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19 junio 2013

El camarero

Estoy sentada en la terraza de siempre, mirando cómo las olas juguetean con la arena. Hace calor, y el hielo de mi tinto de verano se derrite rápidamente, aunque aquí, bajo la sombrilla, no se está tan mal. Además, puedo observarte ir y venir entre las pocas mesas ocupadas, con tus anchos hombros marcándose bajo esa camiseta roja.

Recorro tu cuerpo moreno de arriba abajo, deteniéndome un instante en tu trasero, justo cuando te agachas a recoger una chapa de coca-cola. Juraría que lo has hecho aposta, porque cuando vuelves a erguirte, me miras descaradamente, casi podría decir que me desnudas con la mirada. Creo que voy a derretirme, y que la temperatura ya no tiene nada que ver con el calor que siento. Recorro mis labios con la lengua... estás para comerte.

Atardece, los pocos clientes se van retirando, y sólo quedamos tú y yo, y nuestras miradas. Ahora estás detrás de la barra, limpiando para cerrar, y apagas las luces de la terraza. Me acerco a ti y te pido la cuenta, dirigiéndome después al baño. Me retoco el maquillaje, y tal y como esperaba, a los pocos segundos puedo ver tu reflejo esperando en la puerta.

Me doy la vuelta y te hago un gesto para que te acerques. No dudas ni un instante, me besas con toda la pasión de la que eres capaz y nos envolvemos en una guerra de lametones, gemidos y mordiscos, mientas me subes la falda y me levantas para sentarme en el lavabo. Hábil, saco un condón de mi bolso, que te colocas con un rápido movimiento para penetrarme un instante después.

El baño se llena de sudores y pasiones, de tirones, súplicas y de un sexo visceral y violento que nos lleva a ambos a la cresta de un orgasmo agotador.

Decididamente, el verano que viene repito.


La próxima historia, el miércoles 26 de junio.

19 febrero 2013

Bajo el sol

El sol de primavera les calentaba la piel, y el agua del lago las mecía suavemente. Ana propuso poner la sombrilla a un lado de la barca, y ambas se tumbaron debajo, completamente relajadas.

La mano de Elena se acercó suavemente a la de Ana, acariciándola, y se miraron. Casi sin darse cuenta, sus bocas estaban entrelazadas en un profundo beso, del que escaparon con las mejillas encendidas y el aliento entrecortado.

Con un gesto gatuno, Elena retiró el bikini de los pechos de Ana, dejando al descubierto sus pezones erectos y sus pequeños pero firmes senos. Besó la tersa piel y la recorrió con su lengua, perdiéndose en el dulce olor que el cuerpo desprendía. Se deslizó por el estómago, dejando un rastro de saliva junto a su ombligo, provocando que la piel se erizara.

Ana entreabrió las piernas y Elena deslizó los dedos entre sus muslos, se inclinó más y descubrió con su lengua el hinchado clítoris, el húmedo sexo palpitante, ansioso de caricias. Fue lenta como la tarde, explorando todos los rincones, sin vacilar nunca en el ritmo, y recibió el orgasmo de Ana con una sonrisa.

El beso que le dio después sabía como un trozo de cielo.

La próxima historia, el martes 26

La foto es de Fäulein, extraída de la selección de El Cultural

02 enero 2012

Nochevieja

Se acercaba la medianoche, y todo el mundo buscaba su copa de champán y se preparaba para tomar las uvas. Todos menos Salomé, que se había quedado prendida de los ojos de un desconocido que la miraba fijamente desde el umbral, insinuando una invitación muda.


Salomé era chica de parcas palabras y poco amiga de las multitudes, así que decidió seguir su instinto y se acercó a aquel hombre de grandes manos y amplias espaldas. Ella pronto olvidó por qué se dejó llevar al guardarropa, y por qué, entre abrigos y bolsos, se dejó bajar la cremallera de su vestido y se quedó desnuda ante aquel Adonis que se agachó frente a ella y le besó los pies, enjaulados en unas preciosas sandalias de tiras negras.

