría.

No podía apartar mis ojos de su cuerpo joven y terso, era una diosa que conocía de sus encantos. Se sabía poderosa, y se sentó en una silla desde la que se dedicó a observarnos mientras se acariciaba las rodillas, los muslos, el pecho,... Se colocaba provocativamente y de vez en cuando retiraba parte de la ropa interior para dejar ver un pezón erecto, un pubis depilado y húmedo, un ombligo seductor.

No pude evitarlo, salí de la piscina y me acerqué a ella andando a gatas lo más sugestivamente posible, repté por sus piernas y me perdí en su sexo a la vez que ella se agarraba a mis cabellos como si fueran su única salvación. Subí por su cuerpo, mordí sus turgencias y me perdí en sus caderas, besé sus labios como las cerezas y olvidamos por completo a los dos hombres que nos observaban, alucinados, desde el agua.

Nos recorrimos hasta el alba, y al volver la vista alrededor nos dimos cuenta de la ausencia de nuestros machos que, cansados de nuestro juego, se habían esfumado.

Para los aficionados a la fotografía, el autor de esta es Carlo Pieroni

28 octubre 2008

Una cena muy especial (2ª Parte)

Quedan 5 días para votar en los premios 20 blogs. Podeis votar mi blog aquí.
A todos los que os decidáis a hacerlo: Muchas gracias.


Esta es la segunda parte de Una cena muy especial. También está íntimamente ligada con: Sms; aunque no hace falta leerla para seguir la historia.

Podía sentir cómo el pie de Pere subía por mi pierna y me acariciaba el muslo. Me estaba excitando, y casi sin darme cuenta mi mano se dirigió a la bragueta de Joan. Pilar, mientras tanto, permanecía ajena al juego que se desarrollaba bajo la mesa, que cada vez estaba más animado.

Pere ya había alcanzado mi entrepierna y se dedicaba a rozarme levemente y a animarme con la mirada a que me acercara a Joan. A mí todo aquello me empezaba a gustar y sin darme cuenta fui perdiendo el miedo a posibles repesalias, y me decidí a meterme de lleno en los pantalones de Joan para acariciar lo que ya era una erección con todas las letras, estaba duro, caliente, y sorprendentemente suave... ¡iba depilado! Fue un placer inesperado al que me dediqué con fruición, así estuvimos hasta la llegada de los postres, en un juego continuo de manos y pies del que excluíamos a Pilar.

Para cuando llegó el postre ya estábamos todos al límite de nuestra lujuria, Pere no se parecía en nada al chico tímido y posesivo al que había conocido, Joan respiraba entrecortadamente y un rubor insólito asomaba a sus mejillas. En cuanto a mí, qué decir de mí, la lascivia me corroía, podía notar cómo la humedad de mi sexo se derramaba por mis muslos, mi mano se negaba a abandonar el objeto de mi deseo, porque tengo que admitirlo, me moría de ganas de ver y lamer aquel miembro desconocido.

La carta de los postres me inspiró una idea que me pareció deliciosa, pedí cerezas y cuando el camarero me sirvió un plato con seis o siete cerezas, cubiertas por chocolate fondant, me levanté del sofá y pedí permiso a Pere para sentarme entre él y Pilar. Asombrado, me lo consintió, cogí una de las frutas y se la ofrecí sensualmente a Pilar, ella aceptó el juego, pícara, i deslizó su lengua por el chocolate que goteaba. Se se anticipó a mis movimientos, y cogiendo la segunda pieza la acercó a mis labios y, mientras yo me acercaba por un lado a la fruta que colgaba, seductora, de sus dedos, ella se acercó por el otro lado, convirtiendo el postre en un largo, dulce y chocolateado beso.

(Continuará)

24 octubre 2008

Una cena muy especial

Esta historia está íntimamente ligada con la anterior: Sms; aunque puede leerse de manera individual.

