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09 junio 2013

La llamada

El teléfono suena justo cuando estoy terminando de arreglarme para nuestra cena  de aniversario. Me llamas para decirme que vas a trabajar hasta tarde, y que quieres compensarme. "Ya que no te voy a poder llevar a cenar, deja al menos que te dé el orgasmo que te mereces..." me dices juguetón. Y yo, que me he preparado durante horas, me rindo a tu voz acaramelada y me deshago de los tacones. Sigo tus instrucciones mientras me ordenas que me siente en el sofá y me desabroche el vestido, imagino que son tus manos las que acarician mi clítoris y me dejo llevar por tus susurros y la promesa de que tú también te estás masturbando.

Te imagino en tu despacho, la puerta cerrada y los pantalones desabrochados, acariciándote sin dejar de hablarme, y mis dedos cobran vida propia, se tensan mis músculos y la respiración se convierte en jadeos que provocan tu orgasmo. Te oigo gemir, y sin embargo, continúas provocando mi imaginación para que sienta tu lengua recorriendo mis pezones, mordiéndome, hasta que el orgasmo me invade y me dejo caer sobre la alfombra, olvidando incluso que tú sigues al otro lado de la línea.

La próxima historia, el miércoles 19 de junio

14 abril 2013

El albañil curioso

Lamento el retraso, pero las vacaciones a veces tienen la facultad de desconectarnos tanto del mundo real, que necesitamos varios días para recuperar el ritmo. Pero vamos a lo que vamos, y comencemos nuestra historia...

La luz de la mañana del sábado entra por la ventana, sacándome de mi letargo. Entreabro los ojos, y a través de las persianas entreabiertas descubro que un albañil, encaramado a un andamio, me observa intrigado. Sus ojos verdes brillan y se dibuja en sus labios una sonrisa.

Tardo unos minutos en asimilar que los chicos que arreglan la fachada deben trabajar también en sábado, y le respondo con otra sonrisa. Me estiro, y de repente soy consciente de que duermo desnuda, y de que si salgo de la cama para cerrar la persiana o para vestirme, le voy a dar una vista completa de mi anatomía.

Me muerdo el labio, y le miro disimuladamente, esperando que se dé la vuelta. Lejos de eso, él me mira intensamente y se pasa una mano por el pelo. Sin saber muy bien por qué, me excita su interés, y me muevo un poco para dejar mi espalda al descubierto. Ahora no puedo verle, pero sé que me mira, y mis manos se dirigen a mi entrepierna sin que pueda pararlas.

Mi mente se llena de imágenes en las que él irrumpe en la habitación saltando por la ventana y colocándose tras de mí. Voy intensificando mis movimientos, y acabo dándome la vuelta para ofrecerle mis pechos, con los ojos entreabiertos para comprobar que sigue mirándome, luchando contra esa vergüenza que inflama mi deseo en lugar de hacerme parar. Abro las piernas, y me ofrezco a él mientras sigo masturbándome. Me gustaría que él también se tocara, pero la cercanía del orgasmo me nubla la vista y ya no distingo más que su silueta.

Respiro agitadamente, aumento el ritmo, deslizo mis uñas por mi pecho y me arqueo, abandonándome a la sensación de mi clítoris hinchado y los músculos tensos. Le imagino sobre mí, tomándome con furia, y un gemido escapa de mis labios cuando al fin alcanzo el clímax.

No puedo, no quiero, averiguar si sigue ahí. Con los ojos cerrados, sintiendo el sol en mi piel, intento relajarme y vuelvo a mi sueño poblado de ojos verdes.

La fotografía, de Jane Ros.

La próxima entrada, el domingo 21 de abril.



26 diciembre 2012

Tarde de Spa (Segunda y última parte)

Aquí podéis leer la primera parte de la historia.

Las manos de Jesús se acercan peligrosamente a mis pechos y siento cómo el deseo me recorre. Quiero que me toque. Es que es la primera vez que me dan un masaje y no sé si es normal que sus dedos se dirijan ahora hacia mi ombligo, acariciando mi vientre y deslizándose hacia abajo, pero me encanta.

Respiro hondo, cierro más los ojos, y trato de concentrarme en las yemas del chico, que presionan mis caderas contra la camilla. Su pecho está muy cerca de mi cara, me atrapa en su perfume, y yo sólo me dejo llevar por la música, sintiendo cómo sus manos se acercan a mis muslos.

