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01 abril 2008

Mi destino (quinta y última parte)














El amanecer llegó de repente, como la certeza de que no podía esperar más para tenerle entre mis piernas. La excitación que me dominaba era tal que me propuse llevarla al límite. Me puse un vestido vaporoso, blanco y con la espalda descubierta y unas sandalias, omitiendo la ropa interior.

Me pasee por la habitación recogiendo mis cosas y mirándome en el espejo para comprobar que, como era mi intención, la levedad de la ropa dejaba entrever mi cuerpo desnudo.

Tardé en encontrarle, entre los desperdicios de una fiesta que duró mucho más allá de lo que yo pude aguantar. Mi amigo Jones dormía con los pantalones por las rodillas junto a una pelirroja, con la boca abierta y varias botellas vacías alrededor. Aquello era la resaca de Sodoma. Al fin le vi, mirando por una de las ventanas de la cocina, aparentemente concentrado en el paisaje.

Sin mediar palabra, me acerqué a él y le besé, apasionada, abrazándole. No tardó en llevar sus manos a mi trasero y percatarse de la ausencia de impedimentos. Sin dejar de morderme los labios, subió mi vestido y se acercó aún más, consiguiendo que mi libido se elevara al notar su erección.

Me penetró de pie, entre todo aquel caos, y sus gemidos invadieron el aire de la cocina, se colaron en mis oídos. Y a pesar de que no le he vuelto a ver, aún puedo oír su voz al llegar al orgasmo.

27 febrero 2008

Mi destino (cuarta parte)


Volví a la fiesta, pero me sentía completamente fuera del ambiente y no tardé en retirarme a la habitación que una criada puso a mi disposición al manifestar mi deseo de dormir.

Como era mi costumbre (y lo sigue siendo), me desvestí y me acurruqué entre las mantas totalmente desnuda. Antes de que pudiera ponerme a pensar, mi mente había abandonado el mundo real para abandonarse a fantasías húmedas. En algún momento de la noche noté una presencia conocida que se tumbaba junto a mí y me vendaba los ojos. Adormecida, completamente quieta, sentí su pecho caliente contra mi espalda y una caricia en mis muslos. Era él.

Suave y contenido, rozó mis hombros con su lengua, erizándome la piel y despertándome del letargo en el que me hallaba sumida. Mi cuerpo cobraba vida gracias a sus manos expertas, que ahora se dedicaban a pellizcar mis pezones con fuerza y rudeza, mientras sus labios se perdían entre mi pelo, susurrando palabras eróticas.

Húmeda y anhelante, acogí sus dedos en mi sexo, los estreché y recibí sus mimos delicados. Cada vez más mojada, fui sucumbiendo a su voz pausada que me guiaba por senderos repletos de historias ardientes. Cerca ya del orgasmo, percibí su miembro duro contra mis caderas, y estallé entre imágenes de placer desenfrenado.

Y otra vez, sin darme tiempo a recuperar el aliento, desapareció silencioso de la habitación, dejándome esta vez con una venda en los ojos y una explosión entre las piernas.

... CONTINUARÁ

11 febrero 2008

Mi destino (Tercera parte)


El primer botón se deslizó entre mis dedos; le siguió el segundo y el tercero y el cuarto, mientras mis ojos seguían fijos en aquel desconocido que provocaba en mí todo el placer de la perversión. Podía sentir la humedad en mi sexo, tan intensa como en aquellos fugaces instantes de pasión juvenil, antes de que la sociabilidad de mi caracter me redujera a un animal incapaz de sentirse a si mismo sin los demás.

Fui consciente de cada trozo de mi que destapaba al abrir la camisa, sabía el deseo que provocaba el vello suave que cubría mi vientre, la curva perfecta de los pechos recogidos en un sujetador de encaje blanco, la piel levemente erizada de mi cuello, el temblor de mis manos, mi mirada lasciva. Su anhelo podía palparse en el aire que separaba su cuerpo del mio, notaba que su respiración se aceleraba a medida que la tela se escurría por mis hombros y caía, vacía de contenido y de causa, inerte, sobre la alfombra roja.

Su voz ronca llenó la habitación al pedirme que me diera la vuelta y apoyara los antebrazos sobre mi nuca. Quedé casi ciega, en la semioscuridad de la habitación, envuelta en sombras, vibrando de avidez, percibiendo sus pasos acercándose, su respiración ardiente junto a mí, sus manos en mis pechos, pellizcándome los pezones con vehemencia, paseando su lengua por mis omóplatos, bajando hacia el ombligo, recreándose al ver cómo intentaba no moverme y romper el hechizo. No sé decir cuánto tiempo permanecimos así, él explayándose con mi torso desnudo, yo inmóvil.