Pero en el coche, se limitó a decirme obedeciera en ese momento la orden incumplida. Haciendo equilibrios para levantar mi falda sin que se viera desde el arcén abarrotado de la terminal de llegadas del aeropuerto y evitando quitarme el cinturón, deslicé las braguitas por mis muslos, sintiendo cada roce de la lencería sobre mi piel, y guardé la prenda en la guantera, como él me dijo.

- Vamos a cenar con Joan y Pilar. Quítate también el sujetador. Cuando lleguemos al restaurante, harás todo lo posible por sentarte junto a Joan, y quiero que se dé cuenta de que no llevas nada bajo la falda. Quiero que se excite pensando en lo buena que estás y lo descarada que eres.

Me quedé anonadada; no era ese el castigo que yo esperaba, y además todo aquello no me gustaba nada. Se lo dije pero sólo obtuve de él una mirada fría y una frase seca.

- Tú te lo has buscado.

Entonces me di cuenta de que todas aquellas fantasías de fetichismo que habían bailado en mi cabeza no se llevarían a cabo. En su lugar, iba a pasar una noche muy difícil. No obstante, me puse el disfraz de felicidad y desparpajo que usaba para los acontecimientos sociales y me conduje como pude hasta la mesa.

Pere, mi pareja, se las apañó sin problemas para conseguir sentarse frente a mí, y que fuera Joan el que ocupara el sitio junto a mí en el sofá de terciopelo rojo de aquel café ambientado en los 70. La ausencia de mi sujetador era evidente, y el clima fresco del local mantenía mis pezones en una continua erección. Joan, prendidos sus ojos en mi pecho, me lo puso muy fácil, y su entrega me gustó tanto que decidí llevarle al límite, dejando caer mi mano sobre su muslo.

Pere me miraba mientras, juguetón, deslizaba uno de sus pies por mi pantorrilla...

(Continuará)

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17 octubre 2008

Sms

Me mandó un sms al móvil:

"T spro n l aeropuerto. Pont falda. Sin ropa interior"

Me sorprendí, y con razón, pues no era dado a efusividades sexuales y mucho menos a fantasías de macho dominante... al reponerme de la sorpresa no pude menos que plantearme si aquello iba en serio o no, y es que, aunque mi entrepierna se hubiera humedecido, algo de pudor y vergüenza asomaba a mi razón, ¿debía hacerlo?

Llegó el ansiado día del viaje y me arreglé con espero, frente al espejo de cuerpo entero, me pareció demasiado evidente la ausencia del sujetador bajo la camisa y me sentí desnuda al notar la tela de la falda rozando mis nalgas; así que, pese a la curiosidad que despertaba la nueva experiencia me puse la ropa interior con la intención de deshacerme de ella o guardarla en el bolso al llegar a mi destino. Pero una vez allí, la ansiedad por ver a mi amante me distrajo y olvidé por completo las instrucciones.

Cuando las puertas de la recogida de equipajes se abrieron y fui a su encuentro pude ver cómo su amplia sonrisa se tornaba en una mueca de desaprobación al intuir mi sujetador; expresión que se tornó de enfado al rozar mi culo y notar la costura delantera del culote.

Sin besarme, acercó sus labios a mi oído y me susurró que el castigo sería ejemplar... un escalofrío recorrió mi columna y sentí la instantánea reacción de mis pezones. Has sido muy mala, me dijo, y yo me derretí entre sueños de fetichismo.

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Esta historia continúa en Una cena muy especial

10 octubre 2008

El autobús

La noche caía tras las ventanas del autobús. En breve, no quedaría ya nada por ver allá fuera, pero a mi lado, un chico joven y sonriente prometía ser entretenimiento suficiente para ese largo viaje. Me recosté en el asiento, dejando caer disimuladamente mi mano sobre el regazo de mi acompañante. Para mi placer, pude percibir una dureza inusual en su entrepierna, y sentí cómo clavaba sus hermosos ojos azules en mis hombros descubiertos. El vello de mi nuca se erizó al pensar en mis labios recorriendo el bajo vientre de ese desconocido, y él pareció entenderlo, porque antes de darme cuenta su bragueta se había abierto y estaba acariciando la carne trémula de su miembro.

