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01 agosto 2013

Detenida (Tercera y última parte)

Este relato erótico está basado en una fantasía de una lectora. Aquí podéis ver la primera y la segunda parte.

El agente Beckett la penetró rítmicamente durante un par de minutos, dejando escapar gruñidos de placer y agarrando con fuerza sus nalgas, de forma que ella podía sentir sus dedos clavándose con fuerza en la carne. Hacía ya un rato que no era dueña de si misma ni de su cuerpo, que excitado humedecía el sexo erecto del agente.

Cuando Miller abandonó la oscuridad de detrás del espejo y entró en la habitación, Beckett la agarró del pelo y le giró la cara para que pudiera verle. Se inclinó sobre ella hasta que su cuerpo estuvo pegado a su espalda, y con movimientos firmes condujo su pene a su trasero.

Miller se acercó, pero ni siquiera la tocó, sólo la miró más de cerca, disfrutando con una sonrisa de los gestos con los que ella intentaba disimular su excitación. El agente Beckett empezó a penetrarla por detrás muy despacio, hasta introducir todo su miembro, y antes de moverse, empezó a masturbarla. Le susurraba cosas incomprensibles al oído, frases en un idioma desconocido, y acariciaba su clítoris a la vez que se movía buscando su orgasmo.

Ella no podía evitarlo, la visión de Miller de pie, frente a ella, con el miembro aprisionado en sus pantalones, y las embestidas de Beckett, cada vez más rápidas, fueron más fuertes que su voluntad, y acabó corriéndose mientras se mordía el labio para no gritar. Su orgasmo provocó espasmos que condujeron a Beckett a su propio clímax, derramándose y dejándose caer sobre ella.

Fotografía de angelplace.com

24 julio 2013

Detenida (Segunda Parte)

Aquí podéis leer la primera parte del relato erótico. Está basado en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail, ya sabéis que si tenéis alguna historia o fantasía picante que queréis ver reflejada en el blog, sólo tenéis que contactar conmigo.

El agente Miller notaba su erección empujando los vaqueros mientras observaba a Beckett, su compañero, obligando a la detenida a levantarse y apoyarse contra la mesa de interrogatorios. Ella se revolvía, pero eso sólo conseguía que Beckett se excitara más.

La colocó de forma que su torso y sus pechos quedaban aplastados contra la mesa, las manos esposadas a la espalda, y su culo alzado en pompa, justo a la altura de su miembro completamente duro. Con movimientos rápidos, esposó cada uno de los pies de la chica a las patas de la mesa, y tirando de sus brazos hacia atrás, le levantó la falda, dejando al descubierto el liguero y el tanga, y empezó a masturbarla. Pese a sus gritos ahogados y a sus protestas, pronto comenzó a excitarse: su cuerpo la estaba traicionando.

Durante unos minutos, Beckett intercaló las intensas y duras caricias en su clítoris con las palmadas en el trasero, y a medida que su piel se iba enrojeciendo, ella se debatía entre seguir luchando por liberarse o entregarse sin reservas al placer que sentía. El agente no paraba de decirle cosas soeces, gritándole que se callara, y ella seguía hipnotizada por su propia imagen en el espejo de la sala, intentando imaginar quién podía estar mirando.

Deseó que esa persona tras el cristal fuera un hombre, imaginó que entraba y la obligaba a lamer su miembro, se excitó trazando mentalmente la sensación de un sexo grande y duro en su boca y a Beckett penetrándola con fuerza. Por eso, cuando al fin Beckett la penetró sin previo aviso, lo que salió de su garganta no fue un grito de inconformismo, sino un gemido de placer...

La continuación de la historia, el próximo miércoles 31 de agosto


Imagen de @CoffeTableSex

17 julio 2013

Detenida (Primera Parte)

**Esta historia está basada en una fantasía que me contó una lectora a través del e-mail.


Llevaba una hora sentada en la sala de interrogatorios, y empezaba a impacientarse. Las esposas que la mantenían atada a la silla se le estaban clavando en las muñecas, y no entendía por qué sus pies también estaban atados a las patas de la silla, de forma que se veía obligada a hacer fuerza para mantener las rodillas juntas y que no se le viera la ropa interior.

