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18 noviembre 2012

La habitación de al lado (Sexta y última parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte, la tercera parte, la cuarta parte y la quinta parte de la historia.

Él se queda quieto entre mis rodillas, así que tengo que darme la vuelta levantando una pierna, de forma que quedo completamente expuesta ante él. Cuando estoy colocada, noto cómo la postura provoca que se destense un poco la tela que me ciñe las muñecas y puedo mover más las manos, pero la nueva libertad dura poco, pues me coges de las caderas y me atraes hacia ti, provocando que las ataduras vuelvan a inmovilizarme.

Te colocas sobre mí, con los brazos a cada lado de la cabeza y las piernas entre las mías, sin tocarme. Vas besándome la cara, los labios, me muerdes. Gimo y me pides silencio:
- Shhh. No te muevas.
Tu voz es sensual, provocativa, me funde por dentro mientras vas bajando y me muerdes los pezones, suave al principio, más fuerte después, llegando al umbral del dolor. Siento que casi no puedo controlarme, que me muero por sentirte dentro de mí, pero tú alargas el momento, deslizando tu lengua por mi ombligo, para llegar de nuevo a mi húmedo sexo.

- Eres deliciosa.
Me dices mientras te arrodillas de nuevo entre mis piernas, agarrándome de las rodillas y obligándome a flexionarlas. Te colocas justo en la entrada de mi sexo, te inclinas hacia mí y me besas intensamente. De repente me muerdes y a la vez me penetras de golpe; el placer me invade y gimo tan fuerte que casi es un grito. Entonces empiezas a moverte sin dejar de besarme, cada vez más rápido, y siento que tu erección aumenta, noto como se tensan tus músculos, mantengo las piernas flexionadas y tensas bajo tus brazos, y te oigo gemir en mi boca.

Cuando estás a punto de correrte, hago un esfuerzo por liberar mis piernas y rodear tus caderas, acoplándome a tu ritmo y tensando los músculos de mi vientre. Te dejas hacer, y acabas derrumbándote sobre mí con un suspiro.

Me desatas las manos y nos quedamos a medio camino del abrazo, intentando normalizar el ritmo de nuestra respiración. Y justo antes de levantarme para abandonar tu habitación, me agarras la cara y, justo antes de besarme de nuevo, me dices:
- Creo que te volviste a mover cuando te pedí que te quedaras quieta...
Y yo me derrito ante la promesa que encierran tus palabras.


La fotografía, de nuevo, de Angel Place

12 noviembre 2012

La habitación de al lado (Quinta parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte, la tercera parte y la cuarta parte de la historia.

Sales rápidamente de mí, dejándome con una sensación de vacío indescriptible, pero no tengo tiempo de asimilarla antes de agarrarme de las caderas y darme la vuelta, obligándome a apoyar las rodillas en la cama y dejando mis brazos cruzados y estirados, las cuerdas más tensas todavía, y mi cara apoyada contra las sábanas.

Me acaricias las nalgas, y yo me derrito ante la expectativa. Tus manos son suaves y delicadas, pero los nervios me carcomen, la sombra de la amenaza de un castigo me mantiene tensa, incapaz de abandonarme al placer que me proporcionan tus manos.

Tu voz rompe el silencio, que hasta ahora notaba tenso:
- Tienes un culo precioso.
No me das tiempo a reaccionar antes de sentir la primera palmada, fuerte, justo en el lugar en que la nalga se convierte en muslo. La sorpresa cede ante el cosquilleo y el inevitable pinchazo de placer en la entrepierna. A medida que me azotas, procurando no golpear nunca demasiado fuerte ni en el mismo lugar, alternando el dolor con caricias que me estremecen, siento cómo me humedezco. Estoy completamente a tu merced, y la excitación crece sin que yo pueda pararla.

Sin poder evitarlo, muevo las caderas intentando calmarme. Te acercas a mí y siento tu pene erecto rozando la piel rosada y dolorida, acariciándome. Tu mano se pierde entre mis piernas, roza mi sexo y varios dedos se pierden en mi interior. Entran y salen durante un rato, vas rozándome el clítoris con el dedo gordo, y de nuevo siento el orgasmo cada vez más cerca.

- Pídemelo.
Tu voz es un susurro, una súplica y una orden. Las palabras salen de mi boca y no me esfuerzo en detenerlas:
- Haz que me corra
Siento vergüenza y me sonrojo, porque me excita tanto pedírtelo, y tu mano no para, aumenta el ritmo, y oigo cómo gimes, alentado por mi deseo, y todo me da vueltas cuando al fin llegan las convulsiones, y muerdo las sábanas para ahogar un grito, y tengo que concentrarme en no derrumbarme.

No pasan ni treinta segundos cuando oigo de nuevo tu voz:
- No creas que he terminado contigo. Date la vuelta.

