21 noviembre 2005

Amigas

Primera parte: Laura y Alicia


Laura hoy está que se sale, habla por los codos, de carrerilla, apenas parando para respirar. Su tono oscila entre la tensión nerviosa y la voz apagada de quien está en otro lugar. Su amiga Alicia mira nerviosa el reloj una y otra vez, se mueve en la silla, cruza y descruza las piernas. La incomodidad en la que se va internando a medida que Laura habla empieza a molestarla, casi cabreándola.

- Ayer todo fue genial, completamente diferente. No me mires con esa cara, lo digo en serio. Tenía todos los sentidos alerta, notaba la humedad de mi sexo confundiéndose con mi mente, me convertí en agua derramándome, espectacular. Abrazados, de lado, podía notar su aliento en mis labios, pero sin besarme. Y su manera de moverse... ¡Dios mío! Era tan suave que me sentía languidecer en la cama...


Cansada de aguantar su propio malhumor, harta de intentar reprimir su ira, Alicia se levantó y sin mediar palabra salió del local. Laura se quedó muda de asombro, sin atreverse a alejar la vista de la puerta por la que la chica había desaparecido, sin entender el motivo por el que su amiga de toda la vida había decidido abandonarla con la copa en la mano y la palabra en la boca.


Lo que Laura no alcanzaba a comprender es que Alicia estaba enfadada, se sentía mal cada vez que recreaba la imagen de dos cuerpos envolviéndose en la calidez del lecho. No sabía que Alicia se sentía incómoda como nunca, y que eso la llevaba a odiar a Laura y a ella misma, a sus celos y a sus envidias.

Lo que Alicia no alcanzaba a comprender es que sus celos y envidias no tenían el punto de mira en Laura, sino en aquel que la noche anterior había acariciado su piel, la había convertido en agua y había recibido la miel de sus labios. Porque ignoraba que desde hacía un tiempo, no eran los largos cafés en el bar de siempre lo que ansiaba de Laura. No, sus ansias tenían menos que ver con la bebida y más con el cáliz del que beber.

Segunda Parte: Alicia

Alicia se dibuja sobre el lienzo vacío de su mente, crea un lugar distante, donde los sueños no son más que eso, donde puede imaginar que cualquier cosa está a su alcance.
Con trazos suaves perfila su cuerpo, sus manos, su rostro; se siente completa y libre, desnuda sobre un lecho de flores rojas.
Sus manos buscan una espalda, sus dedos rozan la piel suave de Laura, hasta la curva de su cintura, rodeándola, buscando su ombligo, sus pechos, su cuello; sólo con la punta de sus dedos.
Sabe que ahora el tiempo es suyo, que el objeto de su deseo está a su plena disposición, y disfruta del tiempo que no existe, de la calidez de unos brazos invisibles, del terciopelo de una piel simplemente adivinada.
Alicia empieza a pensar que quizá hay algo más que cariño en su sueño, aunque nunca llegue a besarla, así que esta vez se decide a imaginar un beso de esos labios rojos y ardientes, y se acerca temblorosa, confunde sus alientos, se abandona al cosquilleo de su espalda... y descubre que la ama.













Tercera parte: Laura

Laura se desdibuja, abandonándose a las caricias de su amante, se transforma en mil colores, caleidoscópica, ... en una fusión paranoica de placer y lujuria. Se deja hacer, concentrándose en los dientes juguetones que recorren sus pezones, brindándole mordiscos ligeramente dolorosos.

Se pierde en su sexo, ahogándose en los flujos que desprende, centrándose en un momento y evaporándose justo después. De repente la imagen de Alicia aparece en su mente, y se difumina el placer. No comprende porqué su amiga está tan rara últimamente. Quizá la palabra adecuada sea esquiva, quizá esté deprimida, quizá son sólo manías, quizá...

No logra concentrarse en el sexo, las manos de su amante le parecen ahora empalagosas y unas lágrimas como suaves cadenas de seda le oprimen la garganta y luchan por salir.

Alicia...

Tanto tiempo, tantas noches, tantas confesiones,... ¿Porqué precisamente ahora?

Laura abre los ojos y vuelve al lecho, vacía de pasión, fría. Se levanta para vestirse deprisa y se va sin tan sólo mirar el rostro de su deseo. Sin despedida. Sólo con Alicia en su cabeza, metida de lleno en un tema al que no le encuentra causa ni solución.





Cuarta parte: Despedida


Alicia observa a Laura mientras trabaja. Lleva más de tres horas intentado escribir una confesión en un e-mail. No puede ocultarlo más. Cada sueño, cada día, es una pesadilla.

***

Justo antes de salir Laura recibe un e-mail. Alegre, abre el mensaje y descubre que es más largo de lo que pensaba. Mira hacia el escritorio de Alicia y descubre un gesto de despedida. Su sonrisa es triste, y Laura decide quedarse y leer el mensaje. Algo en su mente le dice que es importante, y un sentimiento de urgencia se apodera de ella.

