18 junio 2007

Reflexión

El deseo es algo inevitable, que nos atrapa. Irresistible hasta doler. Cuando deseamos algo con mucha fuerza, iniciamos el recorrido por una espiral; de fuera hacia dentro. Imaginaos una línea que cruza la espiral, partiéndola en dos. Imaginaos que recorréis la espiral con un dedo, y que cada vez que tocáis la línea, sentís como la pasión se desata. Cuánto más cerca del centro estáis, más frecuentes son los momentos en que rozáis la línea. El centro, el final de la carrera, es el éxtasis completo.

El instante en que dos personas llenas de apetito sexual se unen no puede ser romántico (entendido por palabras de amor, y gestos teatrales; los besos no son exclusivos del romanticismo). El instinto animal te asalta. Por mucho que ames (o creas amar) a esa persona, en ese momento sólo es el objeto de tu deseo. Te enajena; convierte en locura lo que tú creías tener racionalizado.

Morder, lamer, gritar,... todo vale, todo surge de forma natural; impulsado por el anhelo y la avidez. Somos puro delirio.

Y las miradas; esos ojos que absorben todo lo que se les presenta, nuevo, tentador. Solemnes, juguetonas, oscilando entre la trascendencia y el mero juego. Las manos inquietas, las inseguridades, las decisiones impulsivas...

Pocas veces se nos permite volver atrás y recrearnos en lo más básico de nuestra existencia. No lo desperdiciemos.

12 junio 2007

Despertar a tu lado


Un rayo de sol posado suavemente en el reflejo de tu pelo. Al despertar te veo y alimento mi anhelo memorizando tus rasgos. Qué suaves parecen tus labios entreabiertos, relajados, tus párpados cerrados.

Mi mente no desea que este momento acabe, pero mi cuerpo busca entre las sábanas la turgencia de tus pechos. Qué lástima que la lujuria me pueda. Qué locura que mis manos no puedan estar quietas.

Y sin embargo, retraso en lo posible el momento en que mis manos rocen tu piel, porque sé que cuando empiece no voy a parar hasta oír tus gemidos llenando la atmósfera de cálido domingo.

Duermes, ajena al bullicio de emociones que me consume. Mis dedos se acercan a tu espalda, y acaricio tu hombro, mientras un escalofrío recorre mi columna vertebral, provocando una inmediata reacción en mi entrepierna. Beso sensualmente el vello rubio de tu nuca, mi aliento eriza tu piel. Te estremeces y me miras, averiguando la apetencia que me asalta.

Sonríes, me besas, me muerdes todo lo que dejo a tu alcance.

Sonrío, lamo tu estómago, araño el interior de tus muslos, me sumerjo en tus entrañas.

Gimes, colmando el aire de deseo, acrecentando mi impaciencia.

Te miro a los ojos cuando te penetro, animal e irracional; sujetando tus muñecas, besándote con fuerza, descubriéndote mi lado oscuro, poseyéndote.

Descansas frente a mí, hablando bajito para no perder la esencia de la intimidad. Y yo observo el subir y bajar de tus pechos al respirar, y advierto de nuevo que la emoción me recorre. Qué lástima que la lujuria me pueda. Qué locura que mis manos no puedan estar quietas.

05 junio 2007

Narcisismo


Indiferente, su reflejo la mira atentamente. Ella se siente independiente, quiere amar ese cuerpo que se le presenta, complaciente, frente a sus ojos. Agarrar sus pechos, lamer su sexo. Imagina que la tumba sobre la cama, silenciosa y laxa. Se inventa los gemidos ahogados, su respiración agitada, su placer contenido.

La ama, con pasión y desespero, con ardor imparable, con ansia e inquietud. Pero no se mueve. Un leve gesto bastará para romper la imagen implorante que la observa.

Se desliza el deseo entre sus muslos, húmedo y febril. Quieta, percibe latidos frenéticos que la enardecen. Y espera, resiste, hasta que la pasión le nubla los ojos y se rinde a la tortura. Sus dedos se centran en la espiral de su cuerpo, cada vez más cerca, más veloces, instrumentos de su obsesión arañándole la suave piel de su estómago.

Las contracciones de su vientre se diluyen, y aletargada observa como su amada la mira con deleite, brillantes los ojos, sudada la frente, relajados los sabios en una sonrisa satisfecha.

28 mayo 2007

Labios


Labios. No ve nada más. No puede mirar a otro sitio. Esos trozos de carne húmeda y rosada le hipnotizan. Su cerveza yace, caliente, en la copa. Su cigarrillo se consume, abandonado, en el cenicero transparente. Y esa boca roja, que se entreabre para recibir, complaciente, el trago de vino que su dueña le regala, le absorbe. Se funde, se vuelve líquido. Su forma iguala la de la copa que sus manos sostienen. Siente esos labios sobre su piel. Le beben. Le acarician. Le aman.

Se los imagina, golosos, recorriendo su pecho; deslizando la lengua por su estómago, rozando suavemente su pene erecto, introduciéndoselo, chupándolo, sorbiéndolo,... Inventa su mirada indecente mientras sigue moviendo la boca arriba y abajo, recorriendo incansable su miembro. En la intimidad de su mente, crea una imagen perfecta del momento cumbre, cuando el orgasmo provoca una estampida de placer y ella bebe, ávida, sin dejar escapar ni una sola gota.

22 mayo 2007

Sombrero



Un sombrero cubre levemente su desnudez. Con él, se siente a salvo de las miradas lascivas que provoca. Sobre su piel sólo siente la brisa que, juguetona, eriza la piel de sus pechos. Sobre su pelo, desafiante, el sombrero de copa.

Se siente libre, y aunque se sabe indiscreta, no le importa llevar la mano a sus pezones erectos. Acariciarlos mientras se observa en el escaparate de una tienda. Su sexo se humedece y la presencia de un dependiente al otro lado del cristal incrementa su deseo. Se sabe intocable, resguardada detrás de la transparencia del cristal. Completamente vestida únicamente con un sombrero negro.