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12 agosto 2016

El apartamento

Me encontré a mí misma desnuda y tumbada sobre la cama, las nalgas descansando al borde del colchón, las piernas abiertas y los brazos relajados. Frente a mi, arrodillado en el suelo, él se hundía en mi sexo húmedo y deslizaba su lengua por él, serpenteando por mis labios y mi clítoris.

Todo había sido muy rápido, y a pesar de que mi mente se esforzaba en recordar cómo habíamos llegado a aquel punto, lo único que ocupaba mi pensamiento era deseo. Un deseo intenso, demoledor.

Sus manos, que hasta entonces se agarraban a mis caderas, se movieron para agarrar mis pechos. Los pezones reaccionaron erizándose y un suspiro de deleite escapó de mis labios cuando su lengua encontró el punto exacto y empezó a moverse más deprisa.

Acaricié su pelo, me incorporé un poco para ver la magnífica imagen, tantas veces soñada, de su cabeza enterrada entre mis piernas. Mi mente no acababa de creerse que aquello fuera real, pero mi cuerpo permanecía ajeno a mis cábalas y se dejaba llevar por el movimiento suave pero firme de culebra que me empujaba con fuerza hacia el orgasmo.

Sentí mi sexo palpitar, la excitación empapando su barbilla y mis muslos. Contuve el deseo de tenerle dentro y me dejé llevar para disfrutar de aquel momento mágico en el que sólo existía su boca.

06 abril 2014

La tormenta perfecta

El otro día tuve un arranque de inspiración, así que toca un breve paréntesis en la pausa del blog... Espero que os guste.

Mientras me besas deslizo mi mano por tu pecho, acariciando el hueco entre tus pectorales y parándome al sentir el latido de tu corazón en las yemas de mis dedos. Nuestras lenguas enredadas se exploran, y una corriente eléctrica recorre mi espalda. 

Como empujada por un resorte, acerco mis caderas a las tuyas y me fundo en nuestro abrazo. Tu excitación se clava en mi vientre, gimo y me pierdo en el erotismo del momento, en tus manos que me ciñen y me atraen más hacia ti.

El beso se hace más intenso, más febril, sujetas mis piernas y me levantas para que rodee tu cintura con ellas. Prendida de tu cuello, agarrando tu cabeza, me aparto un segundo para mirarte a los ojos y constatar que eres real. Cojo aire y me sumerjo de nuevo en tus besos. La pasión del momento me marea, y ni siquiera soy consciente de que me has llevado a la habitación hasta que me depositas suavemente sobre la cama.

Por un instante todo parece ralentizarse mientras me acaricias sin dejar de besarme, apoyándote ligeramente sobre mí. No tardamos en desnudarnos el uno al otro con prisa por sentir nuestras pieles tocándose.

Quiero besarte, pero me retienes y diriges tu lengua y hacia mi sexo, húmedo ya, arrancándome suspiros de placer que llenan el silencio. Arqueo la espalda y abro más las piernas para recibirte. Mis manos se pierden por tu nuca y tu cuello, debatiéndome entre pedirte que continúes o atraerte y besarte de nuevo. La duda se disipa cuando tus dedos entran en acción y serpentean, volviéndome loca. 

De nuevo vuelves a mi boca. Sabes a mí, y te saboreo, transmitiendo sin palabras lo excitada que estoy. Ahora soy yo la que te tumba en la cama y desciende por tu cuerpo hasta encontrar tu miembro erecto. lo acojo entre mis labios y me deslizo arriba y abajo mientras mis manos recorren tus muslos y tu pene al ritmo que marca mi boca. 

Dedico toda mi atención a la sensación de tenerte en mi boca, a mi lengua jugueteando con tu glande, a los sonidos de deleite que escapan de tu garganta. El mundo se diluye dejando solamente el olor a sexo y a sudor y tus roncos gemidos.

Te deseo tanto que no puedo parar, pero tú tienes otros planes y me paras. Vuelves a tumbarme sobre la cama, y esta vez no esperas, me penetras con firmeza, y al sentirte al fin dentro de mí, mi cuerpo te recibe con ansia y se contrae. 

Nos movemos al unísono, perlas de sudor se forman sobre nuestra piel a medida que el ritmo se incrementa. Es tal el placer que nos resistimos a que termine, y mordemos, arañamos, apretamos, jadeamos intensamente y sin control, como animales desbocados.

Abrazados, susurramos palabras que no saldrán de la habitación ni de nuestras mentes, y cedemos al orgasmo que nos sacude y nos deja rendidos y con una sonrisa en los labios.

26 junio 2013

Tormenta (Primera Parte)

Cuando salimos del local está empezando a llover, pero ambas llevamos dos copas de más y decidimos volver andando a mi casa. Vamos riéndonos, jugando a empujarnos, hablando sonrientes de lo bien que lo hemos pasado esta noche y de lo genial que es ese local de ambiente.

Las gotas de lluvia se quedan colgando de tu pelo y de tus labios, y todos los sentimientos reprimidos empiezan a burbujear dentro de mí. Definitivamente, me gustas más que como amiga. Quiero desnudarte y lamerte enterita.

