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01 agosto 2013

Detenida (Tercera y última parte)

Este relato erótico está basado en una fantasía de una lectora. Aquí podéis ver la primera y la segunda parte.

El agente Beckett la penetró rítmicamente durante un par de minutos, dejando escapar gruñidos de placer y agarrando con fuerza sus nalgas, de forma que ella podía sentir sus dedos clavándose con fuerza en la carne. Hacía ya un rato que no era dueña de si misma ni de su cuerpo, que excitado humedecía el sexo erecto del agente.

Cuando Miller abandonó la oscuridad de detrás del espejo y entró en la habitación, Beckett la agarró del pelo y le giró la cara para que pudiera verle. Se inclinó sobre ella hasta que su cuerpo estuvo pegado a su espalda, y con movimientos firmes condujo su pene a su trasero.

Miller se acercó, pero ni siquiera la tocó, sólo la miró más de cerca, disfrutando con una sonrisa de los gestos con los que ella intentaba disimular su excitación. El agente Beckett empezó a penetrarla por detrás muy despacio, hasta introducir todo su miembro, y antes de moverse, empezó a masturbarla. Le susurraba cosas incomprensibles al oído, frases en un idioma desconocido, y acariciaba su clítoris a la vez que se movía buscando su orgasmo.

Ella no podía evitarlo, la visión de Miller de pie, frente a ella, con el miembro aprisionado en sus pantalones, y las embestidas de Beckett, cada vez más rápidas, fueron más fuertes que su voluntad, y acabó corriéndose mientras se mordía el labio para no gritar. Su orgasmo provocó espasmos que condujeron a Beckett a su propio clímax, derramándose y dejándose caer sobre ella.

Fotografía de angelplace.com

24 julio 2013

Detenida (Segunda Parte)

Aquí podéis leer la primera parte del relato erótico. Está basado en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail, ya sabéis que si tenéis alguna historia o fantasía picante que queréis ver reflejada en el blog, sólo tenéis que contactar conmigo.

El agente Miller notaba su erección empujando los vaqueros mientras observaba a Beckett, su compañero, obligando a la detenida a levantarse y apoyarse contra la mesa de interrogatorios. Ella se revolvía, pero eso sólo conseguía que Beckett se excitara más.

La colocó de forma que su torso y sus pechos quedaban aplastados contra la mesa, las manos esposadas a la espalda, y su culo alzado en pompa, justo a la altura de su miembro completamente duro. Con movimientos rápidos, esposó cada uno de los pies de la chica a las patas de la mesa, y tirando de sus brazos hacia atrás, le levantó la falda, dejando al descubierto el liguero y el tanga, y empezó a masturbarla. Pese a sus gritos ahogados y a sus protestas, pronto comenzó a excitarse: su cuerpo la estaba traicionando.

Durante unos minutos, Beckett intercaló las intensas y duras caricias en su clítoris con las palmadas en el trasero, y a medida que su piel se iba enrojeciendo, ella se debatía entre seguir luchando por liberarse o entregarse sin reservas al placer que sentía. El agente no paraba de decirle cosas soeces, gritándole que se callara, y ella seguía hipnotizada por su propia imagen en el espejo de la sala, intentando imaginar quién podía estar mirando.

Deseó que esa persona tras el cristal fuera un hombre, imaginó que entraba y la obligaba a lamer su miembro, se excitó trazando mentalmente la sensación de un sexo grande y duro en su boca y a Beckett penetrándola con fuerza. Por eso, cuando al fin Beckett la penetró sin previo aviso, lo que salió de su garganta no fue un grito de inconformismo, sino un gemido de placer...

La continuación de la historia, el próximo miércoles 31 de agosto


Imagen de @CoffeTableSex

17 julio 2013

Detenida (Primera Parte)

**Esta historia está basada en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail.


Llevaba una hora sentada en la sala de interrogatorios, y empezaba a impacientarse. Las esposas que la mantenían atada a la silla se le estaban clavando en las muñecas, y no entendía por qué sus pies también estaban atados a las patas de la silla, de forma que se veía obligada a hacer fuerza para mantener las rodillas juntas y que no se le viera la ropa interior.

Cuando el policía entró, ella empezó a quejarse con insistencia, pero una bofetada del agente la hizo callar y mirarle fijamente. Afirmó que ella haría todo lo que él quisiera, sin rechistar, y acto seguido le cogió del pelo y echó hacia atrás su cabeza, besándola con furia.