(Continuará el próximo domingo 18 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place


08 noviembre 2012

La habitación de al lado (Cuarta parte)

Aquí puedes leer la primera parte, la segunda parte y la tercera parte de la historia.


Estoy tumbada sobre tu cama, expectante, con las piernas abiertas y las manos sobre la cabeza. Debido a mi postura, la falda me cubre sólo parcialmente, dejando a la vista las medias, el liguero, y parte de mi sexo. Siento cómo la vergüenza tiñe ligeramente mis mejillas. Tú sigues de pie, observándome mientras te liberas de la camiseta y miras a tu alrededor... ¿buscando qué?
- Cierra los ojos.
Y yo me abandono agradecida de poder evitar tu mirada sobre mi piel. La vergüenza se diluye en una nueva sensación, la de la expectativa. Siento cómo me atas las manos con ¿un pañuelo? ¿una corbata? y luego las estiras para fijarlas al cabecero de la cama. Siento que te alejas de nuevo.

Ahora te inclinas sobre mí desde los pies de la cama y con un rápido movimiento me estiras desde los tobillos, tensando mis brazos para que no pueda moverlos. Sigues con un dedo el perfil de mis medias, subes por mis muslos, tiras y sueltas el elástico del liguero, y yo adelanto un poco las caderas.
- Quieta.
Tu voz es suave como un susurro, pero a la vez es potente como si una mano invisible me retuviera contra el colchón. Contengo la respiración mientras tu dedo roza suavemente mi pubis.
- Voy a desnudarte, quiero verte las tetas.

Con un par de movimientos rápidos, coges mi top y lo deslizas hacia arriba, por mis brazos, hasta dejarlo sobre las ataduras de mis manos. Juntas mis piernas para librarte de mi falda, pero vuelves a abrirlas, estirándolas. Mi imaginación se desborda al imaginar cómo me ves ahora mismo, vestida tan sólo con las medias y el liguero, completamente abierta y con las manos atadas. Intento deleitarme con esa sensación, pero tu voz me interrumpe:
- Mírame.

Te encuentro de rodillas entre mis piernas, erecto, y de nuevo el rubor tiñe mis mejillas.
- No dejes de mirarme - dices mientras coges mis tobillos y me obligas a flexionar las piernas. Apoyas levemente tu peso sobre mis piernas y conduces tu sexo hacia el mío, que te espera, mojado y palpitante desde que me dejaste tan cerca del orgasmo. Me torturas un poco más, esperando un momento antes de penetrarme de repente, con un sólo movimiento, hasta el fondo, y pese a todos mis esfuerzos no puedo retener ese gemido que escapa de mis labios, la corriente de placer que me obliga a arquear la espalda y, por un instante, dejar de mirarte.

Cuando mi mirada vuelve a ti me estremezco. Una expresión lasciva cubre tu rostro, y tu voz, tranquila y grave, abre un mundo nuevo para mí:
- Me has desobedecido. Te dije que me miraras. Voy a tener que castigarte.


(Continuará el próximo lunes 12 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place


01 noviembre 2012

La habitación de al lado (Tercera parte)

Aquí puedes leer la primera parte y la segunda parte de la historia.

Una sonrisa lasciva se dibuja en tus labios con mis palabras. Me supiste sumisa desde el instante en el que me conociste, antes incluso de que yo lo supiera. Preparaste el terreno durante meses, con miradas y comentarios aparentemente inocentes. Y ahora al fin me tienes frente a ti, de rodillas, mirándote suplicante. Tu voz provoca un tirón en mi vientre:
- Voy a follarte la boca.

Coges mi barbilla y me das un beso suave en los labios, apenas rozándome, a la vez que desabrochas tus vaqueros. Te levantas, y ahora de veo desde abajo, imponente, mientras deslizas tus vaqueros y calzoncillos y los tiras a los pies de la cama. Vuelves a sentarte, y ahora tu pene erecto está frente a mí.

Entreabro los labios y los humedezco con la lengua. Sigues sonriendo, agarras mi cabellera y me atraes hacia ti, abriendo más las piernas para darme completo acceso a tu sexo. Cuando mi lengua recorre tu glande y mis labios se abren para abrazar tu erección, me siento una diosa dándote placer. Mueves las caderas a mi ritmo, acoplándote a mis subidas y bajadas, relajando la garganta y respirando más deprisa.

Perlas de sudor aparecen en tu frente, agarras más fuerte mi nuca y me inmovilizas. Ahora eres tú quien marca el ritmo, y yo abandono un poco mis labios, cubriendo apenas los dientes, y juego con mi lengua cada vez que te retiras, deseando que entres una vez más y me llenes, presionando el inicio de mi garganta. Siento cómo creces y te expandes, y justo cuando empiezo a creer que vas a correrte en mi boca, paras, jadeante, y me estiras cogiéndome todo el pelo y parte de la nuca para sentarme sobre tus rodillas.
Me miras un instante, y la sonrisa vuelve a tu rostro cuando me dices:
- Te quiero tumbada boca arriba en mi cama, con las piernas abiertas y los brazos estirados hacia arriba.
Dudo un instante, pero tu mirada se endurece y tu orden me obliga a levantarme rápidamente:
- Ahora.