Salomé agarró su cabello y le condujo hasta su sexo, agarrándole fuerte la nuca mientras el chico se perdía en los recovecos húmedos de su feminidad. La llevó cerca del orgasmo, tan cerca que ella sentía temblar sus piernas, pero paró para besarla, pegar su cuerpo contra el de Salomé y sentirla, ardiente y fiera, deseosa. Fuera, la gente brindaba emocionada mientras ella se sentía flotar entre este mundo y el otro.

Él la tomó por las caderas y la penetró mientras ella se agarraba de un perchero, medio suspendida en el aire, con las piernas rodeando la cintura masculina. Se sentía desfallecer en manos de aquella mujer, cuyo vaivén le había hipnotizado desde el primer momento que la vio. Ya no era él el que se movía, era ella la que dominaba la situación, conduciéndose a sí misma al orgasmo.

Cuando estuvo cerca del final, sus manos abandonaron la barra del perchero y se abrazaron a él mientras le mordía el cuello para no gritar. El clímax llegó entre gemidos apagados, rodando ambos por el sueño, extasiados.

13 abril 2009

Sacrilegio


Los alrededores de la ermita están oscuros y mudos, la luna llena brilla en un cielo negro lleno de estrellas, y en el parking, en el asiento trasero de un mini, tú y yo intentamos acomodarnos y disfrutar de la noche y nuestros cuerpos. Estamos incómodos, y de repente, te quedas callado mirando hacia la puerta del santuario:

- Vamos allí dentro - me dices con mirada suplicante, refiriéndote al templo.

No lo dudo ni un momento, en el coche hace calor y no logramos sentirnos a gusto. Entre risas acalladas por besos, abrazos y sobeteos, nos acercamos a la puerta y empujamos. Nos recibe un interior adusto y un silencio sobrecogedor, pero coges mi mano y me diriges hacia el altar sin dilación en tus gestos ni miedo en tus ojos. Al llegar, me abrazas por la cintura y sumerges tu lengua en mi boca, aplacando mis temores y disparando mi lujuria. Tus dedos recorren mi espalda y se deslizan bajo mi camiseta para retirarla y besarme el pequeño lunar de mi pecho. Mis manos se agarran a tu trasero y desatan el cinturón. Gemimos, y el eco nos responde.

Sigues imparable tu camino, subes mi falda y te deshaces de mi ropa interior; me coges a pulso y me apoyas contra la mesa sagrada, penetrándome y elevándome al cielo de los mortales, el orgasmo que llena el espacio de gritos ahogados, mientras la luz de la luna se filtra por los ventanales, proyectando la sombra tenue de una cruz sobre mi espalda.

05 enero 2009

Clandestino

















No puedo más. Te has pasado toda la noche provocándome, deslizando tu pie bajo la mesa para acariciar mi pierna, mi muslo, mi sexo. Lo encontraste erecto, te excitó más de lo que esperabas y entonces decidiste atraparme en tu red: un tirante que se desliza hombro abajo para descubrirme que no llevas sujetador, una mirada de reojo cargada de pasión y desenfreno, un suspiro, una risa. Te has dedicado a conseguir que cada centímetro de mi cuerpo te deseara. Lo has conseguido, pero no vas a pasar de aquí.

Camino a casa, las luces de la ciudad parecen tenues en esta noche tan oscura, y te arrastro hacia un portal que nos ampare y evite miradas desconocidas. Apoyada contra la pared, tu lengua me incita, y sonríes de nuevo, traviesa. Te agarro por la cintura y te pongo entre mi espada y tu pared. Mis manos suben tu falda para descubrir que no llevas nada más que la pasión derramándose por tus muslos; muslos que agarro para subirte a mi altura y besarte con fuerza. Te muerdo, los labios, el cuello, la oreja. Gimes a la calle desierta, y me pides que te folle. Nada podía enardecer más la lascivia que has cultivado durante la cena, y me desabrocho con nerviosismo los pantalones para penetrarte; para quedarme así un momento y embestir con el ímpetu del amante ambicioso. Insaciable, me muevo sin parar, arrancándote sonidos guturales que casi son gritos, que fluyen por mi espalda junto a tus uñas.