La lujuria que latía en mi sexo estaba haciendo bien su trabajo, y mi compañero de juegos lo estaba pasando en grande; me moría de ganas de besarle, pero simplemente le rocé la oreja con la lengua suavemente y me incliné dispuesta a proporcionarle la mejor de las sensaciones. Mientras mis labios se contraían rítmicamente él deslizó su mano por debajo de mi falda y apartó con gracia mis braguitas para deslizar suavemente sus dedos por mi sexo. No recuerdo el tiempo que pasamos masturbándonos y besándonos al amparo de la oscuridad de la noche, sólo sé que mientras se dibujaba el amanecer tras las montañas tuve el orgasmo más deseado de mi vida, mientras apretaba con fuerza sus manos contra mi entrepierna y mordía su cuello, en un intento de que no se oyeran mis gemidos.

Nos despedimos en Barcelona, intercambiando promesas y teléfonos que perderíamos en algún lugar recóndito de nuestras memorias.

Mil disculpas por el retraso, el comienzo de curso ha sido más duro de lo esperado...

17 septiembre 2008

Venus

Reposaba tendida en el diván, con el pelo alborotado cayéndole en negra cascada sobre los hombros; una túnica bordada en oro y malva cubría brevemente su desnudez. Me miraba fijamente a través de las cortinas de sus oscuras pestañas, y yo no sabía qué pretendía, a qué aspiraba con el escrutinio al que me sometía. Hacía breves instantes que sus labios firmes se habían abierto para proferir los más guturales sonidos de placer que el cuerpo humano era capaz de emitir, hacía un momento había curvado su espalda bajo mi pecho y se había disuelto en convulsiones incontrolables. Y ahora, desde el esplendor de su divinidad, me observaba a mí, simple mortal, que la había amado lo suficiente para hacer que olvidase su nombre entre las sábanas de seda de su lecho.

En un gesto que abarcaba toda la seducción del Olimpo, se sentó, dejando que la tela que había descansado sobre sus pechos se deslizara a cámara lenta por su vientre, para reposar en su regazo y mostrarme de nuevo el esplendor de su piel caramelizada por el sol. Mi entrepierna mostró su alegría al contemplarla con un pequeño tirón, suficiente para que ella lo percibiera y se dibujase en su boca una sonrisa pícara y juguetona. Pero no continuó en su avance, y yo, cobarde caballero del mundo terrenal, no me atreví a iniciar ningún acercamiento.

Venus notaba, a pesar del reciente acto amatorio, una ligera humedad incómoda entre los muslos, recuerdo del placer experimentado que, por controversia, le hacía desear más; más contacto de un cuerpo joven, más arañazos sobre la espalda blanca de un guerrero valiente, más embestidas de una virilidad recién estrenada en su propio dormitorio, más pelo rubio al que aferrarse mientras su cuerpo se tensaba en un arco casi imposible, desflorar a un joven adolescente inflamaba la lujuria que ardía en su interior hasta convertirla en un amasijo de inconfesables perversiones. Le habría gustado disfrutar un poco más de él, comérselo, respirarlo, agotarlo hasta que suplicase por su vida. Y ¿quién podría impedírselo?

Sus pensamientos eran translúcidos, y yo podía intuirlos porque ella me los mostraba, quizá con la esperanza de que le demostrara que no bastaba una noche para deshacerme, quizá pretendiendo aludir a mi orgullo, o quizá simplemente para dejar claras sus intenciones.