(Continuará el próximo miércoles 7 por la noche)

La fotografía, de nuevo, de Angel Place

27 octubre 2012

La habitación de al lado (Segunda parte)

Te recomiendo leer primero la primera parte de la historia.

A medida que aumentas la intensidad de tus caricias yo siento como todos los músculos de mi ser se tensan en el camino hacia el delirio; lo único que me mantiene en pie a pesar del ligero temblor de mis piernas es el miedo a que pares. Pero eso importa poco, porque tú no estás dispuesto a que todo termine tan pronto, y te separas de mí antes de que mi orgasmo sea inevitable.

Gimo y te miro a los ojos con una mezcla de furia y súplica, pero tu mirada congela las palabras en mis labios. Sin decirme nada, me coges por las caderas y me das la vuelta a la vez que con una mano me obligas a inclinar un poco el cuerpo hacia adelante, de forma que quedo totalmente expuesta a ti. Tu lengua se desliza por mis nalgas hasta mi sexo, mientras tus manos se dirigen a mis pechos y se agarran a mis pezones, estirándolos y girando, apretando mis senos y provocando que toda la piel de mi espalda se erice.

Abandonas mis pechos para deslizar una mano hasta mi pelo y sujetarlo con firmeza, echando mi cabeza hacia atrás, forzando la curva de mi espalda y haciendo mi respiración más superficial. Guías la otra mano a mi sexo y jugueteas con tus dedos entrando y saliendo, mordiendo mis nalgas en el punto justo en el que mis muslos acaban, junto a las sujeciones del liguero, llevándome a la línea fronteriza entre el dolor y el placer.

Noto cómo me acerco cada vez más al orgasmo, mi corazón late más deprisa y me siento mareada de ansiedad... De repente me abandonas y quedo suspendida justo antes de la liberación, con todos los músculos tensos y la impresión de desamparo extendiéndose por todo el cuerpo. Cuando estoy a punto de darme la vuelta para pedirte explicaciones, tu voz vuelve a hacerme temblar:
- Date la vuelta y arrodíllate frente a mí.
Olvido mi rencor cuando me doy la vuelta y me encuentro con tus ojos oscuros, tu rostro conteniendo la excitación, y se me escapan las palabras cuando me arrodillo frente a tu miembro, todavía preso de tus vaqueros:
- Sí, amo.

(Continuará el próximo jueves 1 por la noche)

Fotografía de Angel Place


23 octubre 2012

La habitación de al lado (Primera parte)

No sabría explicar lo que me ha traído frente a tu puerta. Tal vez el silencio sepulcral de la casa vacía, el saber que sólo estamos tú y yo, o puede que la mirada que he notado sobre mí cuando has llegado a casa haya sido suficiente para encender mi deseo.

Apoyo suavemente la mano en la puerta entornada y empujo despacio. Lo primero que veo es tu cama, y a ti sentado en ella, mirándome sin parpadear. De repente, me siento tímida, y bajo la mirada, iniciando un gesto de retirada, arrepentida. Pero tú no tienes intención de dejarme marchar, y con voz queda y gutural pronuncias una sola palabra:
- Acércate.

Siento un pinchazo suave en la entrepierna y me apresuro a acercarme con paso felino, notando cómo la excitación crece en mi interior cada vez que mis zapatos de tacón resuenan sobre el parqué. Cuando estoy a medio metro de ti, sin levantarte, me coges por la cintura y me sitúas frente a ti, de modo que tu nariz queda a la altura de mi ombligo.

Tus dedos reptan por mis muslos y levantan mi falda hasta arrugarla en torno a mi cintura. Mi respiración se acelera cuando me atraes un poco más hacia ti y empiezas a besarme el vientre, desde el ombligo, siguiendo la línea de mis caderas hasta las medias, sujetas por un liguero, mientras tus manos se pierden en mi trasero.

Quiero agarrarte del pelo, pero levantas la cabeza y me miras, y de nuevo tu voz, intensa y cargada de deseo, hace vibrar todas las fibras de mi ser:
- No te muevas.
Con un gesto rápido, me bajas las braguitas y pierdes tu nariz en mi sexo húmedo, gimiendo y lanzando tu lengua hacia adelante a la vez que acercas mi trasero a tu cabeza, para acariciar mi clítoris muy despacio, en círculos, mientras yo me dejo llevar por una espiral lenta y de dolorosa expectativa.

(Continuará el próximo domingo 27 por la tarde)

Fotografía de Angel Place