Cuando el policía entró, ella empezó a quejarse con insistencia, pero una bofetada del agente la hizo callar y mirarle fijamente. Afirmó que ella haría todo lo que él quisiera, sin rechistar, y acto seguido le cogió del pelo y echó hacia atrás su cabeza, besándola con furia.

Deslizó su mano por la camiseta y la subió de un tirón, dejando al descubierto su sujetador. La seguía besando con violencia mientras le manoseaba las tetas, pellizcándole con fuerza los pezones. Ella se revolvía, pero cada movimiento dejaba más al descubierto sus muslos, y le enrojecía las muñecas.

Él se retiró un poco y le susurró al oído que aquello acababa de empezar, que iba a saber lo que era bueno, y acto seguido se irguió y sin soltar su cabellera, se desabrochó los pantalones y los bajó hasta la mitad del muslo, dejando que su pene erecto rozara su mandíbula. Con un movimiento firme, guió su boca hasta la punta de su miembro, y lo introdujo lentamente, empezando un vaivén cada vez más rápido.

Ella tenía la cabeza completamente aprisionada, y sentía cómo el sexo del policía se endurecía cada vez más, mientras no podía quitar la vista del espejo de la otra sala, donde imaginaba había alguien observando la escena.

No se equivocaba, pues al otro lado, el agente Miller miraba cómo su compañero se aprovechaba de la detenida, esperando el momento preciso para intervenir.

Continuará el próximo miércoles 24 de julio

La fotografía, de Christopher Vaughan

31 mayo 2013

La sauna (Segunda y última parte)


Me encuentro atrapada entre su cuerpo caliente y la madera ardiente de la sauna. El sudor empieza a empapar mi nuca y su pecho, pero la verdad, no me importa en absoluto. Es más, toda esta situación me excita como nunca habría imaginado. La sangre abandona mi cabeza y ya no puedo ni pensar, sólo soy consciente de sus manos pellizcando mis pezones, de su pene erecto contra mi muslo, de sus besos furiosos y su lengua invadiendo mi boca.

Estoy húmeda de pasión y ansiedad, le quiero dentro de mí, pero me siento incapaz de hablar, tengo miedo de que si abro la boca y abandono sus labios no voy a poder evitar gritar. Pero es él quien abandona mi boca para morderme el cuello, y yo me aferro a su pelo con una mano mientras con la otra guío su miembro duro hacia mi sexo. Él me mira durante un instante y de repente me penetra con todas sus fuerzas, invadiéndome. Me abro para él  empiezo a mover las caderas.

Él sujeta mis manos sobre mis hombros con una sola mano, se mantiene quieto y deja que yo me mueva, y desliza su otra mano hacia mi clitoris. Sus movimientos son circulares, firmes pero suaves, y yo me adapto a él, busco mi placer sin pensar en el suyo. Mi propio egoísmo me excita y me lleva a la cima de un orgasmo que le envuelve y provoca el suyo.

La próxima historia, el domingo 9 de junio

22 mayo 2013

La sauna (Primera Parte)

Salgo del jacuzzi, me quito el bañador y me dirijo a la sauna. Entonces me doy cuenta de repente de que la gente ha ido abandonando el Spa, y que ya sólo quedo yo y un hombre que me mira desde el otro lado de la piscina. Es alto, fibroso, con una barba incipiente que decora sus pómulos marcados y unos ojos verdes profundos que se clavan en mí... Siento una punzada de deseo en el vientre cuando empezamos a andar los dos hacia la sauna.
Llegamos casi a la vez, y él se apresura para abrir la puerta y dejarme pasar, rozándome el brazo con su movimiento y haciéndome estremecer. Soy consciente de que la situación me excita, de que él tiene el cuerpo de un Adonis, y de que como se acerque y me provoque, me va a encontrar. Y eso también me excita, el saber que sería capaz de acostarme con un desconocido, en una sauna a la que cualquiera puede entrar...