Te miro a los ojos cuando llega un orgasmo arrasador que hace temblar mis rodillas, me miras a los ojos cuando sientes cómo el éxtasis me recorre, y sonries altiva de nuevo, al ver el resultado de tu desafío.

10 octubre 2008

El autobús

La noche caía tras las ventanas del autobús. En breve, no quedaría ya nada por ver allá fuera, pero a mi lado, un chico joven y sonriente prometía ser entretenimiento suficiente para ese largo viaje. Me recosté en el asiento, dejando caer disimuladamente mi mano sobre el regazo de mi acompañante. Para mi placer, pude percibir una dureza inusual en su entrepierna, y sentí cómo clavaba sus hermosos ojos azules en mis hombros descubiertos. El vello de mi nuca se erizó al pensar en mis labios recorriendo el bajo vientre de ese desconocido, y él pareció entenderlo, porque antes de darme cuenta su bragueta se había abierto y estaba acariciando la carne trémula de su miembro.

La lujuria que latía en mi sexo estaba haciendo bien su trabajo, y mi compañero de juegos lo estaba pasando en grande; me moría de ganas de besarle, pero simplemente le rocé la oreja con la lengua suavemente y me incliné dispuesta a proporcionarle la mejor de las sensaciones. Mientras mis labios se contraían rítmicamente él deslizó su mano por debajo de mi falda y apartó con gracia mis braguitas para deslizar suavemente sus dedos por mi sexo. No recuerdo el tiempo que pasamos masturbándonos y besándonos al amparo de la oscuridad de la noche, sólo sé que mientras se dibujaba el amanecer tras las montañas tuve el orgasmo más deseado de mi vida, mientras apretaba con fuerza sus manos contra mi entrepierna y mordía su cuello, en un intento de que no se oyeran mis gemidos.

Nos despedimos en Barcelona, intercambiando promesas y teléfonos que perderíamos en algún lugar recóndito de nuestras memorias.

Mil disculpas por el retraso, el comienzo de curso ha sido más duro de lo esperado...

16 agosto 2007

La oficina

Me empujas contra la mesa, obligándome a apoyar las manos sobre la dura superficie de madera. Te siento tras de mí, respirando con la dificultad de quien es presa del deseo feroz, caliente y cercano, mordiéndome el cuello con avidez, deslizando la lengua por mi nuca y las manos por mis muslos.

No acierto a moverme, la pasión del momento me mantiene quieta y solícita, mientras subes mi falda y dejas al descubierto mi ropa interior. Recorres con tus dedos la tela húmeda de mis braguitas, provocándome, bajándolas con suavidad, temeroso de que te diga, indignada, que pares.

Miro a mi alrededor, y no acabo de creerme que estemos en mi oficina, expuesto mi sexo ante ti, desabrochada la camisa, erectos los pezones, empapada de lujuria y perversión. No quiero gritar y ahogo mis gemidos en la sensualidad del momento, centrando mi atención en el pene que se acerca y me penetra, lentamente al principio, con violencia comedida a medida que coges confianza.

Sabes que me gusta, que me muero por dentro cada vez que la siento entrar; tienes la seguridad de que disfruto, pero pretendes oírme vociferar mi impudicia, y me agarras fuertemente de las caderas, acercas tu boca a mi oído y estallan las palabras obscenas, la reproducción de tantas escenas, vividas o no, en las que yo soy protagonista, y siento como una oleada de placer sube desde mi entrepierna hasta mi garganta y se derrama en forma de gemido, un sonido tan animal, tan cargado de lascivia, que nos conduce a un orgasmo intenso, denso, demoledor.

Al observar mi mesa y ver el teléfono descolgado, los papeles desordenados, la mancha de sudor que dejaron mis manos,... sé que nunca podré volver a trabajar sin que el sexo inunde mis sentidos.

Imagen extraída de www.angelplace.com


08 agosto 2007

Sabor a mar




En una playa cualquiera, allí donde el agua nos cubre y los bañistas escasean, me pierdo en tus ojos .

Te acercas suavemente para amarrarte a mi boca, húmeda de sal. Nuestros cuerpos se encuentran, y cubre mi desnudez tu piel ardiente.

Erectos, mis pezones provocan, juguetones e impacientes, tus caricias.

