31 mayo 2005

Para ti

Me desnudé para ti. Sólo tú podías verme desde el comedor, y frente a mi espejo, te ofrecía una visión perfecta de mi cuerpo. Empecé bajándome un tirante del vestido, lenta y delicadamente, acariciándome el hombro suavemente. Luego vino el otro tirante, con el que seguí la misma fórmula, deslicé el vestido hasta mi cintura y lo dejé reposando mientras me quitaba el sujetador. Sabía que podías verme, que me estabas mirando, notaba tu mirada en mi espalda, en la curva de mis caderas. Con las puntas de los dedos, me acaricié los pechos, entreteniéndome en los pezones, duros y morados por la excitación, pellizcándome, provocando tu deseo.

Terminé de quitarme el vestido dejándolo caer al suelo, y luego me deshice del tanga. Despacio, por las piernas, ofreciéndote mi cuerpo, mi sexo húmedo de placer. Podía notar la excitación que flotaba en el ambiente, casi como si fuera un objeto más en la habitación.

Me acariciaba para ti, que hablabas con mi marido intentando evitar que tu mirada se posase en mi cuerpo desnudo. Me tocaba para ti. Él no podía verme desde el sofá, sólo tú eras testigo de mi cuerpo ansioso de caricias. Léntamente, mis manos rodaron por mi vientre, rodeando el ombligo, para seguir su camino hacia lo más recóndito de mi ser, llegando a la ingle. Me senté en la cama y abrí las piernas para que me vieses morir de placer. Mis dedos hábiles se paseaban por mi sexo, y ligeros gemidos de placer llenaban la habitación. Sólo tú podías verme, y era como si a través de tu mirada pudieses tocarme, cumplir todo aquello que deseabas.

Ya no eran mis dedos los que me acariciaban. No eran mis manos las que pellizcaban mis pezones. Eras tú quien llenaba el vacío de mi pasión, amándome como si el abismo insalvable del pasillo no existiera. Intensifiqué el ritmo de mis caricias, provocándome una oleada de placer que te atrapó y te empapó de mí. Lamí con delicadeza mis dedos mojados y tras descansar unos instantes y normalizar mi respiración, me puse el vestido que me habías regalado, notando rozar la tela por mi cuerpo desnudo.

Me acerqué a ti y te murmuré al oído: me he desnudado para ti.

10 febrero 2005

Aquella noche

Sentí tu presencia al entrar en la habitación. No puedo explicarlo porque nunca antes me había pasado algo así. Aún no te conocía, no había visto tu rostro, y sin embargo supe que tenías que ser mio. Tú sentiste lo mismo, ¿verdad? Lo noté en tus ojos inquietos, buscándome.

Viniste hacia mi con porte decidido. Un gesto de cabeza detuvo a Gaspar, que pretendía secuestrarte en la barra.

- Hola, soy Arturo

- Hola, me llamo Leonor

Dos besos cálidos siguieron a las palabras, tus manos se posaron en mi cintura, y no nos volvimos a separar en toda la noche. Daba igual lo que ocurría alrededor, nos apañábamos para no perder el contacto de nuestros cuerpos. A través de tus miradas te conocí. Supe que algo había nacido aquella noche al abrigo del humo del local.

Salimos los dos borrachos de amor ¿Se puede llamar así? Claro, no hay otro modo de describir el sentimiento que nos envolvía. Nos cogimos las manos y, como en un plan elaborado, corrimos a refugiarnos bajo los árboles del parque. Caimos sobre las hojas, respirando entrecortadamente. Me miraste, te miré y nos besamos. ¡Qué beso! Sentí como todos mis sentidos se desbordaban, presos de una pasión descontrolada. Mis dedos buscaron los botones de tu camisa, tu lengua buscó mi cuello. La euforia recorria mis venas y nuestro deseo incontrolable llenó la noche.

No podría describir con vulgares palabras cómo sentí aquella pasión. Fue rápido y delirante, nos arrancamos la ropa, besándonos todo lo que íbamos dejando al descubierto. Aquella necesidad de alguien me embriagaba, la prisa por el sexo me llevaga y la excitación era máxima.

Cuando por fin estuvimos desnudos, sucedió lo inevitable. Sentirte dentro de mi fue como volver a nacer, cada embestida de tu cuerpo me arrancaba un gemido de placer, hasta que empecé a sentir que una ola cálida recorría mi sexo. Tú también sentiste la llegada inminente del orgasmo, y como en un sueño, noté como nuestros músculos se tensaban y un escalofrío nos recorría. Después, yacimos exhaustos sobre el manto verde de la tierra, bajo el cielo estrellado, hasta que el amanecer nos sorprendió mirándonos