De repente, me giró hacia él y posó sus labios en los míos para darme un beso suave y lánguido. Me ordenó que me vistiera y salió de la habitación, dejándome sola, enardecida...

... CONTINUARÁ

30 enero 2008

Mi destino (Segunda parte)

Aquella noche no pude averiguar su nombre. En una fiesta como aquella, preguntar directamente habría sido como admitir que tu círculo social tenía una fisura; claro que siempre le podría haber preguntado a Jones, pero él se enganchó a las caderas de una rubia y desapareció sigiloso y rápido entre la gente.

Hablamos, siempre acompañados por caras cambiantes, de arte y literatura, de cine, de anécdotas infantiles, de política,... las agujas del reloj avanzaban imparables hacia la mañana y yo, cada vez más achispada, veía truncada mi esperanza de calmar mi sed. Se hicieron frecuentes los roces accidentales de nuestras manos, se acortó la distancia entre nuestros cuerpos, su mirada recorrió mi escote y se perdió en mi pelo, la mía taladró sus ojos; no obstante, la situación parecía que no podía ir más allá; el muchacho, caballeroso y galán, parecía reticente a darme una sola oportunidad para declarar mis intenciones, así que abandoné la fiesta antes del amanecer, con toda la desgana y acedía posibles.

Unos meses más tarde, tras acudir a todos los eventos a las que era invitada y obteniendo resultados infructuosos en lo que concernía al encuentro con el desconocido, Jones me propuso una fiesta en un palacete a las afueras, con piscina y posibilidad de pasar la noche allí. Acepté sin saber que aquella era la casa donde mi deseo yacía, dormido, junto a un joven de cabello castaño.


Llegué a la fiesta dispuesta a comerme el mundo, ardiente; como siempre, Jones y yo nos encargamos primero de hacernos con unas copas de cava, para pasar a buscar al anfitrión con la mirada. Confiaba en él, pues yo no tenía ni idea de quién podía ser. Con un gesto elegantemente estudiado, Jones llamó su atención con la mano y se hizo a un lado para observar el cambio de mis rasgos al ver a aquel chico acercándose a nosotros con una amplia y seductora sonrisa en el rostro.

Mi amigo había desaparecido (quizá tras un hombro desnudo) y sólo quedaba yo esperándole, comiéndome con la mirada todo lo que de él alcanzaba a imaginarme. Noté como mi lascivia se filtraba por mis poros y asomaba a mis labios, modificaba mi postura para hacerla más sensual.


No me hizo falta insinuarme más, al acercarse a mi mejilla, y en lugar de los dos besos, me saludó con un susurrante "sígueme" que yo obedecí. Unos instantes después estaba en una habitación en penumbra frente a él.

Se sentó en la cama y me ordenó que me desabrochara la camisa. Su voz era firme, pero delataba su apetencia, su necesidad; y yo no pude resistirme. Mis dedos treparon por mi camisa y soltaron suavemente el primer botón...

... CONTINUARÁ

11 enero 2008

Mi destino (Primera parte)

Nuestro primer contacto físico fue el día que nos presentaron; por aquella época, ya se había puesto de moda la costumbre de saludar a la gente con dos besos en las mejillas, y en el círculo social en el que yo me movía habría sido impensable que yo no lo hubiera hecho; aunque a mí no me gustaba especialmente.

La anfitriona de la fiesta me recibió al llegar con una alegría fingida, recargada como el collar que envolvía su cuello, y me condujo al único grupo de invitados situado junto al gran ventanal del salón. Lo constituían varios hombres, entre quienes reconocí a mi gran amigo Jones y a su hermano; les acompañaban dos banqueros a quienes conocía de vista y un desconocido demasiado joven para los estándares de estas reuniones. No es que la gente fuera precisamente mayor, pero los hombres solían oscilar entre los cuarenta y los cincuenta años; mientras que las mujeres no solían tener más de treinta, que era la edad que aparentaba aquel hombre que me observaba con curiosidad.

Jones debió leer en mis ojos al acercarme a saludarle que deseaba acercarme a alguno de sus acompañantes porque pese a mi habitual reticencia al saludo, fui regalando ligeros toques de mis labios a cada mejilla que se me ofreció con una sonrisa enigmática; mientras él contemplaba embelesado aquel derroche de simpatía tan impropio de mí. Cuando por fin pude rozar su piel sentí como me invadía el olor a su colonia, suave, seductor, embriagador incluso; demasiado suave para resultar ofensivo, pero imposible de pasar por alto. Sin darme cuenta mi mano se acercó a la suya y se encontraron nuestros dedos, enlazándose durante un momento. Supe que mi noche estaba sentenciada irremediablemente, que mi destino estaba ligado a su cuerpo; y un estremecimiento dulce recorrió mi columna, centrándose en mi entrepierna...

... CONTINUARÁ