En cuestión de minutos, la llovizna se convierte en una lluvia torrencial y corremos las dos manzanas que nos faltan, corriendo y gritando como adolescentes. Llegamos y entramos en el portal con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, mojadas de arriba a abajo. Nos miramos con la risa todavía prendida en nuestros labios y el tiempo se para.

Me acerco a ti y te acaricio la cara, acerco mi boca a la tuya sin besarte, sólo para sentir el calor de tu aliento, para provocarte el mismo deseo que arde en mi sangre. Aguantas tan sólo unos segundos, después me besas como si fueras un náufrago y yo tu isla desierta.

Subimos en el ascensor sin dejar de besarnos y mordernos, desabrochándonos la ropa empapada y dejando al descubierto trozos de piel erizada, subo tu camiseta y me lanzo a morder tus pezones erectos. Me agarras fuerte del pelo y llevas mi mano a tu entrepierna.

El ascensor llega a su destino y en un segundo hemos cerrado la puerta del piso detrás de nosotras. Respiro hondo y te beso una vez más. Quiero que esto dure toda la noche, así que te pido que me esperes mientras voy a por una toalla.

Continuará el próximo miércoles 3 de julio


19 junio 2013

El camarero

Estoy sentada en la terraza de siempre, mirando cómo las olas juguetean con la arena. Hace calor, y el hielo de mi tinto de verano se derrite rápidamente, aunque aquí, bajo la sombrilla, no se está tan mal. Además, puedo observarte ir y venir entre las pocas mesas ocupadas, con tus anchos hombros marcándose bajo esa camiseta roja.

Recorro tu cuerpo moreno de arriba abajo, deteniéndome un instante en tu trasero, justo cuando te agachas a recoger una chapa de coca-cola. Juraría que lo has hecho aposta, porque cuando vuelves a erguirte, me miras descaradamente, casi podría decir que me desnudas con la mirada. Creo que voy a derretirme, y que la temperatura ya no tiene nada que ver con el calor que siento. Recorro mis labios con la lengua... estás para comerte.

Atardece, los pocos clientes se van retirando, y sólo quedamos tú y yo, y nuestras miradas. Ahora estás detrás de la barra, limpiando para cerrar, y apagas las luces de la terraza. Me acerco a ti y te pido la cuenta, dirigiéndome después al baño. Me retoco el maquillaje, y tal y como esperaba, a los pocos segundos puedo ver tu reflejo esperando en la puerta.

Me doy la vuelta y te hago un gesto para que te acerques. No dudas ni un instante, me besas con toda la pasión de la que eres capaz y nos envolvemos en una guerra de lametones, gemidos y mordiscos, mientas me subes la falda y me levantas para sentarme en el lavabo. Hábil, saco un condón de mi bolso, que te colocas con un rápido movimiento para penetrarme un instante después.

El baño se llena de sudores y pasiones, de tirones, súplicas y de un sexo visceral y violento que nos lleva a ambos a la cresta de un orgasmo agotador.

Decididamente, el verano que viene repito.


La próxima historia, el miércoles 26 de junio.

22 mayo 2013

La sauna (Primera Parte)

Salgo del jacuzzi, me quito el bañador y me dirijo a la sauna. Entonces me doy cuenta de repente de que la gente ha ido abandonando el Spa, y que ya sólo quedo yo y un hombre que me mira desde el otro lado de la piscina. Es alto, fibroso, con una barba incipiente que decora sus pómulos marcados y unos ojos verdes profundos que se clavan en mí... Siento una punzada de deseo en el vientre cuando empezamos a andar los dos hacia la sauna.
Llegamos casi a la vez, y él se apresura para abrir la puerta y dejarme pasar, rozándome el brazo con su movimiento y haciéndome estremecer. Soy consciente de que la situación me excita, de que él tiene el cuerpo de un Adonis, y de que como se acerque y me provoque, me va a encontrar. Y eso también me excita, el saber que sería capaz de acostarme con un desconocido, en una sauna a la que cualquiera puede entrar...

Me quito la toalla de espaldas a él, la coloco sobre el banco de madera, quedándome totalmente desnuda y me doy la vuelta. Él sigue de pie en la puerta, sin moverse, con la toalla cubriéndole lo que parece ser una erección de lo más interesante. Yo, descarada y notando cómo se humedece mi sexo, me siento sobre la toalla y entreabro las piernas mientras me inclino hacia adelante, desafiante.

Es la señal que él necesitaba: se acerca a mí como un rayo y me besa con fiereza, inclinándose sobre mí y empujándome contra la pared. No puedo evitarlo, y un gemido escapa de mis labios.

Continuará el miércoles 29 de mayo...


08 mayo 2013

De aquí a la eternidad

Se acerca el verano, y con él, una fantasía que a muchos les atrae: el sexo en la playa. Aunque cada vez es más difícil encontrar un lugar tranquilo lejos de las masificaciones, si tenéis oportunidad, os lo recomiendo.