Deslizó su mano por la camiseta y la subió de un tirón, dejando al descubierto su sujetador. La seguía besando con violencia mientras le manoseaba las tetas, pellizcándole con fuerza los pezones. Ella se revolvía, pero cada movimiento dejaba más al descubierto sus muslos, y le enrojecía las muñecas.

Él se retiró un poco y le susurró al oído que aquello acababa de empezar, que iba a saber lo que era bueno, y acto seguido se irguió y sin soltar su cabellera, se desabrochó los pantalones y los bajó hasta la mitad del muslo, dejando que su pene erecto rozara su mandíbula. Con un movimiento firme, guió su boca hasta la punta de su miembro, y lo introdujo lentamente, empezando un vaivén cada vez más rápido.

Ella tenía la cabeza completamente aprisionada, y sentía cómo el sexo del policía se endurecía cada vez más, mientras no podía quitar la vista del espejo de la otra sala, donde imaginaba había alguien observando la escena.

No se equivocaba, pues al otro lado, el agente Miller miraba cómo su compañero se aprovechaba de la detenida, esperando el momento preciso para intervenir.

Continuará el próximo miércoles 24 de julio

La fotografía, de Christopher Vaughan

08 mayo 2013

De aquí a la eternidad

Se acerca el verano, y con él, una fantasía que a muchos les atrae: el sexo en la playa. Aunque cada vez es más difícil encontrar un lugar tranquilo lejos de las masificaciones, si tenéis oportunidad, os lo recomiendo.

El sol nos calienta y las olas arrastran con ellas el calor de esta tarde de verano. Me besas y siento cómo me derrito entre tus brazos. Tu piel caliente contrasta con el agua fría que lame nuestros cuerpos. Rodamos por la orilla desierta, reímos, nuestras bocas juegan a ir y venir como la marea que nos acaricia, te provoco alejándome de ti sólo para venir a buscarte al instante.

Al fin te colocas sobre mí y nos miramos, risueños y con las respiraciones aceleradas, excitados por la proximidad de nuestros cuerpos y el miedo a que alguien venga a interrumpirnos. Te beso de nuevo con toda la intensidad de la que soy capaz, entreabro las piernas y te atrapo en mí. Te mueves con el vaivén de las olas, penetrándome hasta las entrañas y sin dejar de mirarme. Acompasamos nuestros movimientos al mar y olvidamos lo que nos rodea. Gimes, jadeo, y cuando llegas al orgasmo me besas con tanta fuerza que se me olvida respirar.


Minirelato inspirado en la escena de la playa de "De aquí a la eternidad", una escena que, aunque bastante "light", es también evocadora. "Nunca nadie me había besado así antes", murmura una emocionada Deborah Kerr a Burt Lancaster. La fotografía es un fotograma de esa misma escena.

La próxima historia, el 15 de mayo.

15 enero 2013

Cena con cuatro sentidos

Espero que sepáis perdonar mi retraso de dos días en publicar :)

Estoy sentada en la mesa completamente desnuda. Sobre mis ojos siento el encaje que me impide ver, y en mi pecho, el frío acero de las cadenas que me mantienen atada a la silla con las manos inmóviles. De fondo, una música suave que cubre con sensualidad los movimientos de mis dos anfitriones.

El juego promete ser divertido, así que me relajo, aunque es por poco tiempo. Siento una presencia detrás de mí, y unas manos que acarician mis hombros, bajando lentamente y deteniéndose en mis pezones. Los pellizcos son suaves, y ahora alguien más acerca a mis labios un trozo de comida. Huelo la salsa, picante, y mis labios se entreabren.

La lengua y los labios me escuecen e intento tragar rápidamente, casi al instante, unos labios se unen a los míos y me pasan un cubito de hielo, frío, que rueda por nuestras lenguas y abandona de nuevo mi boca. El  ardor del chili no se desvanece, y el primer hombre sigue estimulando mis pezones, pero ahora mucho más fuerte, y no puedo evitar gemir con fuerza a la vez que el hielo, en manos de mi segundo anfitrión, se desliza por mi vientre y recorre mi sexo.