Las suyas son unas caricias duras, fuertes, que me permiten notar cómo mis músculos se tensan y se relajan a su paso. Sin dejar de hablarme y de susurrarme que me relaje, se aleja de mi lado y se coloca junto a mis piernas. Sus manos suben ahora por mis rodillas, y en cuanto toca el interior de mis muslos mi cuerpo se arquea. No me dice nada, y yo centro mi atención en mi respiración. Un dedo juguetón se acerca a mi clítoris y juega con él durante un instante.

Me abandono sin pensar en las consecuencias de la situación, dejo que me acaricie, que introduzca sus dedos en mi sexo. Mi boca se abre ansiosa, tengo miedo de gemir, pero él lo soluciona acercándose a mí y besándome. No puedo evitar tensarme, mover mi cuerpo a su ritmo, dejando que la toalla se deslice y mi cuerpo quede expuesto ante él, que me susurra al oído que tengo un cuerpo delicioso.

Entonces empieza su recorrido de besos y lengua por toda mi anatomía. Me desorienta, y ya no sé si lo que se enreda en mis pezones es su saliva o sus dientes. Sigue jugueteando con sus dedos hasta que los sustituye por su boca hambrienta, que fogosa deja escapar una lengua impulsiva que me lleva hacia un orgasmo completamente alucinante, dejándome más relajada que nunca.

Voy a tomarme unos días de descanso, aprovechando que se acaba el año. Espero que tengáis una FELIZ Y SENSUAL entrada en el 2013. Nos vemos, con la próxima historia, el próximo 13 de enero de 2013.

Fotografía de Juan David Escobar

03 diciembre 2012

Fotografiándote

La sesión fotográfica empieza como tantas otras, con mi ayudante y yo preparando el estudio. Es una tarde de viernes, y el chaval tiene ganas de salir, así que una vez que hemos colocado los focos y los paraguas, le dejo que se vaya.

Miro el reloj y suspiro... otra modelo que llega tarde. No falla. Al fin aparece, y tengo que admitir que me quedo alucinado al verla. Se nota que ha llegado corriendo, la sangre se agolpa en sus mejillas y su respiración es acelerada, pero lo que más me llama la atención es su pelo, azul y completamente despeinado.

Le pido que se cambie deprisa, dejando entrever mi malhumor, y la observo mientras se desviste. No es pudorosa, y eso me gusta. Elige un vestido negro para empezar la sesión, y el contraste con su melena azul y su piel pálida es impresionante. Le pido que se quite el sujetador para evitar las marcas en la piel y ella lo desliza con gestos enérgicos, sin quitarse el vestido.

Me concentro, voy haciendo fotos y ella se va moviendo por el estudio. Me acerco para deslizar un tirante por su hombro, y ella se deja hacer, seduciendo a la cámara. Se baja el otro tirante, y empieza a actuar como si yo no estuviera. Se estira como un gato, se descalza y camina alrededor del estudio, acercándose a una ventana, mientras va dejando que el vestido se deslice por su cuerpo dejando sus pechos al descubierto.

Ya no me importa la luz ni la revista de moda para la que trabajo, sólo quiero capturar su esencia, ese algo de felino que provoca en mí una erección que me empuja y convierte mis vaqueros en un tormento. Me mira a través de sus largas pestañas y deja caer el vestido del todo. Se acerca a mí, y yo no puedo dejar de retratarla mientras se acerca, me roza el hombro a su paso y se tumba en el sofá.

Empieza a acariciarse lentamente y yo me pierdo en sus manos, en su sexo húmedo. La cámara queda inerte, sólo puedo mirarla y disfrutar de sus gestos. Sus dedos rozan su clítoris, sus muslos, se pierden en su interior, y yo sigo inmóvil, sin salir de mi asombro. Sigue tocándose y provocándome hasta que llega al orgasmo con un gemido suave. Cuando su respiración se normaliza, se levanta, se acerca a mí y me dice:

- Creo que no has hecho demasiadas fotos. Voy a por otro vestido.

Fotografía de Elizabeth Zusev


01 mayo 2012

Cerca de ti

Hoy me ha vuelto a pasar. Te has vuelto a colar en mis pensamientos justo cuando mi cuerpo desnudo tocaba las sábanas.

He imaginado tu aliento en mi nuca y casi he podido sentirlo, mi piel se ha erizado ante un contacto inexistente y mis pezones se han endurecido al instante. No puedo atar mi mente cuando tú te introduces así en ella, y mis manos obedecen el recuerdo de las tuyas sobre mi vientre.


