25 junio 2011

Tres en la habitación (Primera parte)

Sostenía una cerveza en la mano, mientras buscaba en la penumbra del bar una mirada que le hiciera estremecer. Dos chicos se besaban al fondo del bar, recorrió con deleite aquellos dos cuerpos que se movían al ritmo de la música y una punzada de placer se manifestó en su bajo vientre.

El más alto de los dos le miró, y pudo sentir el inicio de una erección, todavía leve, pero prometedora. No sabía cómo acercarse a ellos, pero en su pecho crecía el deseo y la promesa de una experiencia inolvidable.

Sin dejar de mirarle, aquel chico le susurró algo a su pareja, que asintió en silencio y se dirigió hacia mí. Medía alrededor de un metro setenta, era bastante delgado, y su pelo negro brillaba, engominado, bajo los focos ochenteros del bar de copas. Una vez frente a mí, miró de nuevo al chico alto durante un instante y acercó sus labios a los míos, mirándome suplicante, para que le besara.

Lo hice, tímidamente al principio, pero mi deseo era ya ingobernable, y acabé introduciendo mi lengua en su boca con furia, mordiendo sus labios cuando intentaba escaparse. Se presentó a sí mismo como Toni, y al chico alto, que nos miraba con una sonrisa en los labios, como Marco.

Tras decirme sus nombres, fue él mismo quien empezó a besarme el cuello, mientras me proponía al oído compartir su lecho durante aquella noche. Sin compromisos ni sentimientos, algo que quedaría entre los tres, al abrigo de unas sábanas inmaculadas, que ya habían sido testigos de otras tantas aventuras, que yo imaginaba excitantes. Mientras Toni me decía aquello, yo no podía apartar mis ojos de Marco, que seguía apoyado contra la pared, esperando, entre juguetón y expectante, mi respuesta.

No pude resistirme. Asentí con la cabeza y con la voz, mientras lanzaba un billete sobre la barra para pagar mi copa.

19 junio 2011

Re-encuentro

Una noche como tantas, mis amigas y yo entramos en un bar, animadas y eufóricas, celebrando la pequeña victoria que una de nosotras ha conseguido arrancarle a la vida.

Yo voy como siempre, despistada, riendo y mirando hacia atrás. De repente, me choco contigo. Al girarme, tus ojos y los míos se encuentran y se paran. Apenas diez centímetros nos separan, y tiemblo, sacudida por una corriente eléctrica. Para el resto del mundo, no es más que un segundo; para mí, es un instante que se dilata y que contiene toda la eternidad.

Una amiga me arrastra hacia la barra y yo me dejo llevar, a pesar de que mi mente se ha quedado prendida en tu mirada. Disimulo, más mal que bien, fingiendo que no noto cómo me miras, que no siento cómo te acercas y te sitúas detrás de mí. Percibo tu aliento cálido en mi nuca, y se nubla todo lo demás.

Somos dos cuerpos rozándose en un mar de gente. Tu mano se dirige a mi cintura, te acercas más, y cobijas tus labios en mi cuello. De nuevo, un impulso me estremece y se concentra en mi vientre; siento el pinchazo del deseo. Capturo el momento, imprimo en mi memoria el contacto de tu cuerpo, y sonrío cuando me giro hacia ti y te beso suavemente.

La pasión te puede, me muerdes el labio inferior y me aprietas contra ti. En ese momento todo vuelve a nuestras mentes: nuestro primer encuentro, las largas noches de pasión, el amor... y es como volver a la casa que sabes que siempre te esperará.

Pero cuando me separo un poco, percibo las lágrimas asomando a tus ojos, y veo que también recuerdas el dolor, las peleas, la decepción... la despedida. Tus manos sueltan despacio mi cintura; prometimos que nunca volveríamos a estrellarnos contra esa orilla, y ha llegado el momento de cumplirlo.

Me vuelvo hacia mis amigas y vuelvo a bucear en su alegría, y unos minutos después, al buscarte entre la gente, ya no te veo.

30 abril 2011

Frente al ordenador

Me siento frente al ordenador con el corazón palpitando acelerado, esperando que tu muñequito gris del msn se vuelva verde y empieces, como cada noche, a seducirme.

Ansío el momento en el que me pides que me acaricie donde tú me indicas, y relatas una historia imposible, en la que ambos estamos en el mismo lugar, en la que eres tú quien me tocas y me haces temblar... te gusta mirarme, afirmas, y me suplicas que ponga la webcam. Nunca puedo decirte que no, y me alejo del teclado para ponerme cómoda, para que puedas observarme a gusto. Tú nunca la conectas, no sé cómo es tu cara ni sé si lo sabré jamás, y eso contribuye a excitarme.

Tus instrucciones son precisas: mis dedos pellizcan mis pezones hasta que no puedo retener un gemido, recorro mi vientre para llegar a la entrepierna, húmeda y ardiente, acaricio mi clítoris al ritmo de tus teclas... a veces incluso me pides que utilice uno de los muchos juguetes que me has regalado, y entonces me agarro a él como si fuera una pequeña parte de ti. Te imagino penetrándome, apoyando con fuerza tus manos en mis muñecas, moviendo tus muslos al compás de mis caderas. Imagino tu cuerpo desnudo sobre y tras de mí, empujándome con violencia y mordiéndome el cuello, a veces incluso te siento estallar de placer.