Echo la cabeza hacia atrás, decidida a abandonarme al placer de sus dedos fríos penetrándome, pero la boca del primero me atrapa, me muerde los labios. Gimo más fuerte y abandona mis pechos, los dedos juguetones abandonan mi entrepierna y ya no sé quién hace qué, sólo noto una lengua sobre mi clítoris y chocolate ardiendo derramándose por mi boca y por mi pecho. Lamo un pene duro que me penetra hasta la garganta, noto las corrientes del orgasmo acercándose y deteniéndose cuando él para. Me remuevo en la silla a pesar de que mi cabeza está firmemente sujeta por unas manos fuertes que me agarran el pelo de la nuca.

Algo entra en mi sexo con delicadeza. No sé lo que es, pero muevo las caderas para que entre más adentro. Siento el sabor amargo de mi amante y sus contracciones en la boca, siento sus besos y luego se coloca tras de mí para seguir masturbándome. El otro ocupa su lugar y me deja juguetear con mi lengua, a lo largo de su miembro, por su escroto, hasta que mis labios se cierran en torno a él y empiezo a moverme adelante y atrás, disfrutando al sentirle tan duro como el miembro falso que me penetra sin cesar. No tarda en dominarme la furia del orgasmo, y es tan fuerte que no soy consciente, entre gemidos y escalofríos, de que mi otro anfitrión también se ha corrido, dejándome en la lengua el sabor del sexo.

La próxima historia, el 27 de enero...

La fotografía, de Marc Lagrange

26 noviembre 2012

Tu amigo

Me susurras al oído que estás deseando hacerme el amor mientras tu amigo nos mira. Me ruborizo, ¿cómo lo sabes? Pensé que había disimulado bien la atracción que me produce... Clavo mis ojos en los tuyos, esperando encontrar enfado, burla tal vez, pero lo que veo supera mis expectativas: me miras con ansia, con un ardor desconocido, y sí, también con súplica.

Ronca por la sorpresa, consigo susurrar un "¿por qué?" que suena más a disgusto que a curiosidad. Tus ojos se abren un instante, puedo sentir cómo tu respiración se acelera y tu mano aprieta ligeramente la mía. Temes que te diga que no.

- No lo sé... por favor...
Y me doy cuenta, asombrada de nuevo, de que no sabes que tu amigo me gusta. Por un instante fantaseo con la idea de confesarte que no quiero que sólo mire, que deseo que me posea con furia, sobre la mesa del comedor, pero me arrepiento y decido concederte el capricho.

En lugar de contestarte, deslizo mis manos por tus muslos hasta tu miembro, acariciándote sobre la ropa y cerrando los ojos para abandonarme a las caricias. Me concentro en mí misma y desabrocho varios botones de mi camisa, dejando al descubierto mis pechos desnudos. En estos momentos agradezco nuestra costumbre de no ponernos ropa interior si vamos a quedarnos en casa. Tu polla crece, aprisionada por los pantalones, y yo abro ligeramente los ojos, para descubrirte mirándole mientras él me mira.

Con la habilidad que me da la experiencia, te desabrocho los vaqueros, liberando tu erección, y me coloco sobre tus rodillas, dándole la espalda a tu amigo. Levanto mi falda y dejo que la camisa se deslice por mis hombros, y tú mueves las caderas para facilitar la penetración. Cierro de nuevo los ojos, y empiezo a moverme despacio, disfrutando de la sensación de unos ojos nuevos taladrándome.

Tú suspiras sin parar de mirarle, le haces un gesto y él se acerca. Ahora puede ver el vaivén de mis pechos y mis manos deslizándose hacia mi clítoris, buscando el orgasmo. Mis movimientos son cada vez más rápidos,  te agarras a mis pezones, y cuando te siento a punto de explotar, contengo el ritmo hasta llegar a tu altura. En ese momento abro los ojos y me abandono al orgasmo sin parar de moverme, mirando a tu amigo y sintiendo cómo su excitación me acaricia a la vez que tus manos.

01 mayo 2012

Cerca de ti

Hoy me ha vuelto a pasar. Te has vuelto a colar en mis pensamientos justo cuando mi cuerpo desnudo tocaba las sábanas.

He imaginado tu aliento en mi nuca y casi he podido sentirlo, mi piel se ha erizado ante un contacto inexistente y mis pezones se han endurecido al instante. No puedo atar mi mente cuando tú te introduces así en ella, y mis manos obedecen el recuerdo de las tuyas sobre mi vientre.


Mis dedos se han deslizado como si fueran los tuyos, recorriendo mis pechos y apretándolos, subiendo hasta mis labios para humedecerse para perderse después entre mis piernas. En mi mente, yo estaba a cuatro patas y tú me susurrabas al oído lo mucho que te gustaba mi cuerpo mientras me penetrabas con fuerza. En mi cama, los sudores aumentaban y mi espalda se arqueaba.