El sol nos calienta y las olas arrastran con ellas el calor de esta tarde de verano. Me besas y siento cómo me derrito entre tus brazos. Tu piel caliente contrasta con el agua fría que lame nuestros cuerpos. Rodamos por la orilla desierta, reímos, nuestras bocas juegan a ir y venir como la marea que nos acaricia, te provoco alejándome de ti sólo para venir a buscarte al instante.

Al fin te colocas sobre mí y nos miramos, risueños y con las respiraciones aceleradas, excitados por la proximidad de nuestros cuerpos y el miedo a que alguien venga a interrumpirnos. Te beso de nuevo con toda la intensidad de la que soy capaz, entreabro las piernas y te atrapo en mí. Te mueves con el vaivén de las olas, penetrándome hasta las entrañas y sin dejar de mirarme. Acompasamos nuestros movimientos al mar y olvidamos lo que nos rodea. Gimes, jadeo, y cuando llegas al orgasmo me besas con tanta fuerza que se me olvida respirar.


Minirelato inspirado en la escena de la playa de "De aquí a la eternidad", una escena que, aunque bastante "light", es también evocadora. "Nunca nadie me había besado así antes", murmura una emocionada Deborah Kerr a Burt Lancaster. La fotografía es un fotograma de esa misma escena.

La próxima historia, el 15 de mayo.

29 abril 2013

Sintiendo sin ver

La seda se desliza por tu rostro cuando te ato el pañuelo, y suspiras. Anticipas que será un juego divertido, a pesar de que no te suele gustar ponerte a mi merced. Sujeto fuerte la tela, no quiero que me puedas ver ni por la más mínima rendija.

Despacio, te voy desnudando, a la vez que me deshago yo también de mi ropa. Intento que mis movimientos sean lo más suaves posibles, para no descubrirte con los sonidos dónde estoy ni cual va a ser mi próximo movimiento.


Me acerco a ti y acerco mi boca a la tuya todo lo que puedo, pero sin tocarte. Respiro para que notes mi presencia, y tú estiras la cara para darme un beso. Pero la ventaja está de mi parte, y me retiro antes de que puedas alcanzarme. Después deslizo mi lengua por todos los lugares que se me ocurren: los hombros, las orejas, los pezones, el cuello, el ombligo, la barbilla... y al fin te beso, recibiendo toda el ansia que has acumulado.

Te abandono de nuevo para lamerte el sexo, despacio, disfrutando cada centímetro de piel ardiente y dura, recorriendo con mis dedos tus muslos, arañándote. Me siento a horcajadas sobre ti y te envuelvo en mi humedad, gimes desesperado, quieres tomar el control, así que me coloco erguida y dejo que te sientes y lleves el ritmo de la penetración, aunque la venda siga firmemente asentada sobre tus ojos.

Frenético, te mueves cada vez más deprisa hasta que el orgasmo te sacude y sin que me dé tiempo a replicar te deshaces de la venda y me miras jugetón:
- Tu turno.

La próxima historia, el martes 7 de mayo (voy a dejar de intentar publicar el domingo, pues está claro que nunca llego a tiempo)

21 abril 2013

Dedos suicidas


Te veo aparecer en la puerta del salón acompañada por el maître, y me quedo sin aliento. Estás espectacular.

Mis ojos te siguen, hambrientos, mientras recorres el restaurante: llevas un vestido negro hasta la rodilla que se ajusta sin apretar a cada una de tus curvas, unos zapatos de tacón, y esas medias con liguero que sabes que me vuelven loco.

Al llegar a la mesa, me levanto y me saludas con un suave beso en los labios, como un suspiro que me incendia, y retiro la silla de mi derecha. Al sentarme yo, nuestras rodillas se rozan. En cuanto el encargado se da la vuelta, tú cruzas las piernas y tu vestido trepa por tus muslos. Coges mi mano y la depositas suavemente en tu rodilla.

Y aquí es cuando pierdo el control de mi deseo, y mis dedos suicidas deciden adentrarse entre tus muslos, para descubrir la ausencia de ropa interior y el fácil acceso a tu ya húmeda entrepierna. Colocas el mantel cubriéndote la falda, y te masturbo despacio, mientras vamos bebiendo vino y manteniendo una conversación aparentemente normal. Pero bajo la mesa, arden los cimientos.

Los entrantes llegan y se van, picoteamos ausentes los primeros, me miras y coges una guindilla, sé que es el momento para acelerar el ritmo y confundir al personal acerca del rubor de tus mejillas. Mis dedos se vuelven locos, y puedo sentir cómo estrangulas mi mano cuando el orgasmo te sacude y tensas los músculos para evitar un gemido que sorprendería a todo el restaurante. La guindilla se desliza entre tus dientes, desciende por tu garganta, y yo me derrito.

La fotografía, de Leszek Kowalski.

La próxima entrada, el domingo 28 de abril.



14 abril 2013

El albañil curioso

Lamento el retraso, pero las vacaciones a veces tienen la facultad de desconectarnos tanto del mundo real, que necesitamos varios días para recuperar el ritmo. Pero vamos a lo que vamos, y comencemos nuestra historia...

La luz de la mañana del sábado entra por la ventana, sacándome de mi letargo. Entreabro los ojos, y a través de las persianas entreabiertas descubro que un albañil, encaramado a un andamio, me observa intrigado. Sus ojos verdes brillan y se dibuja en sus labios una sonrisa.

