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05 noviembre 2008

Una cena muy especial (3ª y última parte)

Pilar resultó ser una reina exultante de energía erótica. Nuestro nada inocente juego durante el postre nos dejó con muchas ganas de seguir la fiesta en un lugar más privado. Pere y Joan, incapaces de asumir lo que sus ojos estaban viendo, no tardaron ni dos minutos en proponer un baño en la piscina del segundo, y nos dirigimos hacia allí.

Veinte minutos después estábamos Pere, Joan y yo estábamos dándonos el lote, desnudos, en el agua templada de la piscina, cuando Pilar salió de la cocina con una botella de cava y algunas copas. La miré fijamente mientras se desnudaba y dejaba al descubierto un conjunto de ropa interior de lencería que mostraba más que cubría.

No podía apartar mis ojos de su cuerpo joven y terso, era una diosa que conocía de sus encantos. Se sabía poderosa, y se sentó en una silla desde la que se dedicó a observarnos mientras se acariciaba las rodillas, los muslos, el pecho,... Se colocaba provocativamente y de vez en cuando retiraba parte de la ropa interior para dejar ver un pezón erecto, un pubis depilado y húmedo, un ombligo seductor.

No pude evitarlo, salí de la piscina y me acerqué a ella andando a gatas lo más sugestivamente posible, repté por sus piernas y me perdí en su sexo a la vez que ella se agarraba a mis cabellos como si fueran su única salvación. Subí por su cuerpo, mordí sus turgencias y me perdí en sus caderas, besé sus labios como las cerezas y olvidamos por completo a los dos hombres que nos observaban, alucinados, desde el agua.

Nos recorrimos hasta el alba, y al volver la vista alrededor nos dimos cuenta de la ausencia de nuestros machos que, cansados de nuestro juego, se habían esfumado.

Para los aficionados a la fotografía, el autor de esta es Carlo Pieroni

28 octubre 2008

Una cena muy especial (2ª Parte)

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Esta es la segunda parte de Una cena muy especial. También está íntimamente ligada con: Sms; aunque no hace falta leerla para seguir la historia.

Podía sentir cómo el pie de Pere subía por mi pierna y me acariciaba el muslo. Me estaba excitando, y casi sin darme cuenta mi mano se dirigió a la bragueta de Joan. Pilar, mientras tanto, permanecía ajena al juego que se desarrollaba bajo la mesa, que cada vez estaba más animado.

Pere ya había alcanzado mi entrepierna y se dedicaba a rozarme levemente y a animarme con la mirada a que me acercara a Joan. A mí todo aquello me empezaba a gustar y sin darme cuenta fui perdiendo el miedo a posibles repesalias, y me decidí a meterme de lleno en los pantalones de Joan para acariciar lo que ya era una erección con todas las letras, estaba duro, caliente, y sorprendentemente suave... ¡iba depilado! Fue un placer inesperado al que me dediqué con fruición, así estuvimos hasta la llegada de los postres, en un juego continuo de manos y pies del que excluíamos a Pilar.

Para cuando llegó el postre ya estábamos todos al límite de nuestra lujuria, Pere no se parecía en nada al chico tímido y posesivo al que había conocido, Joan respiraba entrecortadamente y un rubor insólito asomaba a sus mejillas. En cuanto a mí, qué decir de mí, la lascivia me corroía, podía notar cómo la humedad de mi sexo se derramaba por mis muslos, mi mano se negaba a abandonar el objeto de mi deseo, porque tengo que admitirlo, me moría de ganas de ver y lamer aquel miembro desconocido.

La carta de los postres me inspiró una idea que me pareció deliciosa, pedí cerezas y cuando el camarero me sirvió un plato con seis o siete cerezas, cubiertas por chocolate fondant, me levanté del sofá y pedí permiso a Pere para sentarme entre él y Pilar. Asombrado, me lo consintió, cogí una de las frutas y se la ofrecí sensualmente a Pilar, ella aceptó el juego, pícara, i deslizó su lengua por el chocolate que goteaba. Se se anticipó a mis movimientos, y cogiendo la segunda pieza la acercó a mis labios y, mientras yo me acercaba por un lado a la fruta que colgaba, seductora, de sus dedos, ella se acercó por el otro lado, convirtiendo el postre en un largo, dulce y chocolateado beso.