El deseo controlaba mis movimientos, que cada vez eran más intensos y rápidos, hasta que he tenido que morderme la mano para no gritar en voz alta tu nombre y llenar de desconcierto la realidad. Con los ojos cerrados, ha sido tu mano la que se posaba sobre mi boca, y en lugar de mis dedos, era tu pene el que se movía con soltura entre mis muslos. Eran tus manos las que acariciaban mi clítoris dilatado hasta llegar al orgasmo y sumirme en un estado de trance entre la vigilia y el sueño. Más cerca de ti que nunca.

28 noviembre 2011

Lilith

Lilith era consciente de que su nombre había sido casi eliminado de las escrituras. Era una mujer decidida, con un aire de determinación que provocaba que hombres como Adán la odiaran y prefirieran a una sumisa Eva creada a partir de su costilla, incompletas. No, ella no quería ponerse bajo el cuerpo masculino y dejar que él la aplastara con su cuerpo contra la tierra, aprisionándola. Y por eso se alejó de él.


La pelirroja, de amplias caderas y generosos senos, huyó del paraíso, condenando a Adán a sufrir en silencio por el abandono y el orgullo herido. Y Lilith, en compañía de Asmodeo, descubrió el sexo de igual a igual.

La sangre femenina hirvió la primera vez que yacieron juntos. Ella, dominada por la excitación que el joven le provocaba, se entregó a sus más ardientes anhelos, recorriendo la piel que se le ofrecía con la lengua, bordeando el ombligo sin apellas vello y descendiendo hasta el miembro de Asmodeo, que se erguía hacia el cielo. Le lamió primero, para introducirlo luego en su boca y disfrutar recorriéndolo de arriba a abajo, hasta que sintió que él estaba cerca del orgasmo. Subió de nuevo en busca de sus labios, y le besó con furia lujuriosa. Asmodeo le suplicó entonces que le dejara satisfacerla, y conteniendo su pasión, lamió, mordió y besó los pechos de Lilith, cuya respiración se aceleraba por momentos.

Él no dejó de acariciarle el pelo mientras descendía hasta su sexo y se perdía entre las tibias humedades de su amante, moviendo su lengua en círculos, sorbiéndola, mordisqueándola suavemente, acercándole a la cumbre que nunca había alcanzado con Adán. El cuerpo de Lilith no tardó en responder, y llegó al orgasmo con la espalda sudada y las piernas temblorosas. Luego Asmodeo se sentó y ella se abalanzó sobre él, y cabalgaron juntos hasta que la luna se escondió tras las montañas, y el sol salió entre gemidos que dejaban las gargantas secas y los corazones desbocados.

Más información sobre Lilith en la Wikipedia

16 septiembre 2011

Luna llena


Los dos estaban tumbados en la cama, con el calor acumulándose bajo las sábanas, mientras la luna se filtraba a través de las persianas, iluminando la espalda masculina. Ella abrió suavemente los párpados, consciente de repente de su piel rozando el cuerpo de su amante. Involuntariamente, se movió un poco, lo justo para que sus pezones erectos se pegaran al pecho de su pareja. Él, ajeno al deseo que provocaba, seguía durmiendo mientras ella deslizaba despacio la mano por su espalda, su pecho, sus muslos... Con mucho cuidado, pero deseando en el fondo que él abriera los ojos, se dio la vuelta y pegó sus nalgas a la entrepierna de él, sintiendo cómo reaccionaba a las caricias que ella le había dado.

Estaba muy excitada, y empezó a masturbarse, intentando no moverse demasiado, para no despertarle. Cerró los ojos con fuerza e imaginó que él le cogía la cintura, apretándola contra sí y penetrándola desde atrás, mientras le acariciaba el pecho como sólo él sabía hacerlo. Sentía cómo se aceleraba su respiración, y abrió la boca con la intención de que no se oyera tanto. Su cuerpo empezó a contraerse, y miró a la luna mientras sentía acercarse el orgasmo.

De repente, sus dedos se multiplicaron. La mano de él se coló junto a las suyas y empezó a moverse; su lengua se deslizó por el cuello femenino, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Ella arqueó la espalda y se dejó llevar al orgasmo mientras deslizaba sus dedos por el pelo de él, agarrándose más fuerte cuando sintió las oleadas de placer invadiéndola. El último gemido se disolvió con un beso, y ambos volvieron a dormirse, dejando que la luna llena acunara sus sueños.