Me quito la toalla de espaldas a él, la coloco sobre el banco de madera, quedándome totalmente desnuda y me doy la vuelta. Él sigue de pie en la puerta, sin moverse, con la toalla cubriéndole lo que parece ser una erección de lo más interesante. Yo, descarada y notando cómo se humedece mi sexo, me siento sobre la toalla y entreabro las piernas mientras me inclino hacia adelante, desafiante.

Es la señal que él necesitaba: se acerca a mí como un rayo y me besa con fiereza, inclinándose sobre mí y empujándome contra la pared. No puedo evitarlo, y un gemido escapa de mis labios.

Continuará el miércoles 29 de mayo...


21 abril 2013

Dedos suicidas


Te veo aparecer en la puerta del salón acompañada por el maître, y me quedo sin aliento. Estás espectacular.

Mis ojos te siguen, hambrientos, mientras recorres el restaurante: llevas un vestido negro hasta la rodilla que se ajusta sin apretar a cada una de tus curvas, unos zapatos de tacón, y esas medias con liguero que sabes que me vuelven loco.

Al llegar a la mesa, me levanto y me saludas con un suave beso en los labios, como un suspiro que me incendia, y retiro la silla de mi derecha. Al sentarme yo, nuestras rodillas se rozan. En cuanto el encargado se da la vuelta, tú cruzas las piernas y tu vestido trepa por tus muslos. Coges mi mano y la depositas suavemente en tu rodilla.

Y aquí es cuando pierdo el control de mi deseo, y mis dedos suicidas deciden adentrarse entre tus muslos, para descubrir la ausencia de ropa interior y el fácil acceso a tu ya húmeda entrepierna. Colocas el mantel cubriéndote la falda, y te masturbo despacio, mientras vamos bebiendo vino y manteniendo una conversación aparentemente normal. Pero bajo la mesa, arden los cimientos.

Los entrantes llegan y se van, picoteamos ausentes los primeros, me miras y coges una guindilla, sé que es el momento para acelerar el ritmo y confundir al personal acerca del rubor de tus mejillas. Mis dedos se vuelven locos, y puedo sentir cómo estrangulas mi mano cuando el orgasmo te sacude y tensas los músculos para evitar un gemido que sorprendería a todo el restaurante. La guindilla se desliza entre tus dientes, desciende por tu garganta, y yo me derrito.

La fotografía, de Leszek Kowalski.

La próxima entrada, el domingo 28 de abril.



14 abril 2013

El albañil curioso

Lamento el retraso, pero las vacaciones a veces tienen la facultad de desconectarnos tanto del mundo real, que necesitamos varios días para recuperar el ritmo. Pero vamos a lo que vamos, y comencemos nuestra historia...

La luz de la mañana del sábado entra por la ventana, sacándome de mi letargo. Entreabro los ojos, y a través de las persianas entreabiertas descubro que un albañil, encaramado a un andamio, me observa intrigado. Sus ojos verdes brillan y se dibuja en sus labios una sonrisa.

Tardo unos minutos en asimilar que los chicos que arreglan la fachada deben trabajar también en sábado, y le respondo con otra sonrisa. Me estiro, y de repente soy consciente de que duermo desnuda, y de que si salgo de la cama para cerrar la persiana o para vestirme, le voy a dar una vista completa de mi anatomía.

Me muerdo el labio, y le miro disimuladamente, esperando que se dé la vuelta. Lejos de eso, él me mira intensamente y se pasa una mano por el pelo. Sin saber muy bien por qué, me excita su interés, y me muevo un poco para dejar mi espalda al descubierto. Ahora no puedo verle, pero sé que me mira, y mis manos se dirigen a mi entrepierna sin que pueda pararlas.

Mi mente se llena de imágenes en las que él irrumpe en la habitación saltando por la ventana y colocándose tras de mí. Voy intensificando mis movimientos, y acabo dándome la vuelta para ofrecerle mis pechos, con los ojos entreabiertos para comprobar que sigue mirándome, luchando contra esa vergüenza que inflama mi deseo en lugar de hacerme parar. Abro las piernas, y me ofrezco a él mientras sigo masturbándome. Me gustaría que él también se tocara, pero la cercanía del orgasmo me nubla la vista y ya no distingo más que su silueta.