Mis dedos se han deslizado como si fueran los tuyos, recorriendo mis pechos y apretándolos, subiendo hasta mis labios para humedecerse para perderse después entre mis piernas. En mi mente, yo estaba a cuatro patas y tú me susurrabas al oído lo mucho que te gustaba mi cuerpo mientras me penetrabas con fuerza. En mi cama, los sudores aumentaban y mi espalda se arqueaba.

El deseo controlaba mis movimientos, que cada vez eran más intensos y rápidos, hasta que he tenido que morderme la mano para no gritar en voz alta tu nombre y llenar de desconcierto la realidad. Con los ojos cerrados, ha sido tu mano la que se posaba sobre mi boca, y en lugar de mis dedos, era tu pene el que se movía con soltura entre mis muslos. Eran tus manos las que acariciaban mi clítoris dilatado hasta llegar al orgasmo y sumirme en un estado de trance entre la vigilia y el sueño. Más cerca de ti que nunca.

09 enero 2012

Masaje

Tumbada boca abajo, siento cómo se eriza mi piel al contacto de las manos expertas del masajista, mi mente vuela hacia paraísos de pieles desnudas.

Esos dedos recorren mi espalda y bajan hacia mi culo, rodeando mis caderas y empujándome contra la camilla y consiguiendo que mis pensamientos ardan de deseo. Siento cómo mis músculos se tensan cuando sus dedos abandonan mis pantorrillas para subir por mis muslos y perderse un poco más allá de donde el decoro pone su límite.


No puedo evitarlo, estoy caliente y húmeda como una flor bajo el rocío de la primavera. Mis piernas se abren un poco, es un movimiento involuntario e instintivo, muy sutil, pero que sin embargo sé que él lo ha percibido, porque ahora ha profundizado un poco más, y uno de sus dedos ha empezado a acariciar mi clítoris por encima del tanga.

Aunque sé que debería pararle, estoy tan excitada que mi mente no responde a mi pudor, y me dejo llevar mientras el masajista se inclina sobre mí y me besa el cuello, paseando sus dientes por el lóbulo de mi oreja, y sin parar de deslizar su mano arriba y abajo, retirando la tela húmeda y penetrándome con sus dedos.

Ya no sé el tiempo que ha pasado, pero empiezo a notar cómo las cosquillas previas al orgasmo suben por mis pies, tensando mis músculos doloridos y llevándome al límite, hasta explotar con una risita nerviosa. Me susurra al oído "eres deliciosa", y al fin yo me relajo, liberadas todas las tensiones entre sus manos.

16 septiembre 2011

Luna llena


Los dos estaban tumbados en la cama, con el calor acumulándose bajo las sábanas, mientras la luna se filtraba a través de las persianas, iluminando la espalda masculina. Ella abrió suavemente los párpados, consciente de repente de su piel rozando el cuerpo de su amante. Involuntariamente, se movió un poco, lo justo para que sus pezones erectos se pegaran al pecho de su pareja. Él, ajeno al deseo que provocaba, seguía durmiendo mientras ella deslizaba despacio la mano por su espalda, su pecho, sus muslos... Con mucho cuidado, pero deseando en el fondo que él abriera los ojos, se dio la vuelta y pegó sus nalgas a la entrepierna de él, sintiendo cómo reaccionaba a las caricias que ella le había dado.

Estaba muy excitada, y empezó a masturbarse, intentando no moverse demasiado, para no despertarle. Cerró los ojos con fuerza e imaginó que él le cogía la cintura, apretándola contra sí y penetrándola desde atrás, mientras le acariciaba el pecho como sólo él sabía hacerlo. Sentía cómo se aceleraba su respiración, y abrió la boca con la intención de que no se oyera tanto. Su cuerpo empezó a contraerse, y miró a la luna mientras sentía acercarse el orgasmo.

De repente, sus dedos se multiplicaron. La mano de él se coló junto a las suyas y empezó a moverse; su lengua se deslizó por el cuello femenino, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Ella arqueó la espalda y se dejó llevar al orgasmo mientras deslizaba sus dedos por el pelo de él, agarrándose más fuerte cuando sintió las oleadas de placer invadiéndola. El último gemido se disolvió con un beso, y ambos volvieron a dormirse, dejando que la luna llena acunara sus sueños.

29 julio 2008

Sin querer


He pensado en ti, y mis dedos han ido, por propia iniciativa, a instalarse entre mis muslos. Sin quererlo, sin poder siquiera darme cuenta de lo que pasaba, me he acariciado, mientras te recordaba tras de mí, penetrándome con fuerza, mordiendo mi cuello y amarrándote a mis caderas.