16 abril 2010

Al despertar

Abro los ojos lentamente, me revuelvo en la cama, inquieta, las sábanas están enmarañadas A mi lado un hueco en la almohada, iluminado por el sol de mediodía, me revela tu ausencia; respiro profundamente, y noto como la seda envuelve los arañazos de mi espalda, se filtra entre mis muslos y los acaricia. Siento tu sabor amargo, los labios inflamados, el dolor en las ingles, los músculos agarrotados. Recorro con los dedos las marcas de sexo que has dejado tatuadas en mi cuerpo; te echo de menos y pienso: que todavía quedan horas hasta que vuelvas, y conviertas el beso tierno de bienvenida en un intenso vaivén de lenguas, y me lances con furia sobre el lecho aún revuelto, y me ates las manos a la espalda, y me cojas del pelo para morderme el cuello, y me hagas tuya con la furia de un huracán desmedido. Mi cuerpo dolorido reacciona a tu recuerdo y al anticipo de otra guerra de cuerpos desnudos; no puedo, no quiero esperar. Con prisa me levanto para preparar mis armas, mientras mis manos teclean un mensaje en el móvil:
"Aún hay supervivientes en el campo de batalla"

19 marzo 2009

A por mi fantasía (Parte 3 y final)


Qué electrizante me parece tu piel, la comparo con aquel jersey de lana que atraía con electricidad estática mi pelo, pero que seguía poniéndome por cómo me mirabas cuando lo llevaba al despacho. Eres tan sexy que te besaría sin parar hasta que no me quedaran fuerzas ni para suspirar, ahí sentado, tratando de mantener la compostura y la distancia, quizá planteándote con desespero carnal las mismas escenas que yo me invento: de rodillas frente a ti, bajando suavemente la cremallera que encierra tu deseo, acariciándote lentamente por encima de la ropa, sin dejar de mirarte a los ojos, paseando mi lengua por mis labios para anticiparte mi siguiente movimiento,...

Sé que no me engaño, que tras tu fachada distante se esconde la morbosidad y el anhelo, el ardiente propósito de seducirme y sumergirme en un baño de lujuria incontenida; sé que no son divagaciones, que me observas cuando crees que no te veo, que te acercas un centímetro más de lo debido, que te apetece revolverte conmigo en un mar de sudores y escalofríos,...

No puedo ir más allá, te levantas y comentas que esperas una llamada. Es la señal de alarma, la pared que interpones cuando sientes que estas demasiado cerca de la línea que deseas cruzar. Y yo, de nuevo, claudico y salgo por la puerta con una sonrisa tímida y triste en los labios. Quizá la semana que viene, cuando venga a entregarte mi próximo informe, pueda diluir esa frontera.

04 marzo 2009

A por mi fantasía (Parte 2)



No sé muy bien lo que estoy haciendo aquí; ayer por la noche, después de elevarme al cielo pensando en ti, me parecía muy buena idea acudir a tu despacho... pero nada está saliendo de acuerdo con ninguna de las situaciones que me había planteado y para las que tenía una respuesta preparada.

No sé qué decirte para que abandones tu trono más allá de la mesa y te acerques a mí, la opción de acercarme yo me parece demasiado descarada; opto por preguntarte qué opinas sobre mi último informe y, por fin, me invitas a ver algo del papel que reposa frente a ti; decido dejar mi timidez sentada en la silla y me acerco sugerente, hasta situarme a tu lado e inclinarme hasta que la camisa que cubre mis pechos se entreabra y mi brazo roce tu hombro.

Ahora puedo notar tu turbación, la piel erizada de tus antebrazos, la vacilación en elegir las palabras, y las miradas de soslayo que diriges constantemente más allá de mi cuello. Me deseas, te deseo, te imagino tomando mi mano entre las tuyas y besándome salvajemente, apartando sin delicadeza las cosas de la mesa y lanzándome sobre ella... Pero sigues ahí, incapaz de dar un paso más, como yo, atados por lazos invisibles que no podemos arrancar.

(Continuará)

16 febrero 2009

A por mi fantasía (Parte 1)


Toco a la puerta y espero impaciente a oir tu voz al otro lado permitiéndome la entrada a tu santuario.

