27 enero 2013

A mí merced

Tras observar un rato a las dos bellezas morenas que se le ofrecían como sumisas, se dirigió a su habitación para ponerse más cómodo. Vestido sólo con un batín, volvió al salón y se sentó en un sillón para mirar con deleite las largas piernas y las curvas generosas que esperaban, sin impaciencia notable, sus órdenes.

Se recostó, y con un gesto, les indicó que debían quitarse los vestidos. Una se deshizo de su ropa pasándola por encima de la cabeza, estirando sus brazos y mostrando sus pechos desnudos, turgentes, que temblaron al liberarse de la prisión del vestido. Quedó en bragas y con las medias ciñéndole los muslos. La otra, en cambio, deslizó los tirantes por sus hombros y dejó que la tela resbalara hasta el suelo, descubriendo un body negro de encaje, que le ceñía las caderas y rodeaba sus tetas dejando los pezones al aire, desafiantes.

La mano del hombre cogió la mano de la más desnuda y la acercó a él, obligándola a agacharse frente a él. Descubrió su sexo erecto, y le ordenó que se lo metiera en la boca. Ella inició los movimientos expertos de la felación, disfrutando de que él la agarrara por el pelo y la guiara. Él llamó a la otra chica y la hizo colocarse a horcajadas sobre el sillón, de forma que su culo casi rozaba la cabeza de su amiga y él tenía a su disposición los dos oscuros pezones que sobresalían de la ropa interior. 

Le ordenó que no se moviera, y empezó a morder con ansia aquella piel que se erizaba con su contacto. La chica abrió la boca, emitiendo gemidos que parecían pequeños gritos, y él le dio un azote. Sabía que ella entendería que no debía emitir ningún gemido, y para asegurarse, mordió todavía más fuerte. Ella respiró fuerte, pero ningún gemido escapó de sus labios entreabiertos.

Mientras notaba cómo se acercaba el orgasmo, intercalaba los azotes en las nalgas de la chica que tenía delante con los tirones de pelo a la chica que seguía arrodillada, regalándole una sesión de sexo oral impresionante. El ritmo se acrecentó poco a poco, hasta que él no quiso aguantar más y estalló sin dejar de coger la cabeza de su sumisa, y mordiendo tan fuerte el pezón de la otra chica que al momento aparecieron seis marcas rosadas de dientes.

Por supuesto, eso le excitó más que todo lo que había ocurrido hasta ese momento...

La próxima historia, el 3 de febrero

Banda Sonora Recomendada: Je t'aime... moi non plus

Fotografía de Helmut Newton

Podéis encontrar más trabajos de Helmun Newton en Artsy.net


15 enero 2013

Cena con cuatro sentidos

Espero que sepáis perdonar mi retraso de dos días en publicar :)

Estoy sentada en la mesa completamente desnuda. Sobre mis ojos siento el encaje que me impide ver, y en mi pecho, el frío acero de las cadenas que me mantienen atada a la silla con las manos inmóviles. De fondo, una música suave que cubre con sensualidad los movimientos de mis dos anfitriones.

El juego promete ser divertido, así que me relajo, aunque es por poco tiempo. Siento una presencia detrás de mí, y unas manos que acarician mis hombros, bajando lentamente y deteniéndose en mis pezones. Los pellizcos son suaves, y ahora alguien más acerca a mis labios un trozo de comida. Huelo la salsa, picante, y mis labios se entreabren.

La lengua y los labios me escuecen e intento tragar rápidamente, casi al instante, unos labios se unen a los míos y me pasan un cubito de hielo, frío, que rueda por nuestras lenguas y abandona de nuevo mi boca. El  ardor del chili no se desvanece, y el primer hombre sigue estimulando mis pezones, pero ahora mucho más fuerte, y no puedo evitar gemir con fuerza a la vez que el hielo, en manos de mi segundo anfitrión, se desliza por mi vientre y recorre mi sexo.