He querido parar pero la imagen de tus ojos lujuriosos perforando mis pupilas me ha hipnotizado, y de nuevo mis manos han buscado mi clítoris y lo han hallado húmedo de deseo. Reptan por mi sexo, cuando evoco tu lengua entre mis piernas. Abajo, más abajo, junto al cielo que nos espera a los perversos seres que amamos el cuerpo de otro. Justo ahí donde te recreabas mi placer se expande de nuevo; te tengo sobre mí como si pudieras de verdad poseerme; grito de placer para que puedas oírme, más allá del mar, dondequiera que estés.

Te necesito.

01 julio 2008

Webcam

Erótica llama a la puerta virtual que la conecta con lascivia, ser transmutable que tiene la asombrosa facilidad de proporcionarle tremendos e inolvidables orgasmos. No sabe si es hombre o mujer, y desde luego, no le importa. No es más que negro sobre blanco, excitantes líneas llenando la ventana del chat. Son sus propias manos las que, guiadas por cordones invisibles, acarician su cuerpo de marioneta y la conducen inevitablemente al clímax.

Sentada frente a una pantalla, con un ojo digital enviando a través de una red infinita sus partes más íntimas al descubierto, con la sensación de que está llevando a cabo una perversión inconfesable, los dedos temblando, los labios entreabiertos y la respiración acelerada. Así se muestra ante lascivia: puro deseo, incandescente, inalcanzable, invisible.

20 octubre 2005

La ducha


Me meto en la ducha y dejo correr el agua ardiendo sobre mi cuerpo. Jabón, espuma, y la suave sensación de mis manos (las tuyas) en mi cuerpo, deslizándose por mi vientre, recorriendo mis muslos húmedos (es tu boca adentrándose en mi sexo impaciente, mordiendo, sorbiendo, derritiéndome, acunando mi deseo).

La música suave sustituye los teléfonos, las visitas imprevistas, las constantes interrupciones... Una mano escapa hacia mis pechos, la otra intensifica el ritmo, sigue firme, controlando y alargando el placer, mi mente vuela entre tus brazos, (mi boca lame tu sexo) te miro con los ojos cerrados y empiezo a sentir como una ola me alcanza, choca contra mí, me desmorona.

Apoyada contra la mampara, rendida y con las piernas temblorosas (llena de ti).

31 mayo 2005

Para ti

Me desnudé para ti. Sólo tú podías verme desde el comedor, y frente a mi espejo, te ofrecía una visión perfecta de mi cuerpo. Empecé bajándome un tirante del vestido, lenta y delicadamente, acariciándome el hombro suavemente. Luego vino el otro tirante, con el que seguí la misma fórmula, deslicé el vestido hasta mi cintura y lo dejé reposando mientras me quitaba el sujetador. Sabía que podías verme, que me estabas mirando, notaba tu mirada en mi espalda, en la curva de mis caderas. Con las puntas de los dedos, me acaricié los pechos, entreteniéndome en los pezones, duros y morados por la excitación, pellizcándome, provocando tu deseo.

Terminé de quitarme el vestido dejándolo caer al suelo, y luego me deshice del tanga. Despacio, por las piernas, ofreciéndote mi cuerpo, mi sexo húmedo de placer. Podía notar la excitación que flotaba en el ambiente, casi como si fuera un objeto más en la habitación.

Me acariciaba para ti, que hablabas con mi marido intentando evitar que tu mirada se posase en mi cuerpo desnudo. Me tocaba para ti. Él no podía verme desde el sofá, sólo tú eras testigo de mi cuerpo ansioso de caricias. Léntamente, mis manos rodaron por mi vientre, rodeando el ombligo, para seguir su camino hacia lo más recóndito de mi ser, llegando a la ingle. Me senté en la cama y abrí las piernas para que me vieses morir de placer. Mis dedos hábiles se paseaban por mi sexo, y ligeros gemidos de placer llenaban la habitación. Sólo tú podías verme, y era como si a través de tu mirada pudieses tocarme, cumplir todo aquello que deseabas.

Ya no eran mis dedos los que me acariciaban. No eran mis manos las que pellizcaban mis pezones. Eras tú quien llenaba el vacío de mi pasión, amándome como si el abismo insalvable del pasillo no existiera. Intensifiqué el ritmo de mis caricias, provocándome una oleada de placer que te atrapó y te empapó de mí. Lamí con delicadeza mis dedos mojados y tras descansar unos instantes y normalizar mi respiración, me puse el vestido que me habías regalado, notando rozar la tela por mi cuerpo desnudo.

Me acerqué a ti y te murmuré al oído: me he desnudado para ti.