Pasan los minutos y las horas, y yo sigo siendo esclava de tus palabras. Cuando el amanecer se acerca inexorable, me pides que me corra susurrando tu nick, y yo estallo entre convulsiones y me tumbo boca arriba, aspirando con fuerza el aire viciado de mi habitación, dejando que mi cuerpo se relaje y el sueño acuda a mis párpados. Nunca estás ahí cuando despierto, pero sé que estarás de nuevo cuando el sol se esconda, y sean los grillos los únicos testigos de nuestro encuentro.

Y como siempre, cuando empiezo a pensar que no vendrás esta noche, el gris se torna verde.

31 marzo 2011

Piel para dos (Segunda y última parte)

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Carla tomó la iniciativa: sentó a Pedro en el sofá y empezó a bailar para él, moviendo las caderas suavemente. Yo la miraba indecisa, dudando entre sentarme con él o desnudarla. Ella resolvió la duda agarrándome de las manos y dirigiéndolas a su cintura. Me besó, y noté sus dedos trepando por mi espalda, liberando mis pechos del enredo del sujetador y siguiendo después por mis piernas.


Sólo me dejé puesto el liguero y los tacones, y yo hice lo mismo con ella. Me agaché para lamerle el vientre, deslizando mi lengua desde el centro de sus pechos hasta su monte de venus, recorriendo luego sus muslos mientras entreabría sus piernas y empezaba a acariciarle el clítoris.


No habíamos prestado atención a Pedro, que se había desnudado, hasta que se situó detrás de Carla y comenzó a acariciarla. Primero los hombros, soplándole en la nuca, luego los pezones, mordiendo el lóbulo de su oreja...



Yo abandoné el cálido sexo de Carla para abrazar con mis labios el pene de Pedro. Él gimió, y Carla se dio la vuelta para besarle.


Me senté en el sofá y Carla acudió a mí para sumergir su lengua en mi entrepierna. Pedro se agarró a sus nalgas y la penetró desde atrás mientras la lengua y los dedos de mi compañera de piso me conducían al cielo. Gemí, grité y acerqué mi boca a la de Carla para beber de mí.


Pedro propuso intercambiar papeles y esta vez fui yo la que recibió las contracciones de Carla en mi lengua y a Pedro en mi sexo. Cuando Carla alcanzó el clímax, Pedro se tumbó sobre la alfombra, dejando que Carla y yo nos lanzáramos sobre él para lamerle, arañarle, morderle, acariciarle, besarle, pellizcarle... turnándonos para disfrutar de su miembro erecto en los labios, hasta que no pudo controlarse más, y explotó sobre nosotras con un gemido gutural que inundó la habitación de deseo.


Nos tumbamos junto a él y nos quedamos dormidos hasta que el amanecer dibujó un nuevo día cargado de besos y sudores, de horas entre las sábanas y risas juguetonas.


El lunes todo volvió a la normalidad; todo, menos que ahora duermo siempre con Carla.

21 marzo 2011

Piel para dos (Primera parte)

Esa noche queríamos comernos el mundo, así que Carla y yo salimos de casa con toda la intención de terminar con la ausencia de un cuerpo en nuestras camas. Ella llevaba una minifalda que estilizaba sus largas piernas, y una camiseta que, cuando bailaba, dejaba al descubierto una pequeña franja de piel, justo por debajo del ombligo. Yo, en cambio, había elegido un vestido largo pero escotado, con los hombros al aire, y unos taconazos de infarto.

Llegamos al primer bar y no tardamos en fijarnos en un chico que nos espiaba desde el otro lado de la barra. Pretendía fingir que no le interesábamos, y apenas nos dirigía miradas soslayadas de vez en cuando, pero sabía en todo momento en qué lugar nos encontrábamos y quién nos rodeaba.

Tras una breve conversación con Carla, decidimos acercarnos y atacarle las dos con todas nuestras armas, dejando a su elección con cuál de las dos acabaría la noche. Tras cinco minutos, sabíamos que se llamaba Pedro y que vivía con dos chicos más; a los quince minutos, ya nos había invitado a un par de chupitos.

No recuerdo en qué tequila de los muchos que lamí del cuello de Carla empecé a sentir que deseaba besarla. Él provocaba nuestro acercamiento con juegos, coqueteando con ambas por igual. Pidió un hielo y esa fue nuestra perdición, porque cuando a Carla le tocó pasármelo, sus labios no evitaron mi contacto, sino que se aferraron a los míos. Las lenguas no tardaron en salir de su escondite para fundirse y enlazarse en un intenso beso, ante la complacida mirada de nuestro objetivo.

No hizo falta decir nada más. Carla y yo nos miramos y cogimos a Pedro cada una por una mano para conducirle, entre risas, a la puerta del bar. El camino a nuestro piso fue rápido, a pesar de que nos parábamos en cada rincón con penumbra para besarnos, Pedro con Carla, Carla conmigo, yo con Pedro, los tres a la vez...

Al entrar en el ascensor, Carla desabrochó mi cremallera y dejó caer mi vestido, dejándome en ropa interior y agachándose frente a mí para besarme el ombligo. Pedro, a su vez, empezó a morderme el cuello mientras sus manos se dirigían hacia la nuca de Carla.

Llegamos al octavo piso demasiado rápido para mi gusto, y salimos del ascensor conteniéndonos a duras penas, sin pensar siquiera en que algún vecino despistado podía verme en ropa interior. Abrimos la puerta del apartamento y mientras Carla ponía música, yo serví tres copas de vino blanco.

(Continuará)