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28 noviembre 2011

Lilith

Lilith era consciente de que su nombre había sido casi eliminado de las escrituras. Era una mujer decidida, con un aire de determinación que provocaba que hombres como Adán la odiaran y prefirieran a una sumisa Eva creada a partir de su costilla, incompletas. No, ella no quería ponerse bajo el cuerpo masculino y dejar que él la aplastara con su cuerpo contra la tierra, aprisionándola. Y por eso se alejó de él.


La pelirroja, de amplias caderas y generosos senos, huyó del paraíso, condenando a Adán a sufrir en silencio por el abandono y el orgullo herido. Y Lilith, en compañía de Asmodeo, descubrió el sexo de igual a igual.

La sangre femenina hirvió la primera vez que yacieron juntos. Ella, dominada por la excitación que el joven le provocaba, se entregó a sus más ardientes anhelos, recorriendo la piel que se le ofrecía con la lengua, bordeando el ombligo sin apellas vello y descendiendo hasta el miembro de Asmodeo, que se erguía hacia el cielo. Le lamió primero, para introducirlo luego en su boca y disfrutar recorriéndolo de arriba a abajo, hasta que sintió que él estaba cerca del orgasmo. Subió de nuevo en busca de sus labios, y le besó con furia lujuriosa. Asmodeo le suplicó entonces que le dejara satisfacerla, y conteniendo su pasión, lamió, mordió y besó los pechos de Lilith, cuya respiración se aceleraba por momentos.

Él no dejó de acariciarle el pelo mientras descendía hasta su sexo y se perdía entre las tibias humedades de su amante, moviendo su lengua en círculos, sorbiéndola, mordisqueándola suavemente, acercándole a la cumbre que nunca había alcanzado con Adán. El cuerpo de Lilith no tardó en responder, y llegó al orgasmo con la espalda sudada y las piernas temblorosas. Luego Asmodeo se sentó y ella se abalanzó sobre él, y cabalgaron juntos hasta que la luna se escondió tras las montañas, y el sol salió entre gemidos que dejaban las gargantas secas y los corazones desbocados.

Más información sobre Lilith en la Wikipedia

17 septiembre 2008

Venus

Reposaba tendida en el diván, con el pelo alborotado cayéndole en negra cascada sobre los hombros; una túnica bordada en oro y malva cubría brevemente su desnudez. Me miraba fijamente a través de las cortinas de sus oscuras pestañas, y yo no sabía qué pretendía, a qué aspiraba con el escrutinio al que me sometía. Hacía breves instantes que sus labios firmes se habían abierto para proferir los más guturales sonidos de placer que el cuerpo humano era capaz de emitir, hacía un momento había curvado su espalda bajo mi pecho y se había disuelto en convulsiones incontrolables. Y ahora, desde el esplendor de su divinidad, me observaba a mí, simple mortal, que la había amado lo suficiente para hacer que olvidase su nombre entre las sábanas de seda de su lecho.

En un gesto que abarcaba toda la seducción del Olimpo, se sentó, dejando que la tela que había descansado sobre sus pechos se deslizara a cámara lenta por su vientre, para reposar en su regazo y mostrarme de nuevo el esplendor de su piel caramelizada por el sol. Mi entrepierna mostró su alegría al contemplarla con un pequeño tirón, suficiente para que ella lo percibiera y se dibujase en su boca una sonrisa pícara y juguetona. Pero no continuó en su avance, y yo, cobarde caballero del mundo terrenal, no me atreví a iniciar ningún acercamiento.

Venus notaba, a pesar del reciente acto amatorio, una ligera humedad incómoda entre los muslos, recuerdo del placer experimentado que, por controversia, le hacía desear más; más contacto de un cuerpo joven, más arañazos sobre la espalda blanca de un guerrero valiente, más embestidas de una virilidad recién estrenada en su propio dormitorio, más pelo rubio al que aferrarse mientras su cuerpo se tensaba en un arco casi imposible, desflorar a un joven adolescente inflamaba la lujuria que ardía en su interior hasta convertirla en un amasijo de inconfesables perversiones. Le habría gustado disfrutar un poco más de él, comérselo, respirarlo, agotarlo hasta que suplicase por su vida. Y ¿quién podría impedírselo?

Sus pensamientos eran translúcidos, y yo podía intuirlos porque ella me los mostraba, quizá con la esperanza de que le demostrara que no bastaba una noche para deshacerme, quizá pretendiendo aludir a mi orgullo, o quizá simplemente para dejar claras sus intenciones.

Se levantó, en el suelo quedaron los dorados y malvas que la arropaban, andó hacia mí, felina y sugerente, sus curvas danzando al son de una música imperceptible, alargó su mano y me rozó el pecho, una suave caricia que recreaba un amor inexistente, acercando su aliento a mi cuello, rodeándome con su perfume, enloqueciéndome, cegando mis sentidos a la razón, atándome a sus piernas, obligándome a arrodillarme para perder mi lengua en los recovecos inalcanzables de su sexo, enredando mi pelo entre sus dedos, llevándome al infierno de su lascivia, descendiendo para arrodillarse frente a mí y besarme, mordiendo mis labios, escarlata recorriendo mi nuca, poseyéndome con el rítmico resonar de su respiración entrecortada, escondiéndome del mundo en su abrazo, levitando en un bosque en penumbra, perdiéndome entre pieles cálidas y erizadas, confusas, sin saber dónde terminaba yo y empezaba su dulce feminidad.

Desperté recostado entre laureles, rodeado de nubes de algodón blanco, mi cuerpo repleto de cicatrices no batalladas, su voz cantando a lo lejos, engatusando con sus artes a otro amante al que atormentar con juegos tan complacientes como peligrosos. Una daga sobresalía de mi pecho tiñendo el tiempo de lenta muerte, indolora, casi placentera, cálido río devastador que cerraba mis párpados para devolverme al lugar del que me había rescatado. Se derrumbaron a mi alrededor los paisajes divinos y empezó a dibujarse el escenario de una cruenta guerra, una llanura en la que había recibido una puñalada hacía apenas unas horas, o quizá siglos,... qué más daba.

Estaré en Túnez hasta final de mes. Nos vemos en Octubre.