Respiro agitadamente, aumento el ritmo, deslizo mis uñas por mi pecho y me arqueo, abandonándome a la sensación de mi clítoris hinchado y los músculos tensos. Le imagino sobre mí, tomándome con furia, y un gemido escapa de mis labios cuando al fin alcanzo el clímax.

No puedo, no quiero, averiguar si sigue ahí. Con los ojos cerrados, sintiendo el sol en mi piel, intento relajarme y vuelvo a mi sueño poblado de ojos verdes.

La fotografía, de Jane Ros.

La próxima entrada, el domingo 21 de abril.



22 marzo 2013

Exhibición (Tercera y última parte)

Te recomiendo que leas antes la primera y la segunda parte


Mi amo me da la vuelta, coge mis caderas y me obliga a echarme hacia atrás en el almohadón, de forma que mi espalda queda arqueada y la cabeza me cuelga, mientras que mi culo está bien apoyado sobre la superficie aterciopelada. Me penetra con fuerza, separándome las piernas al máximo, hasta que siento la piel y los músculos tirantes.

Me embiste con fuerza, y los cinco chicos se acercan a mi cabeza. Puedo ver sus miembros erectos muy cerca de mí; algunos incluso se están masturbando por encima de la tela vaquera. Está claro que él le excita la situación, porque puedo notar cómo su pene se endurece dentro de mí, y cómo sus embestidas son cada vez más duras. Me cuesta mantenerme cuerda, las miradas lascivas de nuestros invitados me excitan más que las caricias, y mi amo se mueve de forma que con cada vaivén su pelvis roza mi clítoris y me vuelve loca.

Entonces su voz se oye en un murmullo:
- Podéis tocarla si queréis
Y eso desencadena diez manos sobre mi cuerpo, manoseando mis pechos, el cuello, las piernas... Unos dedos se introducen en mi boca y yo los chupo con ganas, deseando que mis jadeos no se oigan, arqueando la espalda, tan cerca del orgasmo que resulta a la vez excitante y doloroso.

La vista se me nubla y dejo de ser consciente de quién me está tocando. Alguien muerde los dedos de mis pies, siento otros dientes en mis pezones, me retuerzo ante la ola que me recorre y me eriza la piel, intento resistir al estallido final, pero entonces una boca se cierne sobre la mía y la profundidad y fuerza de su lengua  me descontrola y tengo un orgasmo intenso que me sacude durante unos segundos.

Vuelvo en mí justo para darme cuenta de que me he corrido antes que él, que se derrama sobre mi vientre y me abandona para tomarse una copa con los chicos y despedirse, mientras yo me limpio y me retiro silenciosamente a uno de los divanes.

Cuando al fin nos quedamos a solas, no es su actitud cariñosa la que me recibe, sino una bofetada y un beso ardiente:
- Te has portado muy mal. Mereces un castigo, y te lo voy a dar.

Inconscientemente aprieto mis muslos ante esa erótica promesa.

Voy a tomarme unas merecidas vacaciones, volveré el viernes 12 de abril con el castigo prometido

La fotografía, cómo no, de Marc Lagrange.

13 marzo 2013

Exhibición (Segunda Parte)

Te recomiendo que leas antes la primera parte


Mi mirada se pierde en sus ojos, mientras la suave piel de mi trasero se va enrojeciendo. No sé si es su mirada o las nalgadas, pero no puedo evitar excitarme cada vez más. Noto cómo me arde la piel, y todo desaparece menos mi amo y la sensación de calor.

Mi amo se levanta y se desata la bata, dejando su miembro al alcance de mi boca. Me pide que me quede quieta e intuyo que les hace alguna seña a los visitantes, porque las nalgadas cesan y los cinco hombres se dirigen a los divanes y se sientan.

Ahora sí, él se acerca y se introduce en mi boca. Está muy duro y caliente, y mis labios le reciben ansiosos. Mientras él mueve las caderas adelante y atrás, mi lengua va recorriendo su glande, me deleito en sus movimientos y en su sabor, y puedo sentir cómo tiembla ligeramente justo antes de retirarse y dirigirse a mi espalda.