Tardo unos minutos en asimilar que los chicos que arreglan la fachada deben trabajar también en sábado, y le respondo con otra sonrisa. Me estiro, y de repente soy consciente de que duermo desnuda, y de que si salgo de la cama para cerrar la persiana o para vestirme, le voy a dar una vista completa de mi anatomía.

Me muerdo el labio, y le miro disimuladamente, esperando que se dé la vuelta. Lejos de eso, él me mira intensamente y se pasa una mano por el pelo. Sin saber muy bien por qué, me excita su interés, y me muevo un poco para dejar mi espalda al descubierto. Ahora no puedo verle, pero sé que me mira, y mis manos se dirigen a mi entrepierna sin que pueda pararlas.

Mi mente se llena de imágenes en las que él irrumpe en la habitación saltando por la ventana y colocándose tras de mí. Voy intensificando mis movimientos, y acabo dándome la vuelta para ofrecerle mis pechos, con los ojos entreabiertos para comprobar que sigue mirándome, luchando contra esa vergüenza que inflama mi deseo en lugar de hacerme parar. Abro las piernas, y me ofrezco a él mientras sigo masturbándome. Me gustaría que él también se tocara, pero la cercanía del orgasmo me nubla la vista y ya no distingo más que su silueta.

Respiro agitadamente, aumento el ritmo, deslizo mis uñas por mi pecho y me arqueo, abandonándome a la sensación de mi clítoris hinchado y los músculos tensos. Le imagino sobre mí, tomándome con furia, y un gemido escapa de mis labios cuando al fin alcanzo el clímax.

No puedo, no quiero, averiguar si sigue ahí. Con los ojos cerrados, sintiendo el sol en mi piel, intento relajarme y vuelvo a mi sueño poblado de ojos verdes.

La fotografía, de Jane Ros.

La próxima entrada, el domingo 21 de abril.



26 febrero 2013

Huellas en la arena - Relato 7

Como comenté en el relato inicial de huellas en la arena, estos relatos están basados en mis vivencias personales, y son independientes el uno del otro; no obstante, si la curiosidad te puede, puedes leer los relatos unodostrescuatrocinco y seis.


La nuestra fue una conexión inmediata. Cuando te conocí, sentí como si pudieras acariciarme sólo con mirarme. Clavaste tus ojos en mí y me sentí desnuda y ansiosa. Quería besarte, morder esos labios tiernos y jugosos, pero esa primera tarde, ni siquiera me tocaste, y nos despedimos con un simple gesto al aire. Pensé que nunca más volvería a cruzarme contigo.

Pero el destino es juguetón, y nos unió de nuevo, y esta vez nos sentamos el uno junto al otro. Tuve que controlarme para no abalanzarme sobre ti y me limité a juguetear con mi pelo, mordiéndome los labios en un gesto de divertida frustración, sonriéndote sin cesar, inclinando mis rodillas hacia ti y dejando que mi falda se levantara unos centímetros por encima de mi rodilla. Quiso la suerte que ese día llevara un vestido muy escotado, adornado con un pañuelo que escondía mis pechos, lo justo para provocar que cada movimiento mío para coger la cerveza o darle una calada al cigarro dejara al descubierto un trozo de piel suave que te atraía tanto como a mí me atraía tu boca.

La noche pasó entre risas, la gente fue abandonando la mesa y acabamos en un bar de esos que siempre están abiertos cuando uno más los necesita, y de repente la conversación se congeló en nuestras bocas, me besaste, enterraste tu lengua en mí y sentí como se liberaba toda la tensión, envolviéndonos en esa espiral de sobra conocida, que empieza con un cosquilleo en el bajo vientre y termina entre las sábanas de una cama al amanecer.

No te quedó nada por explorar de mi cuerpo, no me quedó ni un rincón de tu cuerpo por lamer. Y esta vez nos despedimos satisfechos y risueños, con la promesa otro posible encuentro.

Banda sonora: "Inta Eyh" de nancy Ajram (https://www.youtube.com/watch?v=X4ICDHjGImA)

La próxima historia, el martes 5 de marzo

La fotografía, de ЛЕНИН

19 febrero 2013

Bajo el sol

El sol de primavera les calentaba la piel, y el agua del lago las mecía suavemente. Ana propuso poner la sombrilla a un lado de la barca, y ambas se tumbaron debajo, completamente relajadas.

La mano de Elena se acercó suavemente a la de Ana, acariciándola, y se miraron. Casi sin darse cuenta, sus bocas estaban entrelazadas en un profundo beso, del que escaparon con las mejillas encendidas y el aliento entrecortado.

Con un gesto gatuno, Elena retiró el bikini de los pechos de Ana, dejando al descubierto sus pezones erectos y sus pequeños pero firmes senos. Besó la tersa piel y la recorrió con su lengua, perdiéndose en el dulce olor que el cuerpo desprendía. Se deslizó por el estómago, dejando un rastro de saliva junto a su ombligo, provocando que la piel se erizara.