- Pasen

Tu voz suena ardiente y madura, como siempre, cálida y provocativa; y yo, sintiendo los latidos de mi corazón acelerarse y con mil mariposas en mi estómago, agarro el pomo y empujo suavemente, deslizándome tímida y mirándote de reojo en el despacho.

- Ah, eres tú, ¿qué te trae por aquí?

Has cambiado el tono, y percibo la nueva entonación, ligeramente más suave. Sonríes y me miras sin pudor.

- Acércate, vamos, no me dirás que te asusto

A mi mente acuden todas las fantasías que he tenido sobre este encuentro, se agolpan y me sonrojan, pero ahora estoy aquí, así que te miro mientras ruego que disciernas lo que estoy pensando y te lances a mis labios.

- ¿Cómo va todo? ¿algún problema?

- No, simplemente pasaba por aquí y pensé en venir a verte...

- Me alegra verte - te levantas y te acercas a mí extendiendo tus manos hacia mis hombros, contengo la respiración, tenso los músculos e inclino la cara hacia un lado. Recuerdo aquellos sueños en que me tomabas bajo una lluvia cálida de verano, tu lengua recorriendo mi vientre y la lluvia goteando por tu espalda...

- ¿Te cuelgo la chaqueta?

- Sí, por supuesto - esbozo una mueca que pretende ser una sonrisa y dejo que me quites la chaqueta; y mientras tomamos asiento uno a cada lado de el viejo escritorio voy pensando que esto va a ser más difícil de lo que pensaba...

(Continuará)

25 enero 2009

Qué se le va a hacer


Me pones. Qué se le va a hacer si mis labios se entreabren, húmedos y palpitantes, a la espera de ese beso que sé que será desgarrador. Mi cuerpo se anticipa al calor del tuyo; le espera como agua de mayo, para que venga a calmar mi sed. No provoco esa calidez que se expande desde el epicentro de mis muslos hasta el alba cálida de mis muslos hasta el alba cálida de mis pezones erectos. Ansiosos por que los toques, apenas el roce de la camisa les desata, en mi entrepierna la embriagadora ansia de tu sexo amigo; amante. Nada puedo desear salvo tu lengua, por mi vientre y en mi boca, recorriendo suavemente mi piel ardiente y desesperada.
Eres la cara oculta de la luna próxima a desvelar su misterio entre arañazos y gemidos, en lo más profundo de mí, en el cielo de mi lecho.

17 septiembre 2008

Venus

Reposaba tendida en el diván, con el pelo alborotado cayéndole en negra cascada sobre los hombros; una túnica bordada en oro y malva cubría brevemente su desnudez. Me miraba fijamente a través de las cortinas de sus oscuras pestañas, y yo no sabía qué pretendía, a qué aspiraba con el escrutinio al que me sometía. Hacía breves instantes que sus labios firmes se habían abierto para proferir los más guturales sonidos de placer que el cuerpo humano era capaz de emitir, hacía un momento había curvado su espalda bajo mi pecho y se había disuelto en convulsiones incontrolables. Y ahora, desde el esplendor de su divinidad, me observaba a mí, simple mortal, que la había amado lo suficiente para hacer que olvidase su nombre entre las sábanas de seda de su lecho.

En un gesto que abarcaba toda la seducción del Olimpo, se sentó, dejando que la tela que había descansado sobre sus pechos se deslizara a cámara lenta por su vientre, para reposar en su regazo y mostrarme de nuevo el esplendor de su piel caramelizada por el sol. Mi entrepierna mostró su alegría al contemplarla con un pequeño tirón, suficiente para que ella lo percibiera y se dibujase en su boca una sonrisa pícara y juguetona. Pero no continuó en su avance, y yo, cobarde caballero del mundo terrenal, no me atreví a iniciar ningún acercamiento.

Venus notaba, a pesar del reciente acto amatorio, una ligera humedad incómoda entre los muslos, recuerdo del placer experimentado que, por controversia, le hacía desear más; más contacto de un cuerpo joven, más arañazos sobre la espalda blanca de un guerrero valiente, más embestidas de una virilidad recién estrenada en su propio dormitorio, más pelo rubio al que aferrarse mientras su cuerpo se tensaba en un arco casi imposible, desflorar a un joven adolescente inflamaba la lujuria que ardía en su interior hasta convertirla en un amasijo de inconfesables perversiones. Le habría gustado disfrutar un poco más de él, comérselo, respirarlo, agotarlo hasta que suplicase por su vida. Y ¿quién podría impedírselo?