Colocada como estoy a cuatro patas, puedo ver cómo los cinco hombres nos observan. No puedo ver a mi amo, que ahora está detrás de mí y me acaricia la espalda, siguiendo la columna vertebral. La caricia se convierte en un arañazo que me provoca un escalofrío. Con una mano se agarra a mi cadera y con la otra juega con sus dedos en mi clítoris.

La simple visión de los chicos mirándome descaradamente me acelera el corazón. Me muerdo los labios y cierro los ojos para controlar la excitación y los gemidos, pero es inútil. Emito un gruñido y él me corresponde con un manotazo en el muslo.

- ¡Quieta!

Y yo tenso los músculos y vuelvo a morderme los labios, tentada por el pensamiento de volver a gritar para que siga castigándome...


Continuará el viernes 22 de marzo

La fotografía, cómo no, de Marc Lagrange.

05 marzo 2013

Exhibición (Primera parte)

De repente me encuentro en un salón completamente rojo. De la pared cuelgan unas cortinas que cubren las paredes y en el centro hay un almohadón grande, forrado de terciopelo. A los lados, pegados a las paredes, hay unos divanes tapizados del mismo color burdeos del suelo, y un mueble bar completamente equipado.

Mi amo me conduce hacia el centro y con un gesto rápido retira mi túnica, dejándome desnuda.

- Y ahora túmbate boca arriba en el almohadón, con las piernas colgando, y no te muevas.

Obedezco sin rechistar, y me premia con un pellizco en los pezones. Gimo, abandona mis pechos y me muerde muy fuerte el lóbulo de la oreja. Sé que eso indica que debo estar callada, y que luego me castigará por mi descaro. No ahora, pues tiene otros planes.

El tiempo transcurre lentamente y la espera me va poniendo nerviosa. Y por qué no admitirlo, también excitada. No tengo ni idea de qué tendrá preparado mi amo, que ahora me observa desde uno de los divanes. Al fin oigo pasos y murmullos. La puerta de la habitación se abre y entran cinco hombres. No puedo verlos bien, pues mi postura me lo impide, pero todos van vestidos sólo con vaqueros.

Él les recibe con soltura, sirve copas, y uno a uno se acercan para observarme. Yo siento sus miradas lascivas y noto cómo se humedece mi sexo, pero sigo sin moverme. No me tocan. Mi amo me ordena que me dé la vuelta y lo hago, ofreciéndoles inmejorables vistas de mi trasero. Una mano desconocida se desliza suavemente por mi nalga, pero se aparta, y tras un momento de expectación, siento la palmada firme y la carne ardiendo. Me muerdo los labios y cierro los ojos con fuerza para no gemir, y otra vez la mano desciende.

Entreabro los ojos y veo que él está frente a mí. Me levanta la barbilla, me besa con pasión y me dice que le mire mientras las palmadas en mis nalgas no cesan.


Continuará el miércoles 13 de marzo

La fotografía, de Marc Lagrange, uno de mis fotógrafos favoritos

27 enero 2013

A mí merced

Tras observar un rato a las dos bellezas morenas que se le ofrecían como sumisas, se dirigió a su habitación para ponerse más cómodo. Vestido sólo con un batín, volvió al salón y se sentó en un sillón para mirar con deleite las largas piernas y las curvas generosas que esperaban, sin impaciencia notable, sus órdenes.

Se recostó, y con un gesto, les indicó que debían quitarse los vestidos. Una se deshizo de su ropa pasándola por encima de la cabeza, estirando sus brazos y mostrando sus pechos desnudos, turgentes, que temblaron al liberarse de la prisión del vestido. Quedó en bragas y con las medias ciñéndole los muslos. La otra, en cambio, deslizó los tirantes por sus hombros y dejó que la tela resbalara hasta el suelo, descubriendo un body negro de encaje, que le ceñía las caderas y rodeaba sus tetas dejando los pezones al aire, desafiantes.