Ana entreabrió las piernas y Elena deslizó los dedos entre sus muslos, se inclinó más y descubrió con su lengua el hinchado clítoris, el húmedo sexo palpitante, ansioso de caricias. Fue lenta como la tarde, explorando todos los rincones, sin vacilar nunca en el ritmo, y recibió el orgasmo de Ana con una sonrisa.

El beso que le dio después sabía como un trozo de cielo.

La próxima historia, el martes 26

La foto es de Fäulein, extraída de la selección de El Cultural

03 febrero 2013

Burbujas

Estoy tumbada en la bañera, el agua cubriéndome hasta los pechos y las burbujas cosquilleándome en los hombros.

Te agachas fuera, sobre la mullida alfombra, junto a mi cabeza, y tus manos se hunden en el agua caliente para pellizcar mis pezones. Tus labios recorren mi nuca mojada y me muerdes el cuello.

Suspiro, me relajo y entreabro las piernas para que te abras camino hacia mi sexo, rodeas mi ombligo y tus manos juegan con mi clítoris  Tu boca se cierne sobre la mía en un beso intenso, tus dedos me penetran y la humedad de mi entrepierna se mezcla con el agua y las burbujas.

Dibujas espirales que me acercan al clímax, arqueo la espalda y mis labios te reciben ansiosos. Muerdes mi barbilla, no abandonas el ritmo, me llevas lentamente hacia la locura. Mi deseo crece y se expande en ondas que remueven el agua, estallando en gemidos que quedan atrapados en tus besos. La tensión se acumula en mis músculos, apoyo los tobillos en los laterales de la bañera para que puedas meter tus dedos más profundamente. Me vuelvo loca con tus caricias, y cuando al fin el orgasmo me atenaza la garganta, me recibes con un abrazo en el que mis convulsiones se pierden.

La próxima historia, el 12 de febrero.

Acompañado con música de Marvin Gave. La fotografía, de Angel Place

27 enero 2013

A mí merced

Tras observar un rato a las dos bellezas morenas que se le ofrecían como sumisas, se dirigió a su habitación para ponerse más cómodo. Vestido sólo con un batín, volvió al salón y se sentó en un sillón para mirar con deleite las largas piernas y las curvas generosas que esperaban, sin impaciencia notable, sus órdenes.

Se recostó, y con un gesto, les indicó que debían quitarse los vestidos. Una se deshizo de su ropa pasándola por encima de la cabeza, estirando sus brazos y mostrando sus pechos desnudos, turgentes, que temblaron al liberarse de la prisión del vestido. Quedó en bragas y con las medias ciñéndole los muslos. La otra, en cambio, deslizó los tirantes por sus hombros y dejó que la tela resbalara hasta el suelo, descubriendo un body negro de encaje, que le ceñía las caderas y rodeaba sus tetas dejando los pezones al aire, desafiantes.

La mano del hombre cogió la mano de la más desnuda y la acercó a él, obligándola a agacharse frente a él. Descubrió su sexo erecto, y le ordenó que se lo metiera en la boca. Ella inició los movimientos expertos de la felación, disfrutando de que él la agarrara por el pelo y la guiara. Él llamó a la otra chica y la hizo colocarse a horcajadas sobre el sillón, de forma que su culo casi rozaba la cabeza de su amiga y él tenía a su disposición los dos oscuros pezones que sobresalían de la ropa interior. 

Le ordenó que no se moviera, y empezó a morder con ansia aquella piel que se erizaba con su contacto. La chica abrió la boca, emitiendo gemidos que parecían pequeños gritos, y él le dio un azote. Sabía que ella entendería que no debía emitir ningún gemido, y para asegurarse, mordió todavía más fuerte. Ella respiró fuerte, pero ningún gemido escapó de sus labios entreabiertos.

Mientras notaba cómo se acercaba el orgasmo, intercalaba los azotes en las nalgas de la chica que tenía delante con los tirones de pelo a la chica que seguía arrodillada, regalándole una sesión de sexo oral impresionante. El ritmo se acrecentó poco a poco, hasta que él no quiso aguantar más y estalló sin dejar de coger la cabeza de su sumisa, y mordiendo tan fuerte el pezón de la otra chica que al momento aparecieron seis marcas rosadas de dientes.

Por supuesto, eso le excitó más que todo lo que había ocurrido hasta ese momento...

La próxima historia, el 3 de febrero

Banda Sonora Recomendada: Je t'aime... moi non plus

Fotografía de Helmut Newton

Podéis encontrar más trabajos de Helmun Newton en Artsy.net


26 diciembre 2012

Tarde de Spa (Segunda y última parte)

Aquí podéis leer la primera parte de la historia.

Las manos de Jesús se acercan peligrosamente a mis pechos y siento cómo el deseo me recorre. Quiero que me toque. Es que es la primera vez que me dan un masaje y no sé si es normal que sus dedos se dirijan ahora hacia mi ombligo, acariciando mi vientre y deslizándose hacia abajo, pero me encanta.

Respiro hondo, cierro más los ojos, y trato de concentrarme en las yemas del chico, que presionan mis caderas contra la camilla. Su pecho está muy cerca de mi cara, me atrapa en su perfume, y yo sólo me dejo llevar por la música, sintiendo cómo sus manos se acercan a mis muslos.