Abrazados, mis piernas rodeando tu cintura, mi dulce humedad confundiéndose con el mar.

Deseo creciente y sonriente, traviesas miradas, manos revoltosas, besos alocados y risas nerviosas.

Noto tu dureza chocando contra mi ingle y regalándote mi mirada más pícara, te bajo el bañador y retiro mis braguitas para invadirte.

Y nos mueven las olas, perdidos mis gemidos entre el salitre, y somos agua y cielo y las gaviotas que planean sobre nosotros.


26 julio 2007

El garaje

Bajas del coche y te diriges a mí, felino y decidido, con esa mirada cargada de lujuria que me vuelve loca. Quedo a la espera de tus manos, que recorren mis muslos para liberarme del tanga y lanzarte al mar de mis muslos.

Apoyada contra el coche, sólo veo tu cabeza bajo mi falda, y sigo con la mente el recorrido de tu lengua por las cimas de mi sexo. Mi respiración se acelera y escapan de mis labios suspiros breves e incontrolados.

Miro alrededor, buscando ojos indiscretos que puedan observarnos, pero me puede la lascivia, y me abandono a la voluptuosidad de tus caricias, disfrutando de cada trozo de piel por el que deambulas.

Cuando al fin te das por satisfecho, y de nuevo frente a mí me provocas con tu mirada, y mis labios beben del sabor de mi excitación, y sabes que el vicio me ha calado en las entrañas,... Es entonces cuando me penetras, aprisionando mi espalda contra el duro acero, moviéndote con ímpetu, constante y demoledor, encerrando mis gemidos entre tus dientes, poseyéndome, sin importar el dónde, impúdico y libertino; llevándome más allá de este garaje en penumbra, más allá de la decencia; allí donde el placer se hace agua y los terremotos nos liberan.


10 febrero 2005

Aquella noche

Sentí tu presencia al entrar en la habitación. No puedo explicarlo porque nunca antes me había pasado algo así. Aún no te conocía, no había visto tu rostro, y sin embargo supe que tenías que ser mio. Tú sentiste lo mismo, ¿verdad? Lo noté en tus ojos inquietos, buscándome.

Viniste hacia mi con porte decidido. Un gesto de cabeza detuvo a Gaspar, que pretendía secuestrarte en la barra.

- Hola, soy Arturo

- Hola, me llamo Leonor

Dos besos cálidos siguieron a las palabras, tus manos se posaron en mi cintura, y no nos volvimos a separar en toda la noche. Daba igual lo que ocurría alrededor, nos apañábamos para no perder el contacto de nuestros cuerpos. A través de tus miradas te conocí. Supe que algo había nacido aquella noche al abrigo del humo del local.

Salimos los dos borrachos de amor ¿Se puede llamar así? Claro, no hay otro modo de describir el sentimiento que nos envolvía. Nos cogimos las manos y, como en un plan elaborado, corrimos a refugiarnos bajo los árboles del parque. Caimos sobre las hojas, respirando entrecortadamente. Me miraste, te miré y nos besamos. ¡Qué beso! Sentí como todos mis sentidos se desbordaban, presos de una pasión descontrolada. Mis dedos buscaron los botones de tu camisa, tu lengua buscó mi cuello. La euforia recorria mis venas y nuestro deseo incontrolable llenó la noche.

No podría describir con vulgares palabras cómo sentí aquella pasión. Fue rápido y delirante, nos arrancamos la ropa, besándonos todo lo que íbamos dejando al descubierto. Aquella necesidad de alguien me embriagaba, la prisa por el sexo me llevaga y la excitación era máxima.

Cuando por fin estuvimos desnudos, sucedió lo inevitable. Sentirte dentro de mi fue como volver a nacer, cada embestida de tu cuerpo me arrancaba un gemido de placer, hasta que empecé a sentir que una ola cálida recorría mi sexo. Tú también sentiste la llegada inminente del orgasmo, y como en un sueño, noté como nuestros músculos se tensaban y un escalofrío nos recorría. Después, yacimos exhaustos sobre el manto verde de la tierra, bajo el cielo estrellado, hasta que el amanecer nos sorprendió mirándonos