Echo la cabeza hacia atrás, decidida a abandonarme al placer de sus dedos fríos penetrándome, pero la boca del primero me atrapa, me muerde los labios. Gimo más fuerte y abandona mis pechos, los dedos juguetones abandonan mi entrepierna y ya no sé quién hace qué, sólo noto una lengua sobre mi clítoris y chocolate ardiendo derramándose por mi boca y por mi pecho. Lamo un pene duro que me penetra hasta la garganta, noto las corrientes del orgasmo acercándose y deteniéndose cuando él para. Me remuevo en la silla a pesar de que mi cabeza está firmemente sujeta por unas manos fuertes que me agarran el pelo de la nuca.

Algo entra en mi sexo con delicadeza. No sé lo que es, pero muevo las caderas para que entre más adentro. Siento el sabor amargo de mi amante y sus contracciones en la boca, siento sus besos y luego se coloca tras de mí para seguir masturbándome. El otro ocupa su lugar y me deja juguetear con mi lengua, a lo largo de su miembro, por su escroto, hasta que mis labios se cierran en torno a él y empiezo a moverme adelante y atrás, disfrutando al sentirle tan duro como el miembro falso que me penetra sin cesar. No tarda en dominarme la furia del orgasmo, y es tan fuerte que no soy consciente, entre gemidos y escalofríos, de que mi otro anfitrión también se ha corrido, dejándome en la lengua el sabor del sexo.

La próxima historia, el 27 de enero...

La fotografía, de Marc Lagrange

26 diciembre 2012

Tarde de Spa (Segunda y última parte)

Aquí podéis leer la primera parte de la historia.

Las manos de Jesús se acercan peligrosamente a mis pechos y siento cómo el deseo me recorre. Quiero que me toque. Es que es la primera vez que me dan un masaje y no sé si es normal que sus dedos se dirijan ahora hacia mi ombligo, acariciando mi vientre y deslizándose hacia abajo, pero me encanta.

Respiro hondo, cierro más los ojos, y trato de concentrarme en las yemas del chico, que presionan mis caderas contra la camilla. Su pecho está muy cerca de mi cara, me atrapa en su perfume, y yo sólo me dejo llevar por la música, sintiendo cómo sus manos se acercan a mis muslos.

Las suyas son unas caricias duras, fuertes, que me permiten notar cómo mis músculos se tensan y se relajan a su paso. Sin dejar de hablarme y de susurrarme que me relaje, se aleja de mi lado y se coloca junto a mis piernas. Sus manos suben ahora por mis rodillas, y en cuanto toca el interior de mis muslos mi cuerpo se arquea. No me dice nada, y yo centro mi atención en mi respiración. Un dedo juguetón se acerca a mi clítoris y juega con él durante un instante.

Me abandono sin pensar en las consecuencias de la situación, dejo que me acaricie, que introduzca sus dedos en mi sexo. Mi boca se abre ansiosa, tengo miedo de gemir, pero él lo soluciona acercándose a mí y besándome. No puedo evitar tensarme, mover mi cuerpo a su ritmo, dejando que la toalla se deslice y mi cuerpo quede expuesto ante él, que me susurra al oído que tengo un cuerpo delicioso.

Entonces empieza su recorrido de besos y lengua por toda mi anatomía. Me desorienta, y ya no sé si lo que se enreda en mis pezones es su saliva o sus dientes. Sigue jugueteando con sus dedos hasta que los sustituye por su boca hambrienta, que fogosa deja escapar una lengua impulsiva que me lleva hacia un orgasmo completamente alucinante, dejándome más relajada que nunca.

Voy a tomarme unos días de descanso, aprovechando que se acaba el año. Espero que tengáis una FELIZ Y SENSUAL entrada en el 2013. Nos vemos, con la próxima historia, el próximo 13 de enero de 2013.