Las suyas son unas caricias duras, fuertes, que me permiten notar cómo mis músculos se tensan y se relajan a su paso. Sin dejar de hablarme y de susurrarme que me relaje, se aleja de mi lado y se coloca junto a mis piernas. Sus manos suben ahora por mis rodillas, y en cuanto toca el interior de mis muslos mi cuerpo se arquea. No me dice nada, y yo centro mi atención en mi respiración. Un dedo juguetón se acerca a mi clítoris y juega con él durante un instante.

Me abandono sin pensar en las consecuencias de la situación, dejo que me acaricie, que introduzca sus dedos en mi sexo. Mi boca se abre ansiosa, tengo miedo de gemir, pero él lo soluciona acercándose a mí y besándome. No puedo evitar tensarme, mover mi cuerpo a su ritmo, dejando que la toalla se deslice y mi cuerpo quede expuesto ante él, que me susurra al oído que tengo un cuerpo delicioso.

Entonces empieza su recorrido de besos y lengua por toda mi anatomía. Me desorienta, y ya no sé si lo que se enreda en mis pezones es su saliva o sus dientes. Sigue jugueteando con sus dedos hasta que los sustituye por su boca hambrienta, que fogosa deja escapar una lengua impulsiva que me lleva hacia un orgasmo completamente alucinante, dejándome más relajada que nunca.

Voy a tomarme unos días de descanso, aprovechando que se acaba el año. Espero que tengáis una FELIZ Y SENSUAL entrada en el 2013. Nos vemos, con la próxima historia, el próximo 13 de enero de 2013.

Fotografía de Juan David Escobar

18 diciembre 2012

Tarde de Spa (Primera parte)

Llevo meses aguantando el estrés. El 90% de mi vida transcurre en torno al trabajo; incluso mis relaciones sociales tienen que ver con él... Pero no hoy.

Ayer decidí dedicarme un día a mí misma, desconecté el móvil y cerré el portátil, apagué el despertador y cerré las persianas. He dormido hasta que mi cuerpo ha dicho basta, me he levantado dejando que las sábanas se deslizaran por mi cuerpo desnudo, he tomado café y me he preparado para pasar la tarde en un Spa.

Los chorros de agua, el calor de la sauna y los vapores mentolados del baño turco han ablandado todos mis músculos. Para terminar la tarde, pido un masaje. La recepcionista me pregunta si deseo ser atendida por alguien especial. Miro las fotografías de los masajistas que están colgadas en la pared, junto a su nombre y su especialidad. Me decido por Jesús, un chico joven, moreno de piel y pelo, con unos ojos negros penetrantes, y la recepcionista me recomienda el masaje con aromas eróticos.

Dudo un instante, pero qué demonios, un día es un día, así que accedo y la chica me conduce a una habitación donde suena una música suave que no sé ubicar, tal vez algo hindú. La iluminación es cálida y suave, y la camilla está cubierta con sábanas burdeos. La recepcionista me indica que debo desnudarme y tumbarme boca arriba, con la toalla cubriéndome el cuerpo. Sigo sus instrucciones y ella me cierra los ojos y me coloca unos algodones con agua de rosas en los ojos. Enciende lo que supongo debe ser incienso y oigo cómo abandona la sala.

Al rato llega el masajista y me saluda con voz suave, y siento cómo se acerca a mí. Me indica que debo respirar hondo y relajarme, no pensar en nada....

Sus manos se posan sobre mis hombros y empieza a moverlas suave pero firmemente, siento cómo mis hombros se relajan en sus manos, respiro y el incienso entra en mis pulmones... Despacio, Jesús va bajando sus manos hasta el inicio de la toalla, sin parar de presionar con sus dedos, recorre las clavículas, se acerca hacia el esternón y sus manos se pierden por debajo de la toalla, cerca, muy cerca de mis pechos...

(Continuará el próximo 26 de diciembre de 2012)

09 diciembre 2012

Buscando inspiración

Recorro con mi lengua tu nuca... te saboreo. Miro cómo tu piel se eriza con el contacto húmedo de mis labios... te observo. Deslizo mi nariz por tu cuello aspirando el suave olor que desprendes... te huelo. Mis manos siguen la curva de tus muslos y se internan buscando tu sexo... te acaricio. Tu boca se entreabre y un suspiro escapa de tu garganta... te oigo.

Intento abarcar todo lo que tengo a mí alcance, tus reacciones, tu piel, tu contacto. Ansiosa te muerdo, te beso y te desnudo, y cada trozo de tu piel queda grabado en mi mente, anoto cada punzada que siento en la entrepierna cuando me acaricias y te agarras a mis pezones. Mis cinco sentidos están alerta, te disfrutan, te devoran. Mi mente se abre, te absorbe, y mi sexo te recibe impaciente.

Me penetras con un ritmo tan lento que incluso resulta doloroso. Suave, queriendo prolongar el placer todo lo que la noche nos permita. Y yo me dejo hacer, correspondiendo con mis caderas a tu vaivén, agarrándote del pelo para guiarte a mis pezones, que engulles hasta perder la respiración. El deseo te posee, y te mueves con él, sobre mí, dentro de mí, mientras tu pulgar me lleva cerca del cielo, al borde cristalino donde el orgasmo es casi inevitable. 