Sus pensamientos eran translúcidos, y yo podía intuirlos porque ella me los mostraba, quizá con la esperanza de que le demostrara que no bastaba una noche para deshacerme, quizá pretendiendo aludir a mi orgullo, o quizá simplemente para dejar claras sus intenciones.

Se levantó, en el suelo quedaron los dorados y malvas que la arropaban, andó hacia mí, felina y sugerente, sus curvas danzando al son de una música imperceptible, alargó su mano y me rozó el pecho, una suave caricia que recreaba un amor inexistente, acercando su aliento a mi cuello, rodeándome con su perfume, enloqueciéndome, cegando mis sentidos a la razón, atándome a sus piernas, obligándome a arrodillarme para perder mi lengua en los recovecos inalcanzables de su sexo, enredando mi pelo entre sus dedos, llevándome al infierno de su lascivia, descendiendo para arrodillarse frente a mí y besarme, mordiendo mis labios, escarlata recorriendo mi nuca, poseyéndome con el rítmico resonar de su respiración entrecortada, escondiéndome del mundo en su abrazo, levitando en un bosque en penumbra, perdiéndome entre pieles cálidas y erizadas, confusas, sin saber dónde terminaba yo y empezaba su dulce feminidad.

Desperté recostado entre laureles, rodeado de nubes de algodón blanco, mi cuerpo repleto de cicatrices no batalladas, su voz cantando a lo lejos, engatusando con sus artes a otro amante al que atormentar con juegos tan complacientes como peligrosos. Una daga sobresalía de mi pecho tiñendo el tiempo de lenta muerte, indolora, casi placentera, cálido río devastador que cerraba mis párpados para devolverme al lugar del que me había rescatado. Se derrumbaron a mi alrededor los paisajes divinos y empezó a dibujarse el escenario de una cruenta guerra, una llanura en la que había recibido una puñalada hacía apenas unas horas, o quizá siglos,... qué más daba.

Estaré en Túnez hasta final de mes. Nos vemos en Octubre.

23 julio 2008

El humo de un cigarro

Te envuelve en el misterio irresoluble de la seducción, y me envenenan esos labios que, ardientes, se aferran a la boquilla de un cigarro. Te observo, y lujurioso me invento otros lugares donde apoyar la carne seductora de tu boca.

Contemplo tus movimientos, todos me parecen lascivos, cargados de erotismo,... dejas escapar el humo suavemente, como si le hicieras un favor, y yo sin poder apartar mis ojos de tu boca entreabierta, deseando que te gires, me mires, y me invites a tu cama. Una cama en la que te imagino felina, hiriente, dominante; un lecho en el que me gustaría amanecer tras haber pertenecido a ese bendito cuerpo que algún dios en el que no creo te dió.

Una calada más y mi mente perturbada vuela directamente al séptimo cielo, me obsesiono con tu cuello, el nacimiento de un escote de vértigo que muestras sin vergüenza. Ah, ángel demoledor, te sabes poseedora del don de la belleza... Eres sangre roja que tiñe de escarlata mis más profundas perversiones. Te deseo, sobre mí, amazona errante, mordiéndome con fuerza todo cuanto quede a tu alcance, lamiéndome con toda la pasión que tu cuerpo de diosa te confiere.

No huyas de mis anhelos, no vendes tus ojos a este pobre ser que te acecha desde el otro lado del bar.

08 julio 2008

Preparativos

Se mira al espejo mientras se pinta los pezones con henna, serán rojizos cuando se seque y la pasta caiga, seca, al suelo. Para ese momento ella habrá pintado también sus labios de un granate intenso como la sangre ardiente que ruborizará sus mejillas en el encuentro. La sombra de ojos será dorada, leve, como un suspiro en la nuca. Las uñas, delicadamente afiladas, como a él le gustan. Adornará su pelo un lirio blanco, y cubrirá su piel tan sólo un vestido de algodón, también blanco, a través del cual él adivinará la intensidad que adorna sus pechos y la ausencia de ropa interior.

Se calza, se maquilla, se acaricia mientras se cubre de crema hidratante con olor a lavanda. Será una flor, impúber y fresca, cuando fingiendo inocencia se acerque a su amante y le dé dos besos, tocando levemente sus mejillas.