La mano del hombre cogió la mano de la más desnuda y la acercó a él, obligándola a agacharse frente a él. Descubrió su sexo erecto, y le ordenó que se lo metiera en la boca. Ella inició los movimientos expertos de la felación, disfrutando de que él la agarrara por el pelo y la guiara. Él llamó a la otra chica y la hizo colocarse a horcajadas sobre el sillón, de forma que su culo casi rozaba la cabeza de su amiga y él tenía a su disposición los dos oscuros pezones que sobresalían de la ropa interior. 

Le ordenó que no se moviera, y empezó a morder con ansia aquella piel que se erizaba con su contacto. La chica abrió la boca, emitiendo gemidos que parecían pequeños gritos, y él le dio un azote. Sabía que ella entendería que no debía emitir ningún gemido, y para asegurarse, mordió todavía más fuerte. Ella respiró fuerte, pero ningún gemido escapó de sus labios entreabiertos.

Mientras notaba cómo se acercaba el orgasmo, intercalaba los azotes en las nalgas de la chica que tenía delante con los tirones de pelo a la chica que seguía arrodillada, regalándole una sesión de sexo oral impresionante. El ritmo se acrecentó poco a poco, hasta que él no quiso aguantar más y estalló sin dejar de coger la cabeza de su sumisa, y mordiendo tan fuerte el pezón de la otra chica que al momento aparecieron seis marcas rosadas de dientes.

Por supuesto, eso le excitó más que todo lo que había ocurrido hasta ese momento...

La próxima historia, el 3 de febrero

Banda Sonora Recomendada: Je t'aime... moi non plus

Fotografía de Helmut Newton

Podéis encontrar más trabajos de Helmun Newton en Artsy.net


15 enero 2013

Cena con cuatro sentidos

Espero que sepáis perdonar mi retraso de dos días en publicar :)

Estoy sentada en la mesa completamente desnuda. Sobre mis ojos siento el encaje que me impide ver, y en mi pecho, el frío acero de las cadenas que me mantienen atada a la silla con las manos inmóviles. De fondo, una música suave que cubre con sensualidad los movimientos de mis dos anfitriones.

El juego promete ser divertido, así que me relajo, aunque es por poco tiempo. Siento una presencia detrás de mí, y unas manos que acarician mis hombros, bajando lentamente y deteniéndose en mis pezones. Los pellizcos son suaves, y ahora alguien más acerca a mis labios un trozo de comida. Huelo la salsa, picante, y mis labios se entreabren.

La lengua y los labios me escuecen e intento tragar rápidamente, casi al instante, unos labios se unen a los míos y me pasan un cubito de hielo, frío, que rueda por nuestras lenguas y abandona de nuevo mi boca. El  ardor del chili no se desvanece, y el primer hombre sigue estimulando mis pezones, pero ahora mucho más fuerte, y no puedo evitar gemir con fuerza a la vez que el hielo, en manos de mi segundo anfitrión, se desliza por mi vientre y recorre mi sexo.

Echo la cabeza hacia atrás, decidida a abandonarme al placer de sus dedos fríos penetrándome, pero la boca del primero me atrapa, me muerde los labios. Gimo más fuerte y abandona mis pechos, los dedos juguetones abandonan mi entrepierna y ya no sé quién hace qué, sólo noto una lengua sobre mi clítoris y chocolate ardiendo derramándose por mi boca y por mi pecho. Lamo un pene duro que me penetra hasta la garganta, noto las corrientes del orgasmo acercándose y deteniéndose cuando él para. Me remuevo en la silla a pesar de que mi cabeza está firmemente sujeta por unas manos fuertes que me agarran el pelo de la nuca.

Algo entra en mi sexo con delicadeza. No sé lo que es, pero muevo las caderas para que entre más adentro. Siento el sabor amargo de mi amante y sus contracciones en la boca, siento sus besos y luego se coloca tras de mí para seguir masturbándome. El otro ocupa su lugar y me deja juguetear con mi lengua, a lo largo de su miembro, por su escroto, hasta que mis labios se cierran en torno a él y empiezo a moverme adelante y atrás, disfrutando al sentirle tan duro como el miembro falso que me penetra sin cesar. No tarda en dominarme la furia del orgasmo, y es tan fuerte que no soy consciente, entre gemidos y escalofríos, de que mi otro anfitrión también se ha corrido, dejándome en la lengua el sabor del sexo.