Y te detienes, vuelves a ralentizar el ritmo, sólo un instante, para que coja aire y pueda expulsarlo después con mis gemidos, llenando la habitación a la vez que mi cuerpo se tensa y se destensa en contracciones tan intensas que te conducen a ti también al orgasmo, hasta rendirte, sudoroso y agotado.

03 diciembre 2012

Fotografiándote

La sesión fotográfica empieza como tantas otras, con mi ayudante y yo preparando el estudio. Es una tarde de viernes, y el chaval tiene ganas de salir, así que una vez que hemos colocado los focos y los paraguas, le dejo que se vaya.

Miro el reloj y suspiro... otra modelo que llega tarde. No falla. Al fin aparece, y tengo que admitir que me quedo alucinado al verla. Se nota que ha llegado corriendo, la sangre se agolpa en sus mejillas y su respiración es acelerada, pero lo que más me llama la atención es su pelo, azul y completamente despeinado.

Le pido que se cambie deprisa, dejando entrever mi malhumor, y la observo mientras se desviste. No es pudorosa, y eso me gusta. Elige un vestido negro para empezar la sesión, y el contraste con su melena azul y su piel pálida es impresionante. Le pido que se quite el sujetador para evitar las marcas en la piel y ella lo desliza con gestos enérgicos, sin quitarse el vestido.

Me concentro, voy haciendo fotos y ella se va moviendo por el estudio. Me acerco para deslizar un tirante por su hombro, y ella se deja hacer, seduciendo a la cámara. Se baja el otro tirante, y empieza a actuar como si yo no estuviera. Se estira como un gato, se descalza y camina alrededor del estudio, acercándose a una ventana, mientras va dejando que el vestido se deslice por su cuerpo dejando sus pechos al descubierto.

Ya no me importa la luz ni la revista de moda para la que trabajo, sólo quiero capturar su esencia, ese algo de felino que provoca en mí una erección que me empuja y convierte mis vaqueros en un tormento. Me mira a través de sus largas pestañas y deja caer el vestido del todo. Se acerca a mí, y yo no puedo dejar de retratarla mientras se acerca, me roza el hombro a su paso y se tumba en el sofá.

Empieza a acariciarse lentamente y yo me pierdo en sus manos, en su sexo húmedo. La cámara queda inerte, sólo puedo mirarla y disfrutar de sus gestos. Sus dedos rozan su clítoris, sus muslos, se pierden en su interior, y yo sigo inmóvil, sin salir de mi asombro. Sigue tocándose y provocándome hasta que llega al orgasmo con un gemido suave. Cuando su respiración se normaliza, se levanta, se acerca a mí y me dice:

- Creo que no has hecho demasiadas fotos. Voy a por otro vestido.

Fotografía de Elizabeth Zusev


08 noviembre 2012

La habitación de al lado (Cuarta parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte y la tercera parte de la historia.


Estoy tumbada sobre tu cama, expectante, con las piernas abiertas y las manos sobre la cabeza. Debido a mi postura, la falda me cubre sólo parcialmente, dejando a la vista las medias, el liguero, y parte de mi sexo. Siento cómo la vergüenza tiñe ligeramente mis mejillas. Tú sigues de pie, observándome mientras te liberas de la camiseta y miras a tu alrededor... ¿buscando qué?
- Cierra los ojos.
Y yo me abandono agradecida de poder evitar tu mirada sobre mi piel. La vergüenza se diluye en una nueva sensación, la de la expectativa. Siento cómo me atas las manos con ¿un pañuelo? ¿una corbata? y luego las estiras para fijarlas al cabecero de la cama. Siento que te alejas de nuevo.

Ahora te inclinas sobre mí desde los pies de la cama y con un rápido movimiento me estiras desde los tobillos, tensando mis brazos para que no pueda moverlos. Sigues con un dedo el perfil de mis medias, subes por mis muslos, tiras y sueltas el elástico del liguero, y yo adelanto un poco las caderas.
- Quieta.
Tu voz es suave como un susurro, pero a la vez es potente como si una mano invisible me retuviera contra el colchón. Contengo la respiración mientras tu dedo roza suavemente mi pubis.
- Voy a desnudarte, quiero verte las tetas.

Con un par de movimientos rápidos, coges mi top y lo deslizas hacia arriba, por mis brazos, hasta dejarlo sobre las ataduras de mis manos. Juntas mis piernas para librarte de mi falda, pero vuelves a abrirlas, estirándolas. Mi imaginación se desborda al imaginar cómo me ves ahora mismo, vestida tan sólo con las medias y el liguero, completamente abierta y con las manos atadas. Intento deleitarme con esa sensación, pero tu voz me interrumpe:
- Mírame.