A medida que va leyendo recuerda todos aquellos juegos adolescentes en los que Alicia nunca quería participar. Ningún chico era de su agrado, nunca recibió el primer beso. Con el alma sobre el filo de un cuchillo, revive las incansables noches que durmieron juntas, las caricias inocentes, la mirada profunda. Nunca la dejó sola.

Las lágrimas asoman a sus ojos cuando comprende que no volverá a verla. Siente vergüenza por no haber sido capaz de darse cuenta, pero sabe que es inevitable, que Alicia lo entiende y que necesita estar sola.

Laura estalla en llanto al ver que la única vez que Alicia la necesita ella no va a estar ahí para ofrecerle su hombro.

***

Alicia se ducha y deja que el agua la calme. Descalza, se sienta frente a la nevera y observa las fotos que cuelgan de la puerta: laura en la playa, ellas en un autobús, laura en la playa, ellas disfrazadas,...

Con un gesto desdeña sus lágrimas y arranca las fotos, y escondiéndolas en una caja murmura un adiós con sabor a soledad.

Una lágrima humedece la foto en la que aparecen las dos en Venecia.


04 noviembre 2005

Curvas Peligrosas

Enloqueces, pierdes la razón al mirarme, me dices que no puedes evitar que tu corazón se dispare cuando me ves llegar, desnudo e insinuante, entre las ligeras cortinas de tu habitación.

Conquistas cada fibra de mi ser, susurrándome al oido que soy el único que roza tu piel, que peligra tu vida al seguir mis curvas con tus dedos, y yo te miro directamente a esos ojos de gata que dominan tu cara, y con una risa suave pronuncio las únicas palabras que soy capaz de enlazar en este momento:

- Para curvas peligrosas, tus caderas.

Y me pierdo en la oscuridad de tus recovecos, y exploro las sendas desconocidas, y te rozo con los labios, y hundo mis dedos en tu sexo húmedo, y giro cada vez más deprisa sobre tu cuerpo, derrapando en cada curva, aferrándome a tu cuello.

Siento deslizarse tus manos por mi pelo, tus gemidos recorren mi espalda, y me arañan con la fuerza de la necesidad. Somos dos, luego uno, soy tu piel, eres mis manos, somos enfermos de amor, contagiados de deseo.

26 octubre 2005

Mentira

Me refugio en sus brazos, con la furia de quien se sabe vencido. Rendida a ti pero durmiendo en su pecho, la culpa aflorando a mis labios, pronunciando las palabras envenenadas que le alelan y me permiten una escapada más, unos metros más cerca de ti.

Me escapo, evitando sus miradas inquisidoras, murmurando apenas una excusa a medio fraguar. Para acudir corriendo a tu lado, llenarme de caricias prohibidas, de sexo provocativo y dudosamente inocente, de gemidos incontrolados, de mentiras pronunciadas a flor de piel y deseo.

Sabes, sé, sabemos, que esto no nos llevará más allá de la cama de un hostal. Presentimos que esto no es más que la pasión desbocada de dos cuerpos anhelantes.

Pero cuando estoy en tus manos, cuando tembloroso recorres mi vientre camino de mi sexo, cuando al borde del orgasmo me agarro desesperada a tu pelo,... Nada importa, nada existe más allá de nuestros momentos tras la luz de un neón que anuncia habitaciones por horas.

20 octubre 2005

La ducha


Me meto en la ducha y dejo correr el agua ardiendo sobre mi cuerpo. Jabón, espuma, y la suave sensación de mis manos (las tuyas) en mi cuerpo, deslizándose por mi vientre, recorriendo mis muslos húmedos (es tu boca adentrándose en mi sexo impaciente, mordiendo, sorbiendo, derritiéndome, acunando mi deseo).

La música suave sustituye los teléfonos, las visitas imprevistas, las constantes interrupciones... Una mano escapa hacia mis pechos, la otra intensifica el ritmo, sigue firme, controlando y alargando el placer, mi mente vuela entre tus brazos, (mi boca lame tu sexo) te miro con los ojos cerrados y empiezo a sentir como una ola me alcanza, choca contra mí, me desmorona.

Apoyada contra la mampara, rendida y con las piernas temblorosas (llena de ti).

19 octubre 2005

Pecado


Me coge las muñecas, atrapándome con los brazos en alto, y muerde mis pezones. Me gusta a pesar del ligero dolor que me provoca pero no quiero que lo sepa, así que transformo en quejidos los gemidos de placer que escapan de mis labios.

Espero el siguiente paso, su mano recorriendo mi vientre y adentrándose con fuerza en mi sexo húmedo de placer. Aumento mis quejidos y, casi sin querer, me muerdo los labios.

Intento sin muchas ganas oponer resistencia, pero eso parece darle fuerza, y vuelve a morderme los pechos con violencia renovada.

Lento pero imparable se adentra en mí, mojándose con mi deseo, sorbiendo a besos furiosos mi saliva. Ya no reprimo mis gemidos, son inevitables muestras de pasión, atrapada entre sus manos y su sexo, sintiendo con locura creciente sus brutales embestidas.

Y al final, ese intenso instante en que nos diluimos en un orgasmo extraordinario, escapan de nuestras gargantas los gritos felinos de dos animales en celo.