La próxima historia, el 27 de enero...

La fotografía, de Marc Lagrange

26 noviembre 2012

Tu amigo

Me susurras al oído que estás deseando hacerme el amor mientras tu amigo nos mira. Me ruborizo, ¿cómo lo sabes? Pensé que había disimulado bien la atracción que me produce... Clavo mis ojos en los tuyos, esperando encontrar enfado, burla tal vez, pero lo que veo supera mis expectativas: me miras con ansia, con un ardor desconocido, y sí, también con súplica.

Ronca por la sorpresa, consigo susurrar un "¿por qué?" que suena más a disgusto que a curiosidad. Tus ojos se abren un instante, puedo sentir cómo tu respiración se acelera y tu mano aprieta ligeramente la mía. Temes que te diga que no.

- No lo sé... por favor...
Y me doy cuenta, asombrada de nuevo, de que no sabes que tu amigo me gusta. Por un instante fantaseo con la idea de confesarte que no quiero que sólo mire, que deseo que me posea con furia, sobre la mesa del comedor, pero me arrepiento y decido concederte el capricho.

En lugar de contestarte, deslizo mis manos por tus muslos hasta tu miembro, acariciándote sobre la ropa y cerrando los ojos para abandonarme a las caricias. Me concentro en mí misma y desabrocho varios botones de mi camisa, dejando al descubierto mis pechos desnudos. En estos momentos agradezco nuestra costumbre de no ponernos ropa interior si vamos a quedarnos en casa. Tu polla crece, aprisionada por los pantalones, y yo abro ligeramente los ojos, para descubrirte mirándole mientras él me mira.

Con la habilidad que me da la experiencia, te desabrocho los vaqueros, liberando tu erección, y me coloco sobre tus rodillas, dándole la espalda a tu amigo. Levanto mi falda y dejo que la camisa se deslice por mis hombros, y tú mueves las caderas para facilitar la penetración. Cierro de nuevo los ojos, y empiezo a moverme despacio, disfrutando de la sensación de unos ojos nuevos taladrándome.

Tú suspiras sin parar de mirarle, le haces un gesto y él se acerca. Ahora puede ver el vaivén de mis pechos y mis manos deslizándose hacia mi clítoris, buscando el orgasmo. Mis movimientos son cada vez más rápidos,  te agarras a mis pezones, y cuando te siento a punto de explotar, contengo el ritmo hasta llegar a tu altura. En ese momento abro los ojos y me abandono al orgasmo sin parar de moverme, mirando a tu amigo y sintiendo cómo su excitación me acaricia a la vez que tus manos.

30 abril 2011

Frente al ordenador

Me siento frente al ordenador con el corazón palpitando acelerado, esperando que tu muñequito gris del msn se vuelva verde y empieces, como cada noche, a seducirme.

Ansío el momento en el que me pides que me acaricie donde tú me indicas, y relatas una historia imposible, en la que ambos estamos en el mismo lugar, en la que eres tú quien me tocas y me haces temblar... te gusta mirarme, afirmas, y me suplicas que ponga la webcam. Nunca puedo decirte que no, y me alejo del teclado para ponerme cómoda, para que puedas observarme a gusto. Tú nunca la conectas, no sé cómo es tu cara ni sé si lo sabré jamás, y eso contribuye a excitarme.

Tus instrucciones son precisas: mis dedos pellizcan mis pezones hasta que no puedo retener un gemido, recorro mi vientre para llegar a la entrepierna, húmeda y ardiente, acaricio mi clítoris al ritmo de tus teclas... a veces incluso me pides que utilice uno de los muchos juguetes que me has regalado, y entonces me agarro a él como si fuera una pequeña parte de ti. Te imagino penetrándome, apoyando con fuerza tus manos en mis muñecas, moviendo tus muslos al compás de mis caderas. Imagino tu cuerpo desnudo sobre y tras de mí, empujándome con violencia y mordiéndome el cuello, a veces incluso te siento estallar de placer.