Con un gesto teatral, escudriña el espejo en busca de imperfecciones, se da la vuelta y observa cuidadosamente la curvatura de su espalda, el inicio de su trasero, la leve marca de los dedos fuertes que él dejó la última vez que la penetró. Son marcas que jamás se borrarán, pues siguen en su mente, las recuerda cada noche, cuando el sol cae y la soledad la acecha, y sus manos vuelan recordándole.

Se recoge el pelo, dejando el cuello al descubierto, la tentación estirada al máximo, desliza el vestido por sus curvas, se examina. Falta más de una hora para verle, pero llena el bolso con lo que necesita, y se hace a la calle, ansiosa, esperando que él también llegue pronto.



01 julio 2008

Webcam

Erótica llama a la puerta virtual que la conecta con lascivia, ser transmutable que tiene la asombrosa facilidad de proporcionarle tremendos e inolvidables orgasmos. No sabe si es hombre o mujer, y desde luego, no le importa. No es más que negro sobre blanco, excitantes líneas llenando la ventana del chat. Son sus propias manos las que, guiadas por cordones invisibles, acarician su cuerpo de marioneta y la conducen inevitablemente al clímax.

Sentada frente a una pantalla, con un ojo digital enviando a través de una red infinita sus partes más íntimas al descubierto, con la sensación de que está llevando a cabo una perversión inconfesable, los dedos temblando, los labios entreabiertos y la respiración acelerada. Así se muestra ante lascivia: puro deseo, incandescente, inalcanzable, invisible.

21 abril 2008

Ella





Hoy la he soñado, su pelo largo como la eternidad cubriéndole los pechos desnudos, liso y azabache como la noche más oscura; ya se encarga la luna de hacer brillar su melena cuando la ilumina, la quiere para sí, la adora y ansía, como yo, que soy incapaz de decirle todas las cosas que haría por una sonrisa suya. Sus ojos me hechizan, marrones y profundos, me arrastran a profundidades abisales en las que me pierdo sin remedio. 

Mi ángel, tibia y suave como la manta que me abraza las tardes frías de invierno; generosa en sus gestos como su cuerpo en curvas; menuda, delgada y fina cual muñeca que se hizo adulta de golpe y se olvidó de crecer. Y dulce. Nadie sabe ser tan dulce como ella, su sabor se fija en mi lengua recordándome los algodones de azúcar, las tardes de verano y la brisa fresca junto al mar. 

Mi niña bonita, se le eriza la piel con mis caricias que, a pesar de mi empeño, no consiguen ser tan tiernas e intensas como su mirada. Me derrito entre sus brazos, cadenas de terciopelo que me envuelven, sus labios expertos me arrancan los más placenteros gemidos, música para sus oídos; con su lengua traviesa mis penas se hacen agua de rosas, se funden como la nieve bajo el sol. Es mi estrella.


Me he despertado húmeda de sudor, lágrimas y excitación, y una sensación aplastante como la losa de una tumba se ha abatido sobre mí sin compasión. Volvería a dormirme si supiera que volverá, cantarina y alegre, como la primera vez; pero sé que no puedo conjurarla y me regodeo en lo único que me queda: la soledad.

La foto, de Enigma

10 septiembre 2007

Observada


Te miraba desde lejos, pero a la vez estaba tan cerca que podía sentir cómo tu piel se erizaba al sentirte observada. Inclinaste levemente la cabeza, acariciándote con suavidad el pelo, provocando más de una mirada de deseo. Ajena al mundo que te rodeaba, y a la vez inquieta al no encontrar el motivo de la incomodidad que te invadía.

Algo me decía que tu ropa interior se iba humedeciendo, revelando cuánto te gustaba ser objeto de miradas encubiertas. Lo supe porque te removiste en el asiento, intentando en vano obviar que estabas excitándote. De nada sirvió que escrutases los rostros que te rodeaban, buscando unos ojos fijados en tu cuerpo. Nadie dentro del local te prestaba atención.

Sentí una punzada al ver cómo te humedecías los labios rojos, mordiéndolos ligeramente, y te supuse nerviosa, anhelando evitar la situación pero sin querer que terminase. Te imaginé desnuda en mi cama, rendida tu cabellera roja sobre mi almohada, erectos los pezones y ansioso el sexo, invitándome a adentrarme en él. Adiviné tus curvas desnudas, la morbidez de tus caderas, la docilidad de tus suspiros. Me olvidé de observarte, me zambullí en mis pensamientos, y al despertar de mi letargo, habías abandonado el bar.

No te vi marchar y no pude buscarte, pero quedó en el aire el fragante olor de tu perfume.