Te encuentro de rodillas entre mis piernas, erecto, y de nuevo el rubor tiñe mis mejillas.
- No dejes de mirarme - dices mientras coges mis tobillos y me obligas a flexionar las piernas. Apoyas levemente tu peso sobre mis piernas y conduces tu sexo hacia el mío, que te espera, mojado y palpitante desde que me dejaste tan cerca del orgasmo. Me torturas un poco más, esperando un momento antes de penetrarme de repente, con un sólo movimiento, hasta el fondo, y pese a todos mis esfuerzos no puedo retener ese gemido que escapa de mis labios, la corriente de placer que me obliga a arquear la espalda y, por un instante, dejar de mirarte.

Cuando mi mirada vuelve a ti me estremezco. Una expresión lasciva cubre tu rostro, y tu voz, tranquila y grave, abre un mundo nuevo para mí:
- Me has desobedecido. Te dije que me miraras. Voy a tener que castigarte.


(Continuará el próximo lunes 12 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place


27 octubre 2012

La habitación de al lado (Segunda parte)

Te recomiendo leer primero la primera parte de la historia.

A medida que aumentas la intensidad de tus caricias yo siento como todos los músculos de mi ser se tensan en el camino hacia el delirio; lo único que me mantiene en pie a pesar del ligero temblor de mis piernas es el miedo a que pares. Pero eso importa poco, porque tú no estás dispuesto a que todo termine tan pronto, y te separas de mí antes de que mi orgasmo sea inevitable.

Gimo y te miro a los ojos con una mezcla de furia y súplica, pero tu mirada congela las palabras en mis labios. Sin decirme nada, me coges por las caderas y me das la vuelta a la vez que con una mano me obligas a inclinar un poco el cuerpo hacia adelante, de forma que quedo totalmente expuesta a ti. Tu lengua se desliza por mis nalgas hasta mi sexo, mientras tus manos se dirigen a mis pechos y se agarran a mis pezones, estirándolos y girando, apretando mis senos y provocando que toda la piel de mi espalda se erice.

Abandonas mis pechos para deslizar una mano hasta mi pelo y sujetarlo con firmeza, echando mi cabeza hacia atrás, forzando la curva de mi espalda y haciendo mi respiración más superficial. Guías la otra mano a mi sexo y jugueteas con tus dedos entrando y saliendo, mordiendo mis nalgas en el punto justo en el que mis muslos acaban, junto a las sujeciones del liguero, llevándome a la línea fronteriza entre el dolor y el placer.

Noto cómo me acerco cada vez más al orgasmo, mi corazón late más deprisa y me siento mareada de ansiedad... De repente me abandonas y quedo suspendida justo antes de la liberación, con todos los músculos tensos y la impresión de desamparo extendiéndose por todo el cuerpo. Cuando estoy a punto de darme la vuelta para pedirte explicaciones, tu voz vuelve a hacerme temblar:
- Date la vuelta y arrodíllate frente a mí.
Olvido mi rencor cuando me doy la vuelta y me encuentro con tus ojos oscuros, tu rostro conteniendo la excitación, y se me escapan las palabras cuando me arrodillo frente a tu miembro, todavía preso de tus vaqueros:
- Sí, amo.

(Continuará el próximo jueves 1 por la noche)

Fotografía de Angel Place


23 octubre 2012

La habitación de al lado (Primera parte)

No sabría explicar lo que me ha traído frente a tu puerta. Tal vez el silencio sepulcral de la casa vacía, el saber que sólo estamos tú y yo, o puede que la mirada que he notado sobre mí cuando has llegado a casa haya sido suficiente para encender mi deseo.

Apoyo suavemente la mano en la puerta entornada y empujo despacio. Lo primero que veo es tu cama, y a ti sentado en ella, mirándome sin parpadear. De repente, me siento tímida, y bajo la mirada, iniciando un gesto de retirada, arrepentida. Pero tú no tienes intención de dejarme marchar, y con voz queda y gutural pronuncias una sola palabra:
- Acércate.

Siento un pinchazo suave en la entrepierna y me apresuro a acercarme con paso felino, notando cómo la excitación crece en mi interior cada vez que mis zapatos de tacón resuenan sobre el parqué. Cuando estoy a medio metro de ti, sin levantarte, me coges por la cintura y me sitúas frente a ti, de modo que tu nariz queda a la altura de mi ombligo.

Tus dedos reptan por mis muslos y levantan mi falda hasta arrugarla en torno a mi cintura. Mi respiración se acelera cuando me atraes un poco más hacia ti y empiezas a besarme el vientre, desde el ombligo, siguiendo la línea de mis caderas hasta las medias, sujetas por un liguero, mientras tus manos se pierden en mi trasero.

Quiero agarrarte del pelo, pero levantas la cabeza y me miras, y de nuevo tu voz, intensa y cargada de deseo, hace vibrar todas las fibras de mi ser:
- No te muevas.
Con un gesto rápido, me bajas las braguitas y pierdes tu nariz en mi sexo húmedo, gimiendo y lanzando tu lengua hacia adelante a la vez que acercas mi trasero a tu cabeza, para acariciar mi clítoris muy despacio, en círculos, mientras yo me dejo llevar por una espiral lenta y de dolorosa expectativa.

(Continuará el próximo domingo 27 por la tarde)

Fotografía de Angel Place