(Continuará)

24 octubre 2008

Una cena muy especial

Esta historia está íntimamente ligada con la anterior: Sms; aunque puede leerse de manera individual.

Pero en el coche, se limitó a decirme obedeciera en ese momento la orden incumplida. Haciendo equilibrios para levantar mi falda sin que se viera desde el arcén abarrotado de la terminal de llegadas del aeropuerto y evitando quitarme el cinturón, deslicé las braguitas por mis muslos, sintiendo cada roce de la lencería sobre mi piel, y guardé la prenda en la guantera, como él me dijo.

- Vamos a cenar con Joan y Pilar. Quítate también el sujetador. Cuando lleguemos al restaurante, harás todo lo posible por sentarte junto a Joan, y quiero que se dé cuenta de que no llevas nada bajo la falda. Quiero que se excite pensando en lo buena que estás y lo descarada que eres.

Me quedé anonadada; no era ese el castigo que yo esperaba, y además todo aquello no me gustaba nada. Se lo dije pero sólo obtuve de él una mirada fría y una frase seca.

- Tú te lo has buscado.

Entonces me di cuenta de que todas aquellas fantasías de fetichismo que habían bailado en mi cabeza no se llevarían a cabo. En su lugar, iba a pasar una noche muy difícil. No obstante, me puse el disfraz de felicidad y desparpajo que usaba para los acontecimientos sociales y me conduje como pude hasta la mesa.

Pere, mi pareja, se las apañó sin problemas para conseguir sentarse frente a mí, y que fuera Joan el que ocupara el sitio junto a mí en el sofá de terciopelo rojo de aquel café ambientado en los 70. La ausencia de mi sujetador era evidente, y el clima fresco del local mantenía mis pezones en una continua erección. Joan, prendidos sus ojos en mi pecho, me lo puso muy fácil, y su entrega me gustó tanto que decidí llevarle al límite, dejando caer mi mano sobre su muslo.

Pere me miraba mientras, juguetón, deslizaba uno de sus pies por mi pantorrilla...

(Continuará)

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17 octubre 2008

Sms

Me mandó un sms al móvil:

"T spro n l aeropuerto. Pont falda. Sin ropa interior"

Me sorprendí, y con razón, pues no era dado a efusividades sexuales y mucho menos a fantasías de macho dominante... al reponerme de la sorpresa no pude menos que plantearme si aquello iba en serio o no, y es que, aunque mi entrepierna se hubiera humedecido, algo de pudor y vergüenza asomaba a mi razón, ¿debía hacerlo?

Llegó el ansiado día del viaje y me arreglé con espero, frente al espejo de cuerpo entero, me pareció demasiado evidente la ausencia del sujetador bajo la camisa y me sentí desnuda al notar la tela de la falda rozando mis nalgas; así que, pese a la curiosidad que despertaba la nueva experiencia me puse la ropa interior con la intención de deshacerme de ella o guardarla en el bolso al llegar a mi destino. Pero una vez allí, la ansiedad por ver a mi amante me distrajo y olvidé por completo las instrucciones.

Cuando las puertas de la recogida de equipajes se abrieron y fui a su encuentro pude ver cómo su amplia sonrisa se tornaba en una mueca de desaprobación al intuir mi sujetador; expresión que se tornó de enfado al rozar mi culo y notar la costura delantera del culote.

Sin besarme, acercó sus labios a mi oído y me susurró que el castigo sería ejemplar... un escalofrío recorrió mi columna y sentí la instantánea reacción de mis pezones. Has sido muy mala, me dijo, y yo me derretí entre sueños de fetichismo.

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Esta historia continúa en Una cena muy especial