Fotografía de Juan David Escobar

18 diciembre 2012

Tarde de Spa (Primera parte)

Llevo meses aguantando el estrés. El 90% de mi vida transcurre en torno al trabajo; incluso mis relaciones sociales tienen que ver con él... Pero no hoy.

Ayer decidí dedicarme un día a mí misma, desconecté el móvil y cerré el portátil, apagué el despertador y cerré las persianas. He dormido hasta que mi cuerpo ha dicho basta, me he levantado dejando que las sábanas se deslizaran por mi cuerpo desnudo, he tomado café y me he preparado para pasar la tarde en un Spa.

Los chorros de agua, el calor de la sauna y los vapores mentolados del baño turco han ablandado todos mis músculos. Para terminar la tarde, pido un masaje. La recepcionista me pregunta si deseo ser atendida por alguien especial. Miro las fotografías de los masajistas que están colgadas en la pared, junto a su nombre y su especialidad. Me decido por Jesús, un chico joven, moreno de piel y pelo, con unos ojos negros penetrantes, y la recepcionista me recomienda el masaje con aromas eróticos.

Dudo un instante, pero qué demonios, un día es un día, así que accedo y la chica me conduce a una habitación donde suena una música suave que no sé ubicar, tal vez algo hindú. La iluminación es cálida y suave, y la camilla está cubierta con sábanas burdeos. La recepcionista me indica que debo desnudarme y tumbarme boca arriba, con la toalla cubriéndome el cuerpo. Sigo sus instrucciones y ella me cierra los ojos y me coloca unos algodones con agua de rosas en los ojos. Enciende lo que supongo debe ser incienso y oigo cómo abandona la sala.

Al rato llega el masajista y me saluda con voz suave, y siento cómo se acerca a mí. Me indica que debo respirar hondo y relajarme, no pensar en nada....

Sus manos se posan sobre mis hombros y empieza a moverlas suave pero firmemente, siento cómo mis hombros se relajan en sus manos, respiro y el incienso entra en mis pulmones... Despacio, Jesús va bajando sus manos hasta el inicio de la toalla, sin parar de presionar con sus dedos, recorre las clavículas, se acerca hacia el esternón y sus manos se pierden por debajo de la toalla, cerca, muy cerca de mis pechos...

(Continuará el próximo 26 de diciembre de 2012)

09 diciembre 2012

Buscando inspiración

Recorro con mi lengua tu nuca... te saboreo. Miro cómo tu piel se eriza con el contacto húmedo de mis labios... te observo. Deslizo mi nariz por tu cuello aspirando el suave olor que desprendes... te huelo. Mis manos siguen la curva de tus muslos y se internan buscando tu sexo... te acaricio. Tu boca se entreabre y un suspiro escapa de tu garganta... te oigo.

Intento abarcar todo lo que tengo a mí alcance, tus reacciones, tu piel, tu contacto. Ansiosa te muerdo, te beso y te desnudo, y cada trozo de tu piel queda grabado en mi mente, anoto cada punzada que siento en la entrepierna cuando me acaricias y te agarras a mis pezones. Mis cinco sentidos están alerta, te disfrutan, te devoran. Mi mente se abre, te absorbe, y mi sexo te recibe impaciente.

Me penetras con un ritmo tan lento que incluso resulta doloroso. Suave, queriendo prolongar el placer todo lo que la noche nos permita. Y yo me dejo hacer, correspondiendo con mis caderas a tu vaivén, agarrándote del pelo para guiarte a mis pezones, que engulles hasta perder la respiración. El deseo te posee, y te mueves con él, sobre mí, dentro de mí, mientras tu pulgar me lleva cerca del cielo, al borde cristalino donde el orgasmo es casi inevitable. 

Y te detienes, vuelves a ralentizar el ritmo, sólo un instante, para que coja aire y pueda expulsarlo después con mis gemidos, llenando la habitación a la vez que mi cuerpo se tensa y se destensa en contracciones tan intensas que te conducen a ti también al orgasmo, hasta rendirte, sudoroso y agotado.