Se levantó, en el suelo quedaron los dorados y malvas que la arropaban, andó hacia mí, felina y sugerente, sus curvas danzando al son de una música imperceptible, alargó su mano y me rozó el pecho, una suave caricia que recreaba un amor inexistente, acercando su aliento a mi cuello, rodeándome con su perfume, enloqueciéndome, cegando mis sentidos a la razón, atándome a sus piernas, obligándome a arrodillarme para perder mi lengua en los recovecos inalcanzables de su sexo, enredando mi pelo entre sus dedos, llevándome al infierno de su lascivia, descendiendo para arrodillarse frente a mí y besarme, mordiendo mis labios, escarlata recorriendo mi nuca, poseyéndome con el rítmico resonar de su respiración entrecortada, escondiéndome del mundo en su abrazo, levitando en un bosque en penumbra, perdiéndome entre pieles cálidas y erizadas, confusas, sin saber dónde terminaba yo y empezaba su dulce feminidad.

Desperté recostado entre laureles, rodeado de nubes de algodón blanco, mi cuerpo repleto de cicatrices no batalladas, su voz cantando a lo lejos, engatusando con sus artes a otro amante al que atormentar con juegos tan complacientes como peligrosos. Una daga sobresalía de mi pecho tiñendo el tiempo de lenta muerte, indolora, casi placentera, cálido río devastador que cerraba mis párpados para devolverme al lugar del que me había rescatado. Se derrumbaron a mi alrededor los paisajes divinos y empezó a dibujarse el escenario de una cruenta guerra, una llanura en la que había recibido una puñalada hacía apenas unas horas, o quizá siglos,... qué más daba.

Estaré en Túnez hasta final de mes. Nos vemos en Octubre.

10 septiembre 2008

De madrugada

Estaba durmiendo y algo me ha despertado, ha sido un despertar suave, y tampoco me importa saber qué interrumpido mi sueño, porque a pesar del frío que hace fuera de la cama, entre las sábanas el calor de nuestros cuerpos ha subido la temperatura.

Silenciosa, disfruto de esta sensación tan peculiar, tu piel desnuda, tan cercana, sintiéndote rodeándome la cintura con los brazos, mientras tu respiración cálida se desliza por mi nuca. Me pego más a ti, y ahora puedo notar lo que me ha despertado, tu pene erecto roza mi trasero, y el deseo empieza a invadirme, humedeciendo levemente mi entrepierna. Me doy la vuelta y te beso suavemente al principio, mi lengua recorre tu cuello, me abrazas más fuerte, te estás despertando y te gusta la sorpresa.

Nuestras manos se buscan, se pierden en mi pecho, en tus muslos, arden. A medio camino entre la vigilia y el sueño, nos encontramos para fundirnos. Me penetras y te mueves despacio, pero la pasión nos corroe, y cada vez dejamos más atrás el letargo de la madrugada. Cambias tus besos por mordiscos y yo te araño la espalda, intensificas tus embestidas y acabamos llenando de gritos y gemidos el aire gélido de las 5 de la mañana.

Rendidos y sonriendo nos miramos tras el orgasmo, dispuestos a dormir un rato más... si nuestros cuerpos nos dejan.

15 julio 2008

Tu cuerpo

Este texto está dedicado a mi hermana, que tan amablemente se ofreció a ser mi modelo.

Me enredas entre las cuerdas de tus brazos; cuando ardiente me tientas con miradas que me electrifican.

Mi piel se eriza con el contacto de tus pestañas en mi nuca; cuando de noche te acercas, silenciosa, y rodeas con tus armas de mujer este cuerpo deseoso de ti.

Tu aliento me envuelve, seductor, caliente; cuando temblando acaricio las curvas de tu templo.

Y muero en cada beso que mis labios posan entre tus muslos, me condeno con cada movimiento de mi lengua, acercándote al exilio del dolor, descubriéndote y dejándote, indefensa, con los latidos de tu corazón acelerados y un brillo fugaz en tus ojos.

Penetro en ti con la dulzura con que el mar acaricia la playa, retornando siempre, una y otra vez, incapaz de abandonar tu imán, el suave color que desprenden tus ojos.