Pasan los minutos y las horas, y yo sigo siendo esclava de tus palabras. Cuando el amanecer se acerca inexorable, me pides que me corra susurrando tu nick, y yo estallo entre convulsiones y me tumbo boca arriba, aspirando con fuerza el aire viciado de mi habitación, dejando que mi cuerpo se relaje y el sueño acuda a mis párpados. Nunca estás ahí cuando despierto, pero sé que estarás de nuevo cuando el sol se esconda, y sean los grillos los únicos testigos de nuestro encuentro.

Y como siempre, cuando empiezo a pensar que no vendrás esta noche, el gris se torna verde.

21 febrero 2006

Obsesión

Desde aquella tarde en que me asomé a la ventana veo su cuerpo en todas partes. Imagino cómo sería tocar la piel suave y tersa de su pecho, o meter mi nariz entre el vello rizado de su pubis, oler la gata que se pasea frente a mí.

Porque estoy segura de que ella sabe que miro. Tiene que saberlo. Cada noche espío sus movimientos felinos a través de los visillos transparentes de su habitación. Cada noche la oigo gemir con las ventanas abiertas mientras su novia recorre con su pasión los rincones ocultos de su cuerpo.

Y al final, siempre se sitúa sobre su amada, con una rodilla a cada lado de su cara, dejando que la lengua experta le provoque un orgasmo abrasador, mirándome mientras llega al clímax, abriendo con sus manos crispadas las cortinas de la habitación. Mostrándose.

Y yo no puedo evitar ver que esos ojos me miran y me persiguen por la ciudad, obsesionándome.

31 mayo 2005

Para ti

Me desnudé para ti. Sólo tú podías verme desde el comedor, y frente a mi espejo, te ofrecía una visión perfecta de mi cuerpo. Empecé bajándome un tirante del vestido, lenta y delicadamente, acariciándome el hombro suavemente. Luego vino el otro tirante, con el que seguí la misma fórmula, deslicé el vestido hasta mi cintura y lo dejé reposando mientras me quitaba el sujetador. Sabía que podías verme, que me estabas mirando, notaba tu mirada en mi espalda, en la curva de mis caderas. Con las puntas de los dedos, me acaricié los pechos, entreteniéndome en los pezones, duros y morados por la excitación, pellizcándome, provocando tu deseo.

Terminé de quitarme el vestido dejándolo caer al suelo, y luego me deshice del tanga. Despacio, por las piernas, ofreciéndote mi cuerpo, mi sexo húmedo de placer. Podía notar la excitación que flotaba en el ambiente, casi como si fuera un objeto más en la habitación.

Me acariciaba para ti, que hablabas con mi marido intentando evitar que tu mirada se posase en mi cuerpo desnudo. Me tocaba para ti. Él no podía verme desde el sofá, sólo tú eras testigo de mi cuerpo ansioso de caricias. Léntamente, mis manos rodaron por mi vientre, rodeando el ombligo, para seguir su camino hacia lo más recóndito de mi ser, llegando a la ingle. Me senté en la cama y abrí las piernas para que me vieses morir de placer. Mis dedos hábiles se paseaban por mi sexo, y ligeros gemidos de placer llenaban la habitación. Sólo tú podías verme, y era como si a través de tu mirada pudieses tocarme, cumplir todo aquello que deseabas.

Ya no eran mis dedos los que me acariciaban. No eran mis manos las que pellizcaban mis pezones. Eras tú quien llenaba el vacío de mi pasión, amándome como si el abismo insalvable del pasillo no existiera. Intensifiqué el ritmo de mis caricias, provocándome una oleada de placer que te atrapó y te empapó de mí. Lamí con delicadeza mis dedos mojados y tras descansar unos instantes y normalizar mi respiración, me puse el vestido que me habías regalado, notando rozar la tela por mi cuerpo desnudo.

Me acerqué a ti y te murmuré al oído: me he desnudado para ti.